sábado, 30 de julio de 2016

Boletín Comunidad ecuménica de Horeb


Hemos recibido el muy interesante boletín del mes de agosto de la Comunidad Ecuménica Horeb de Carlos de Faucould con mucha información ecuménica e interreligiosa: https://issuu.com/comunidadecumenica/docs/pdf_definitivo_horeb_boletin_73_ago




miércoles, 13 de julio de 2016

El camino del corazón 10 días en un monasterio


Autores: Ernestina y Pedro Álvarez Tejerina

El Camino del corazón 10 días en un monasterio

Estimados amigos:

             Queremos presentarles el libro: “El Camino del corazón” -10 días en un monasterio-, que la editorial CCS ha publicado en su colección Shalóm, y cuyos autores son: Ernestina Álvarez Tejerina, monja benedictina de Santa María de Carbajal, y su hermano, Pedro. Es su décimo libro.  
            El texto quiere ser una ayuda para los buscadores que se acercan a los monasterios atraídos por la música callada de sus moradores. A los largo de diez días, diez capítulos, se esbozan pinceladas de lo que es la vida cotidiana en un cenobio benedictino, para proporcionar pistas a los huéspedes de lo que están o pueden llegar a vivir.
            Tenemos la suerte de contar en el relato con una doble visión, la del huésped que acude, quizás por primera vez a una hospedería monástica, y la del monje que le acoge y dialoga ampliamente con él.
            El protagonista del libro se siente saturado de conceptos, palabras, pensamientos…, quiere parar, empezare a quitar, pero ¿cómo?, ¿dónde? Toma la valiente decisión de ir  unos días a un monasterio.
            —¿Puedo pasar unos días en la hospedería? – pregunta.    
            —Por supuesto… -contesta el monje. Nuestra misión es la acogida a los huéspedes como si fueran Cristo peregrino.
            Para muchos será difícil entender esta aventura. ¿Qué vas a hacer allí tú solo? ¿Tan mal te encuentras? ¿No sería mejor que fueras a la playa, un SPA, o a un macro concierto…?
            Lo que sucede al seguir la jornada monástica durante unos días es difícil de explicar, hay que vivirlo. No obstante, los autores quieren anticipar algún olor, color, sabor, de ella. Una advertencia, es una experiencia paradójica: se asciende bajando, menos es más y la meta es la simplicidad.
            Durante la estancia se puede pasar por diferentes estados, se suele llegar estresado, angustiado, y se termina, experimentando cierta unificación en torno al ser. Las vivencias más frecuentes y por las que los autores ayudan a transitar son muy variadas: la lectio divina y la liturgia, otras formas de conocer además de la racional, la meditación y la contemplación, la importancia de la atención, la consciencia, otras dimensiones del tiempo, el trabajo, la energía, la trasformación integral de la persona...
            La estancia temporal en los monasterios tendría que ser más frecuente en la vida de los cristianos. Monjes y laicos juntos bajo la sombra de protección de la espiritualidad benedictina, viviendo el “arquetipo monástico”, la búsqueda de lo esencial y la simplicidad, que todo ser humano poseemos.
            La Iglesia declara que la experiencia monástica es puente para el encuentro de las religiones. En la medida en que nuestra búsqueda es más radical, es más sencillo el compartir experiencias con los auténticos buscadores de las otras tradiciones. Por ello los autores han introducido textos y experiencias de grandes santos de otras religiones. “Tanto más lejos podemos llegar cuanto más honda sea nuestra experiencia de Dios”.
           
              
            Ernestina Álvarez, monja benedictina del monasterio de Santa María de Carbajal de León, es doctora en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense de Madrid y licenciada en Ciencias Religiosas por la Universidad Pontificia de Salamanca.
            Pedro Álvarez, licenciado en Derecho por la Universidad Au­tónoma de Madrid, desarrolla su actividad profesional como funcionario.
           
Ambos son miembros de la Comisión Ibérica del Diálogo Interre­ligioso Monástico (DIM) que agrupa a creyentes de diversas confesiones y tradiciones religiosas. 


de vida monástica y contemplativa.

jueves, 7 de enero de 2016

PASCUA JUVENIL ARTÍSTICA 2016


Los Amigos de las madres benedictinas de León te invitamos a una pascua juvenil diferente, en la que el arte y la espiritualidad se darán la mano para acercarnos al Misterio, siempre presente, pero siempre por descubrir. 

El arte es una forma privilegiada de expresarnos, nos permite explorar diferentes esferas del universo y de nuestro interior; es camino hacia Dios. 

Del 21 al 27 de marzo, en el monasterio benedictino de Santa María de Carbajal de León, tendremos la posibilidad de orar, cantar, rimar, fotografiar…, acercarnos al Misterio de Jesús resucitado. 

Se realizarán talleres artísticos dirigidos por profesionales, siempre teniendo presente la esfera espiritual, y en un ambiente de convivencia fraterna. No se precisan especiales conocimientos, solo sensibilidad e ilusión. 

El monasterio dispone de unas magníficas instalaciones: albergue, hospedería, comedores, Iglesia…, para cubrir todas nuestras necesidades. El precio que se ha fijado es de 25 euros al día, con alojamiento en el albergue y pensión completa; pero hay otras posibilidades. 

Para más información podéis comunicaros con la dirección de correo: e.benedicitnas@hotmail.es (las inscripciones acaban en febrero, podéis también venir en grupos).


PASCUA JUVENIL ARTÍSTICA 2016

domingo, 1 de febrero de 2015

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2015
Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís
Franciscus