LECTIO DIVINA






EL DÍA DEL TESTIMONIO
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor. B.
5 de abril de 2015


“Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo sino a los testigos que él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”. Ese es el mensaje que pone en boca de Pedro la lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles que hoy se proclama (Hech 10, 34a. 37-43).

Pedro ha evocado la vida Jesús, desde su bautismo hasta su muerte en cruz. No puede olvidar que “ungido por la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Pero tampoco quiere silenciar que aquellos mismos que fueron testigos de lo que hizo en vida son ahora testigos de la presencia del resucitado.

Por tercera vez Pedro se presenta como miembro de un grupo de testigos. Los apóstoles elegidos por el Maestro han sido enviados a dar solemne testimonio de que Dios ha nombrado a Jesús juez de vivos y muertos.



LA FE Y EL ANUNCIO
También el evangelio juega con el testimonio de los que habían convivido con Jesús (Jn 20, 1-9). En primer lugar, Maria Magdalena. Ella había descubierto a Jesús en Galilea. Seguramente había sido curada por Él y lo había seguido por los caminos y servido con sus bienes, como las otras mujeres que en él habían encontrado la salud y la salvación.

Ahora María descubre que el sepulcro del Señor está vacío. Ésa es la gran noticia que se apresura a anunciar. Por algo ha podido ser llamada “apóstol de los apóstoles”. Quien cree en Jesús lo acompaña hasta su cruz. Pero quien cree en Jesús no puede olvidarlo. Quien cree en Jesús lo reeencuentra aunque lo crea perdido. Quien cree en Jesús lo anuncia vivo y presente.

Sorprendidos por el anuncio de María, acuden también al sepulcro otros dos discípulos: Pedro y aquel “al que tanto quería Jesús”. El sepulcro vacío es motivo de fe para ambos: para quien ha traicionado a su Maestro en la hora de la turbación y para quien lo ha acompañado fielmente hasta la cruz.



INQUIETUD Y CONSUELO
En el texto del evangelio de Juan queda flotando el anuncio apresurado y nervioso de María la de Magdala: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. ¿No se asemeja esta inquietud a la que embarga a nuestra humanidad?

• “Se han llevado del sepulcro al Señor”. Muchos cristianos vivíamos confiados en tener aseguradas todas las creencias. Algunos se han encontrado de pronto sumidos en la orfandad y en el silencio. Pero otros han aceptado que Jesús y su mensaje hayan sido depositados en un sepulcro. A unos los come el dolor. Otros han encontrado la tranquilidad.

• “No sabemos dónde lo han puesto”. La voz de María Magdalena resuena como un lamento. Jesús no está en el sepulcro. Y no se encuentra su cadáver. Todo indica que, para consuelo de unos e inquietud de los otros, Jesucristo está vivo y camina entre nosotros. Solo espera el testimonio de los que creen en él y no pueden ni quieren callarse la noticia.

- Señor Jesús, nosotros sabemos que has vencido a la muerte. Creemos que estás vivo. Y que tu resurrección es la razón de nuestra fe, el aliento de nuestra esperanza y la exigencia para anunciar y vivir tu amor a esta humanidad nuestra. Amén. Aleluya.



José-Román Flecha Andrés








EL HIJO AMADO

Domingo 3º de Cuaresma. B.

8 de marzo de 2015



“Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí” (Éx 20,2). Así suena la introducción al Decálogo que, de parte de Dios, Moisés entrega al pueblo de Israel. Antes de enumerar los mandamientos, se recuerda la acción liberadora de Dios. La iniciativa ha venido de Él.

A la luz de ese recuerdo, los mandamientos se entienden como la respuesta humana a aquella iniciativa de Dios. Si el pueblo quiere ser libre habrá de tutelar los grandes valores morales, como la dignidad de la familia y de la vida humana, la armonía del matrimonio, la promoción de la justicia y el testimonio de la verdad.

Pero, junto a esos valores humanos, que garantizan la paz y la convivencia social, hay que descubrir el valor de lo divino. Sólo Dios es Dios. Poner a las cosas o a las estructuras en el puesto de Dios es caer en el barranco de la idolatría.



ENTREGA Y PROMESA



En este tercer domingo de cuaresma se proclama un conocido relato del evangelio de Juan (Jn 2, 13-25). En vísperas de la fiesta de la Pascua, Jesús expulsa de los pórticos del templo de Jerusalén a los mercaderes que venden bueyes, ovejas y palomas para los sacrificios y a los que cambiaban el dinero profano por las monedas aceptadas para las ofrendas.

