miércoles, 28 de abril de 2010

ESTAR EN LA PRESENCIA DE DIOS

Dialogando con Gabriel Bunge sobre la oración
Quien ora, da expresión a su irrepetible relación con Dios, al mismo tiempo que se introduce en una rica y larga tradición. El eremita y escritor de espiritualidad Gabriel Bunge comparte con nosotros cómo encontró el camino de la oración bajo la guía y experiencia de los Padres del monacato antiguo.

Hace 60 años el teólogo Karl Rahner publicó el artículo “De la necesidad y bendición de la oración”. ¿Qué relación tiene la oración con su historia personal?

Mi padre era luterano y mi madre católica, pero ninguno de ellos era practicante, así que crecí en un territorio de nadie religioso, como le ocurre hoy en día a la mayoría de los jóvenes. De tal manera que sentí una inquietud y me puse en búsqueda por mi cuenta, como lo hacen los jóvenes ahora. Me daba la impresión de que el occidente tenía poco que ofrecerme y por ello comencé la búsqueda en las religiones orientales. En los años 50 existía muy poca literatura al respecto. Como me gustaba mucho leer, me topé en una biblioteca con libros sobre el oriente cristiano y el monacato primitivo. Encontré la colección titulada testigos de la palabra, donde sobre todo me fascinaron el relato del peregrino ruso, las collaciones de Casiano y los apothegmata patrum.

Estos pocos, pero esenciales, escritos me marcaron profundamente, porque desde el principio despertaron el gusto por lo verdadero y lo esencial. Al mismo tiempo les debo la imagen de monje, que más adelante he querido imitar, así como la idea muy clara sobre el fin último de la vida monástica. Casiano da la pauta teórica y el peregrino ruso muestra la práctica. Por eso cuando me viene alguien, antes que nada, pongo en las manos de los buscadores estos dos textos básicos. Una vez que se ha captado lo esencial, es posible leer cualquier texto, antiguo o nuevo, y discernir si es auténtico o si sólo es la transcripción de una idea prestada, o sea un adorno.

Cuando era estudiante, en otoño de 1961, estuve dos meses en Grecia. Allí tuve la ocasión de conocer algunos “iconos vivientes” del monacato antiguo, que me ayudaron a poner en práctica lo que había leído. Este proceso evolucionó hacia mi entrada en el monasterio de Chevetogne en 1962. Quiero decir, que mucho antes de ser consciente de ser llamado a la vida monástica, empecé a recitar la oración de Jesús caminando por los jardines de la Universidad de Bonn. Fue mucho más tarde cuando empecé a captar su trasfondo teológico.

¿Qué tipo de enseñanzas aprendió acogiendo al hermano Graciano, que vino a vivir con usted en el eremitorio?
Graciano vino a la edad de 27 años, estuvo viviendo conmigo 5 años de huésped y luego 1 de novicio hasta que falleció de modo repentino.

Estaba imbuido del pensamiento y de las prácticas del extremo oriente, y hablaba tan apasionado de Milarepa y Yogananda como yo de Antonio y de Evagrio. Cuando decidió venir y probar su vocación monástica se trajo toda su biblioteca y se pasaba el día “meditando” a la forma oriental. Yo le decía sin éxito: “si de verdad quieres rezar como un cristiano y tener experiencia de Cristo, debes hacerlo a la forma de los cristianos.” Estuvimos discutiendo varios años, pero no había nada que hacer. De pronto un día se le cayeron las escamas de los ojos, y un mundo totalmente desconocido se le abrió paso. Sin desvelar nada se su intimidad; he escrito su “Vita” que se podrá publicar después de mi muerte, Graciano anhelaba tener una estrecha relación con Dios, a ello dedicó todo su combate. El cristiano no busca concentrarse en si mismo, sino trascenderse hacia Dios que nos está esperando. Graciano empezó a comprender esto cuando dejó algunas prácticas no cristianas, y se puso de pie delante del Señor, levantando sus manos hacia el, postrándose etc.,en definitiva haciendo uso de las prácticas de los Padres. Yo le decía: Para nosotros, los monjes cristianos, no es relevante que tengamos una iluminación o experiencias extraordinarias. Lo único que importa es que estemos delante de Dios con humildad y que le sirvamos. Recitar salmos es antes que nada un servicio divino, un servicio que Dios me hace y al que estoy llamado a corresponder. Dios es persona en sentido absoluto y libre, es El quien elige manifestarse; Isaac de Ninive habla muy bien de esperar la bajada del Espíritu Santo cuando Dios quiera. Por eso el problema de la sequedad en la oración está mal planteado, ya que parte de las sensaciones subjetivas del hombre. Isaac dice que no nos debemos ocupar si nos distraemos o no, porque tenemos tan poca influencia sobre nuestro psiquismo como en predecir el tiempo meteorológico. Nos enseña como es importante separar lo psíquico de lo neumático, porque si no, podemos caer en el peligro de pensar que cualquier sentimiento es ya una acción directa del Espíritu Santo.

En los últimos tiempos ha vuelto a tener importancia la “mística”, pero a veces se trata de la búsqueda de una piedad consumista: Obtener en poco tiempo muchas experiencias intensas, pero claro, experiencias en la dimensión psíquica.

Los Padres griegos nos alertan continuamente del autoengaño en el sentido de consentir a estados de ánimo inducidos por uno mismo. Lo que denominan anatyposis, imitación de un estado espiritual que produce una fuerte confusión y provoca la ira de Dios. Quien entra en esta dinámica es víctima de una ilusión y se parece a uno que intenta mirar con los ojos abiertos al sol: quedará ciego. Por eso no hay que hacer caso a los sentimientos que aparecen en la oración. Estoy seguro que no hubiese aguantado aquí durante 30 años si hubiese estado pendiente de mi sequedad, distracciones o de la ausencia de grandes experiencias sobrenaturales. Uno de los Padres dice: “Procuro realizar con humildad mi pequeño oficio, mi pequeño trabajo y combatiendo contra los malos pensamientos. Es así como vino sobre mi el espíritu de contemplación, casi sin darme cuenta.” Las personas a las que les ocurre esto no suelen hablar de ello porque lo viven como un estado totalmente natural.

Traducido por Sor Mónica Alonso.

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