Como se ve, la actividad de los mercaderes estaba al servicio del culto que se celebraba en el templo. Pero oscurecía el camino de la fe y apagaba la alegría de los salmos de los peregrinos que llegaban de lejos. El texto nos dice que solo Dios es Dios. Es fácil sustituirle por los ídolos. Hasta el comportamiento más cercano a lo sagrado puede estar impregnado por la mundanidad.

Los fariseos piden a Jesús un signo que demuestre la autoridad con la que actúa al expulsar a los vendedores y oponerse al sistema establecido. Pero no son capaces de admitir los signos de misericordia y compasión que Jesús va derramando por todas partes. Y menos aún reconocen a Jesús como el verdadero y definitivo signo de Dios.



LOS SIGNOS Y LA VOZ



El relato evangélico de la limpieza del templo incluye una triple observación que merece ser meditada también en estos días:

• Jesús hablaba del templo de su cuerpo. Cristo muerto y resucitado es el templo último y definitivo. Su humanidad era, es y será el espacio en el que Dios se manifiesta al hombre y en el que los hombres pueden acercarse verdaderamente a Dios.

• Jesús ofrecía como signo su poder para reconstruir el templo. Pero no se refería a la construcción herodiana, sino a su propio cuerpo. En él descubrimos a Dios. En él damos gloria a Dios y nos encontramos en oración con todos los creyentes.

• Cuando Jesús resucitó, sus discípulos se acordaron de sus palabras y dieron fe a la Escritura y a la palabra de Jesús. No se trata solo de un recuerdo psicológico. Se trata de una memoria en el Espíritu, que lleva a los discípulos hasta la verdad plena.

- Padre santo, que tu Espíritu nos ayude a descubrir el valor de tus mandamientos, a reconocer a Jesús resucitado como el signo definitivo de tu misericordia y a creer en su palabra de vida y salvación.



José-Román Flecha Andrés
















ALIANZA Y SEÑORÍO

Domingo 1º de Cuaresma. B.

22 de febrero de 2015



“Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra!” (Gén 9,9-10). Con esas palabras, Dios promete a Noé una alianza cósmica que tendrá como signo el arco iris.

El texto termina anunciando que “el diluvio no volverá a destruir a los vivientes”. Pero esa negación comporta la oferta preciosa de un don divino. Dios establece una armonía entre el ser humano y su mundo. Esa armonía es el reflejo de la alianza del Creador con toda su creación.

Ahora bien, como en tantas otras ocasiones en la vida del hombre y en sus relaciones con Dios, el don lleva consigo una tarea. Si Dios es fiel a su alianza, también el ser humano ha de procurar aprender la fidelidad. Recibir el regalo de la tierra, cuidarla y aprender a ver en ella el rastro de Dios. Sólo entonces su vida podrá transcurrir en la armonía del paraíso.



EN EL DESIERTO



En el primer domingo del tiempo cuaresmal recordamos todos los años que al principio de su vida pública, Jesús fue tentado por Satanás. Los evangelios de Mateo y de Lucas se detienen a narrar las tres tentaciones. El texto del evangelio de Marcos (Mc 1,12-15) se refiere a ellas de una forma general. Pero en su brevedad, incluye algunas notas muy importantes:

• “El Espíritu empujó a Jesús al desierto”. En su bautismo, Jesús había sido presentado por el Espíritu como el Hijo amado de Dios. Pero vivir como Hijo no iba a ser fácil. El mismo Espíritu lo expulsa de su tranquilidad para llevarlo al escenario de la prueba. Como a nosotros.

• “Jesús se quedó en el desierto durante cuarenta días”. El desierto y los cuarenta días nos recuerdan la experiencia religiosa de Moisés y de todo el pueblo de Israel. Es ahí donde Jesús ha de comenzar a vivir su verdad y a revelarnos la honda verdad del ser humano.

• “Jesús se dejó tentar por Satanás”. Marcos no habla del ayuno de Jesús. Su prueba consiste en encontrarse frente a frente con Satán. El Príncipe de la verdad y de la vida se enfrenta al príncipe de la mentira y de la muerte. Esa es también nuestra prueba.



EN EL UNIVERSO



Hay una cuarta nota, que sólo se encuentra en el evangelio de Marcos: en el desierto, Jesús vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Es decir, en el desierto se nos revela el señorío de Jesús sobre el universo y sobre la historia. El nuevo Adán retorna al paraíso.

• “Vivía entre alimañas”. Jesús ha sabido someter a los poderes del mal, de la injusticia y de la opresión que tratan de establecer su dominio sobre el mundo. Jesús es sometido a prueba, pero logra mantener su libertad ante el mal. Una fidelidad que se espera también de nosotros.

• “Los ángeles le servían”. Los ángeles son los servidores de Dios. Y son enviados para colaborar con Jesús en la obra que le ha sido encomendada. Combatido por las fieras que sirven a Satán es ayudado por los ángeles que sirven a Dios. Y esa es también nuestra suerte.

- Señor Jesús, tu estancia en el desierto nos ayuda a descubrir nuestra vocación y nuestra misión. Ayúdanos a mantenernos fieles a la alianza con Dios. De esa forma podremos hacer visible la paz en la creación y en la sociedad. Amén.

José-Román Flecha Andrés




LA LIMPIEZA

Domingo 6º del Tiempo Ordinario. B.

15 de febrero de 2015



“El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro!” (Lev 13,45). Las severas normas del libro del Levítico tratan de evitar el contagio con los leprosos. Estos han de vivir aislados y vestir de forma que puedan ser distinguidos desde lejos. Su eventual acogida en la comunidad es lenta y cautelosa.

Mientras dure la lepra han de ser considerados como impuros. No están limpios. La soledad que se les impone no es un castigo sino una forma de prevención, muy dramática por cierto. La limpieza es entendida a la vez en sentido higiénico y en sentido ritual, De hecho, la lepra requiere un rito de purificación y de limpieza (Lev 14,2).

Estas observaciones nos llevan a pensar en otras formas de impureza. En el mundo actual, la limpieza de las personas y de los lugares ha llegado a identificar el grado de cultura y de desarrollo de las personas y de los pueblos. Pero se echa de menos una limpieza integral, de las personas y de las estructuras sociales.



TRES MOMENTOS



También en el evangelio que hoy se proclama aparece un leproso (Mc 1,40-45). Se acerca a Jesús y postrándose de rodillas, le suplica diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme”.

• El evangelio anota cuidadosamente los pasos que se siguen en la escena. En un primer momento, Jesús siente compasión por el enfermo que le suplica, extiende su mano y toca al leproso, como contraviniendo todas las normas vigentes en su ambiente. Para asombro de todos, el enfermo queda limpio al instante.

• En un segundo momento, Jesús impone al leproso un silencio y una declaración. El silencio responde a la decisión de Jesús de pasar inadvertido por el momento. Y es también una justificación del rechazo que encuentra a su paso. Y la declaración a los sacerdotes no es sólo una obediencia a la Ley sino la única posibilidad de circular con libertad.

• En un tercer momento, el leproso, ya curado de su enfermedad, no cumple el mandato de guardar silencio, sino que se convierte en pregonero de su propia curación. Esta publicidad hace que Jesús ya no pueda entrar abiertamente en los poblados. El Maestro trata de ser discreto, pero su fama se difunde por toda la región.



DOS FRASES



De todas formas, el evangelio nos invita a reflexionar sobre las dos frases que resumen el diálogo entre el enfermo y Jesús.

• “Si quieres, puedes limpiarme”. En el Antiguo Testamento, el pecador pedía a Dios la limpieza del corazón: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 51,12). Nosotros, como el leproso hemos de dirigir esa súplica confiada a Jesús.

• “Quiero, queda limpio”. Jesús sabe que no basta limpiar los vasos por fuera (Mt 23,25). Hay que limpiar el corazón, del que nacen los males que contaminan al hombre (Mt 15, 18-20). Pero la gracia y la fuerza que vienen de Jesús pueden limpiarnos del pecado.

- Señor Jesús, tú te compadeces de nuestra lepra y de nuestros harapos. Recuérdanos tú la bienaventuranza de los limpios de corazón para que podamos “anunciar” la verdad y la rectitud de la conciencia en un mundo que al bien llama mal y al mal le llama bien, como ya lamentaba Isaías (Is 5,20). Amén.

José-Román Flecha Andrés



JESÚS Y LOS ENFERMOS

Domingo 5º del Tiempo Ordinario. B.

8 de febrero de 2015


“Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerdo que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la dicha” (Job, 1, 6-7). Con estas lamentaciones de Job se cierra la primera lectura de este domingo. Seguramente muchos enfermos y ancianos se identificarán con ellas.

Lo más sorprendente es que, inmediatamente antes, Job había dicho que la noche se le hacía larga y que se hartaba de dar vueltas hasta el alba. Dicen que una ancianita solía repetir: “Qué corta es la vida y qué largas se hacen algunas tardes”. Aunque el tiempo total de nuestra existencia se nos haga corto, hay situaciones que parecen frenar el reloj.

Y una de esas situaciones es precisamente la enfermedad. Los días que se transcurren en un hospital parecen ser mucho más largos que los días de nuestras vacaciones. Quien se cree dueño de su propia vida se dará muchas veces por vencido ante la experiencia de la enfermedad. El misterio del dolor pone en entredicho todas nuestras seguridades.


LIBERTAD Y SERVICIO


El evangelio de Marcos comienza evocando las actividades que han de llenar el tiempo de Jesús durante su vida pública (Mc 1, 29-39). Hay tres actividades que anuncian toda su misión profética: la predicación por las aldeas de Galilea, la oración silenciosa antes del amanecer y la curación de los enfermos.

La predicación en la sinagoga lo revela como un maestro que habla con autoridad. La oración lo lleva también a la sinagoga en el día del sábado, y lo encamina después a lugares descampados y desiertos. Su compasión con los enfermos se manifiesta de nuevo en la sinagoga, pero también en las casas y en los caminos

El relato de la curación de la suegra de Pedro nos sitúa en un día de sábado. La mujer no ha podido acudir a la sinagoga, pero el Maestro viene a su casa. Este es uno de esos momentos que marcan el paso de la Antigua a la Nueva Alianza. Jesús no teme ignorar algunas normas que repiten los maestros de la Ley. Se acerca, toma de la mano a la enferma y la levanta.

Ese gesto es determinante. A la mujer se le pasa la fiebre y se levanta para servir a Jesús y a los discípulos que han comenzado a seguirle. La que era esclava del mal ha sido liberada por Jesús. Pero su libertad se convierte en decisión y en acto de servicio. La suegra de Pedro y su curación se presentan, pues, como una especie de parábola en acción.


LA EVANGELIZACIÓN


Al anochecer termina el descanso del sábado. Las gentes traen los enfermos hasta Jesús precisamente al anochcer, cuando se pone el sol. Y Jesús los cura ante la admiración general. Pero después de orar durante la última parte de la noche, Jesús invita a sus discípulos diciendo: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”.

• Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas”. Jesús no se deja atrapar por las exigencias inmediatas de las gentes, que buscan en él una solución a sus problemas. La Iglesia no es una organización asistencial, como dice el Papa Francisco.

• “Vámonos para predicar”. Jesús será recordado como un Maestro y un predicador itinerante. El evangelio dice que anuncia el Reino de Dios y exhorta a la fe y a la conversión. Por eso Pablo puede exclamar: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.

• “Para eso he venido”. Jesús reconoce que su misión es anunciar la buena noticia de Dios. La Iglesia ha ejercicio siempre en el mundo una impagable labor de asistencia a los pobres y a los enfermos. Pero es bien consciente de que ha de ser fiel, sobre todo, a su misión de evangelizar.

- Señor Jesús, te reconocemos como el Maestro y el testigo de la misericordia de Dios. Tus gestos son una enseñanza para toda la Iglesia y para todos los que pretendemos seguirte por el camino. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

José-Román Flecha Andrés






PROFETA Y MAESTRO

Domingo 4º del Tiempo Ordinario. B.

1 de febrero de 2015



“Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y él les dirá lo que yo le mande” (Dt 18,18). Según el libro del Deuteronomio, con esas palabras anuncia Dios el envío de un profeta semejante a Moisés. Como se ve, será un profeta tomado de entre sus hermanos, es decir partícipe de la suerte de su pueblo y comprometido con él.

Además, habrá de transmitir las palabras del Señor para ser escuchado como su mensajero. Esa elección por parte de Dios exige una fidelidad exquisita por parte del elegido. El mismo texto añade que el profeta no deberá caer en la arrogancia de proclamar en nombre de Dios aquello que Dios no le haya mandado.

Pero la fidelidad es don y tarea. Un don de Dios en beneficio del pueblo. Y una tarea que atañe también a los que escuchan o han de escuchar el mensaje del profeta enviado por Dios. Así lo manifiesta el mismo oráculo del Señor que se recoge en el texto. “A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas”.



LA AUTORIDAD



El evangelio de Marcos que hoy se proclama (Mc 1, 21-28) nos presenta a Jesús en Cafarnaún, la ciudad costera del lago de Galilea que él habría de convertir en la base de su misión. Es un sábado y Jesus acude a la sinagoga. Cuando toma la palabra los asistentes quedan admirados, porque enseña con autoridad.

La autoridad no puede confundirse con el poder. El poder es transitorio, mientras que la autoridad permanece. El poder viene determinado por un golpe de fuerza o por la veleidad de los que eligen al gobernante. Pero la autoridad proviene del valor del mensaje y de la coherencia del mensajero. El poder aplasta a las gentes, la autoridad las ayuda a crecer .

La autoridad de Jesús se vincula a su forma de enseñar y a su forma de actuar. Sus palabras son corroboradas por sus acciones. En este caso, por la curación de un enfermo. En tiempos en que la enfermedad se atribuye a un mal espíritu, Jesús demuestra su autoridad liberando de él a este pobre paciente. La autoridad de Jesús se identifica con la compasión.



LA CONFESIÓN



El evangelio de Marcos recoge los gritos que dirige a Jesús el enfermo. Aquel marginado descubre en Jesús al verdadero profeta que había sido prometido por Dios.

• “Sé quien eres: el Santo de Dios”. Cuando Pedro lo reconozca como el Mesías de Dios, Jesús lo proclamará dichoso, porque esa revelación sólo puede venirle de Dios. Ahora Jesús se limita a imponer silencio al enfermo. El Maestro no quiere ser identificado con un curandero.

• “Sé quien eres: el Santo de Dios”. Cuando la Iglesia y cada uno de sus miembros se pregunten por lo más importante en la evangelización, deberán recordar esta primera confesión de fe que brota de las periferias existenciales del mundo, como dice el Papa Francisco.

• “Sé quien eres: el Santo de Dios”. Cuando la humanidad descubra que la felicidad no se encuentra en la ostentación del poder, sino en la escucha del mensaje profético que le propone Jesucristo, habrá de prepararse a repetir este grito de la fe.

- Señor Jesús, te reconocemos como el Santo de Dios, como el Maestro que habla con autoridad y como el testigo de la compasión de Dios. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

José-Román Flecha Andrés










LA LLAMADA Y EL ANUNCIO

Domingo 2º del Tiempo Ordinario. B.

18 de enero de 2015


“Aquí estoy. Vengo porque me has llamado”. Hasta tres veces repite el niño Samuel estas palabras que se recogen en la primera lectura de la misa de hoy (1Sam 3,3-10.19). La escena se sitúa en el Santuario de Silo. El pequeño oye que alguien le llama durante la noche y acude presuroso a ponerse a las órdenes del sacerdote Elí.

Pero no es el sacerdote quien le ha llamado. Él es el primero en comprender que esa voz misteriosa viene de lo alto. El niño ha sido elegido por el Señor. Así que cuando de nuevo le despierta la voz que le llama, Samuel pronuncia la oración que le ha sugerido el mismo Elí: “Habla Señor que tu siervo escucha”.

A lo largo de nuestra vida hemos meditado muchas veces esas palabras del pequeño Samuel. Y las hemos adoptado como modelos de oración. También nosotros nos ponemos a disposición del que nos ha llamado. Sabemos que nuestra vida puede cambiar totalmente si escuchamos con atención la voz del que nos habla en la noche.


LA BÚSQUEDA


También el evangelio que hoy se proclama nos ayuda a repensar el misterio de la llamada. Juan Bautista descubre entre sus oyentes a Jesús y lo presenta como el Cordero de Dios. Dos de sus discípulos, Andrés y otro de ellos, dejan al Bautista y lo siguen. “¿Qué buscáis?” Esa pregunta de Jesús se dirige a todos nosotros.

En realidad, esa pregunta se dirige a toda la humanidad. Cada uno de nosotros se define por sus búsquedas. Nuestros afanes de cada día revelan nuestros intereses. Aunque no queramos admitirlo, dejan al descubierto nuestras necesidades más hondas. Y esa idea escondida y profunda que tenemos de nosotros mismos. Nuestro yo ideal.

Los dos discípulos preguntan a Jesús donde vive. Y él responde con una invitación: “Venid y lo veréis”. Como sabemos, Jesús no tiene dónde reclinar su cabeza. Aquel encuentro con Jesús debió de llevarles a comprender que lo importante de Jesús no era lo que tenía, sino lo que era. Una importante lección que el Maestro guarda también para nosotros.


EL ENCUENTRO


Pero los dos curiosos discípulos de Juan aprendieron bien esa lección. Comprendieron que su aprendizaje junto al Precursor los llevaba definitivamente hacia el Anunciado. Algo podemos percibir por la frase que Andrés dirige a su hermano Simón:

• “Hemos encontrado al Mesías”. Su curiosidad no ha sido en vano y se ha visto coronada por un premio no esperado. Los dos discípulos del Bautista han pasado ya de la búsqueda al encuentro, del Siervo al Señor y del profeta al Mesías.

• “Hemos encontrado al Mesías”. Él pequeño Samuel había escuchado la voz de Dios durante la noche y en el ámbito sagrado del santuario. Los discípulos de Juan han encontrado al que es la Palabra de Dios a pleno día y en el espacio abierto entre el río y el desierto.

• “Hemos encontrado al Mesías”. El niño Samuel oyó una voz de Dios que había de transmitir al sacerdote Elí. Los discípulos de Juan escucharon al enviado de Dios y supieron que habían de anunciar a los demás aquel encuentro.

- Señor Jesús, tú sabes que nuestras búsquedas nos dejan siempre insatisfechos. Pero nosotros sabemos y confesamos que tú eres la meta de nuestra búsqueda. Mándanos ir a tí para que podamos anunciarte a nuestros hermanos. Amén.

José-Román Flecha Andrés








BAUTISMO Y LIBERACIÓN

Fiesta del Bautismo de Jesús. B.

11 de enero de 2015



“Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones”. Este texto que hoy se lee en la misa (Is 42, 1-4. 6-7) pertenece al primero de los cuatro “Cantos del Siervo de Yahvéh”, que se encuentran en la segunda parte del libro de Isaías.

• El poema presenta a un misterioso personaje que parece identificarse a veces con el pueblo de Israel. En primer lugar se nos dice que Dios lo ha elegido y lo ama con predilección. Sobre él se ha detenido el Espíritu de Dios para que se convierta en testigo y ejecutor de la justicia divina.

• Por otra parte, se subraya que esa justicia se identifica con la misericordia de Dios. Su Siervo es enviado para “abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prision y de la mazmorra a los que habitan en las tiniebas”. Al Siervo le ha confiado Dios la misión de liberar a los pobres y a los marginados.



LA PALOMA



No es extraño que la tradición cristiana haya visto en este Siervo de Yahvéh el anuncio del mismo Jesús. Él es el Hijo amado del Padre, su predilecto. Así lo proclama la voz del cielo que se oye en el momento del bautismo de Jesús en el Jordán, según lo recuerda el evangelio que se lee en esta fiesta del Bautismo del Señor (Mc 1, 11).

Según el texto evangélico, al salir de las aguas del Jordán en las que ha sido bautizado, Jesús ve rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar hacia él “como una paloma”. Al Jordán habían bajado Josué y Elías, llenos de la fuerza de Dios. El Espíritu de la nueva creación baja sobre Jesús para confiarle una misión. La de revelar la presencia de Dios.

Así pues, el Bautismo es el momento de la revelación de Jesús y de su misión en el mundo. Su origen divino no le aleja de la tierra y de sus habitantes. La paloma que baja sobre él recuerda la otra paloma que indicó a Noé el fin del diluvio. Jesús es la tierra firme de la nueva humanidad. La tierra de la esperanza y de la vida.



EL AGUA Y EL ESPÍRITU



La visión de Jesús viene también a corroborar el anuncio de Juan el Bautista. Juan reconocía no ser el profeta anunciado a Moisés. No era Elías. Ni era el Mesías esperado. Su bautismo anunciaba el bautismo del Mesías:

• “Yo os bautizo con agua”. Y no era poco. Por una orden del profeta Eliseo, aquel agua del Jordán había limpiado de la lepra al general sirio Naamán. Por el ministerio de Juan, el Bautismo era para su pueblo una llamada al arrepentimiento y a la conversión. El pecado era y es en realidad la verdadera lepra.

• “Él os bautizará con Espíritu Santo”. Eliseo sólo tenía un deseo: heredar dos partes del espíritu de Elías. Era como la herencia del hijo primogénito, estipulada por la Ley. Pues bien, Jesús es el Hijo primogénito, que recibe el Espíritu de Dios y lo derrama con abundancia sobre los que creen en él y deciden seguirlo por el camino.

- Señor Jesús, en tu Bautismo hemos sido bautizados todos. Te reconocemos como el Hijo enviado por el Padre para liberarnos del mal y de nuestro egosísmo. Tú eres nuestro Salvador. Bendito seas, Señor! Amén.



José-Román Flecha Andrés

 











PALABRA Y VIDA

Domingo 2º después de Navidad. B.

4 de enero de 2015



“Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamas... Eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad”. Estas palabras se ponen en boca de la Sabiduría de Dios. Como se ve, ha sido personificada en el texto del libro del Eclesiástico, que se proclama en la primera lectura de la misa de hoy (Eclo 24,1-4.12-16).

• En un primer momento, la Sabiduría se nos presenta como engendrada por el mismo Dios, antes del comienzo del mundo. La Sabiduría de Dios precede al tiempo. Por tanto, acompaña al mismo Dios desde toda la eternidad. Se identifica con él. Dios puede presentarse como misericordia y justicia, pero también como sabiduría.

• Pero en un segundo momento, se nos dice que la Sabiduría ha sido enviada para habitar entre los hombres. El texto proclama que la Sabiduría ha puesto su trono en Jerusalén. Desde allí guía al pueblo elegido. Evidentemente, ese pueblo olvidaría su elección y perdería su esplendor si tratara de ignorar la Sabiduría de Dios.



ETERNA Y TEMPORAL



En este segundo domingo del tiempo de Navidad leemos siempre el comienzo del evangelio según San Juan (Jn 1,1-8). Las personas mayores recuerdan que antes del Concilio Vaticano II se leía al final de todas las misas. Con ello se trataba de reflejar el valor y la importancia de este texto para la vida cristiana. ¿Qué nos dice hoy a nosotros?

• En primer lugar, es fácil descubrir el paralelismo entre el Verbo de Dios y la Sabiduría de Dios. El Verbo, es decir, la Palabra, estaba junto a Dios. Era Dios. La Palabra de Dios es creadora de todo y a ella se encamina todo lo creado. La Palabra es vida, e ignorarla nos lleva a la muerte. La Palabra es luz, de modo que sin ella caminamos en tinieblas.

• En segundo lugar, al igual que la Sabiduría, tambien la Palabra ha bajado a nuestra tierra. Ha plantado su tienda en el campamento de todos los que peregrinamos por este mundo. La Palabra de Dios se ha hecho carne humana y ha habitado entre nosotros. Por eso, y solo por eso, hemos podido contemplar su gloria.

• En tercer lugar, esa Palabra de Dios, eterna como Él y temporal como nosotros, se nos presenta con rasgos humanos. Se identifica con el Hijo único de Dios. La fe cristiana reconoce en Jesús de Nazaret la Palabra salvadora de Dios. Esa Palabra nos salva y nos guía. Nos ilumina y nos interpela. Nos alienta cada día y nos juzgará en el último día.



LA LEY Y LA GRACIA



Entre otras muchas riquezas, este comienzo del Evangelio de Juan, nos ofrece una perla final: “La Ley se dio por Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo”. El misterio de la Navidad es el eje sobre el cual giran la antigua y la nueva alianza.

• “La Ley se dio por Moisés”. La Ley no era un peso para Israel, al contrario, era un don que marcaba el camino de la liberación. Un camino que Dios mismo había iniciado. Moisés era recordado como el intermediario de la alianza entre Dios y su Pueblo. Ser fieles a la Ley era la única posibilidad de ser libres.

• “La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo”. Esos dones de Dios no pueden ser rechazados impunemente. La gracia y la verdad no pueden ser conseguidas por el simple esfuerzo humano. Jesús es el intermediario de esta nueva alianza. Escuchar la Palabra de Dios, que se ha hecho carne en Jesús, es el único camino para alcanzar la vida verdadera.

- Señor Jesús, la Navidad nos ha acercado al pesebre en el que descansas. Pero el misterio de la Palabra, que se ha hecho carne en tu vida, nos lleva a aceptarte como la revelación de Dios al hombre y como la revelación de lo que el hombre es y está llamado a ser. Bendito seas por siempre. Amén.



José-Román Flecha Andrés


PREPARANDO EL CAMINO

Domingo 2º de Adviento. B

7 de diciembre de 2014



“Allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3). La segunda parte del libro del profeta Isaías comienza con un oráculo del Señor: “Consolad, consolad a mi pueblo”. A las gentes que han sufrido durante largo tiempo el penoso y humillante exilio en Babilonia se les anuncia la proximidad del retorno a sus tierras de Judá.

“Una voz grita: En el desierto abrid camino al Señor”. Es decir, Dios se identifica con su pueblo. Se puede decir que también él ha vivido desterrado con su gente. Pero ahora se propone encabezar la caravana de los que van a regresar a su tierra. Los que fueron desterrados un día o los hijos que les han nacido en el destierro.

Hasta nueve veces aparece en este texto la mención de Dios. La esperanza se vuelve a él. Hay que abrir una calzada en la estepa. Pero es una calzada para Dios. El pueblo habrá de recordar siempre que esa es su vocación. Abrir caminos para que Dios pueda recorrerlos, hacerse presente entre sus gentes y guiarlos hacia la libertad.



LOS COMPROMISOS



Pues bien, el evangelio que hoy se proclama retoma el texto del “Libro de la Consolación” e identifica la voz del antiguo pregonero con la de Juan el Bautista. Vestido y alimentado con una austeridad que llama la atención de todos, Juan grita en el desierto: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Mc 1,3). Esa preparación incluía tres compromisos urgentes:

• En primer lugar, la conversión, es decir el cambio de mentalidad y de costumbres. No una simple disminución cuantitativa, sino un salto cualitativo en la vida. Es decir, una verdadera y nueva creación de la persona.

• En segundo lugar, la confesión pública de los pecados, como reconocimiento del propio error y del extravío de la persona. Es decir, la admisión y la profesión de que siempre es posible alcanzar el perdón de Dios.

• Y en tercer lugar, el bautismo en las aguas del Jordán. Es decir, la renovación de la memoria de que un día las aguas de este río se habían abierto para permitir el paso a Josué y a su pueblo hacia la tierra prometida.



EL ANUNCIO



De todas formas, aunque las palabras de Juan sean semejantes a las del mensajero que aparecía en el “Libro de la Consolación”, hay algo nuevo en ellas. Del anuncio de Dios se pasa ahora al anuncio de otro personaje misterioso con el que por tres veces se compara Juan:

• “Detrás de mí viene el que puede más que yo”. Juan se ha mostrado como un profeta convincente y respetado. Pero él no es el final del camino. Solamente lo prepara. El que ha de venir es más poderoso que Juan.

• “Yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”. Juan habla con autoridad. Sin embargo no se considera más que un esclavo. Ni siquiera eso. El esclavo prestaba a su amo los servicios más humildes, que Juan ni se atreve a prestar al que ha de venir.

• “Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. Juan conocía los ritos de purificación que los más piadosos de su pueblo realizaban con frecuencia. Pero él sólo bautizaba con agua. El bautismo definitivo purificaría con el Viento Santo que creó los mundos.

- Señor Dios nuestro, fuente de la libertad y del perdón. Queremos preparar con nuestro compromiso concreto los caminos para que te hagas presente en nuestra conciencia y en nuestra sociedad. Que nuestra fe nos lleve a esperar con amor al que viene a librarnos del mal. Amén.



José-Román Flecha Andrés


















LA VENIDA DEL SEÑOR

Domingo 1º de Adviento. B

30 de noviembre de 2014



“Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia” (Is 64,1). Ese grito, que se encuentra en la tercera parte del libro del profeta Isaías, parece reflejar una situación de angustia y una gran esperanza. Y así es. Incluido en la primera lectura de la misa hoy, nos introduce de lleno en el espíritu del Adviento.

El profeta observa con preocupación la infidelidad de su pueblo. Son muchos los que andan extraviados. Dan muestras de tener un corazón endurecido. No invocan el nombre del Señor ni se esfuerzan por aferrarse a él. Lo admitan o no, son víctimas de sus propias culpas. Pero el profeta reconoce que nadie hace tanto por su pueblo como el mismo Dios.

Por eso el profeta se dirige a él con una asombrosa confianza: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”. Y le pide que rasgue los cielos y se haga presente con su salvación en medio de su pueblo. Un anhelo que recoge el salmo responsorial al repetir: “Ven a salvarnos… ven a visitar tu viña” (Sal 79).



LA ESPERA Y LA TAREA



También en el evangelio que hoy se proclama aparece por dos veces la alusión a la venida del dueño de la casa (Mc 13,33-37). Es muy clara e intuitiva esa breve parábola de Jesús. Nos presenta a un patrón que se va de viaje, asignando una tarea a cada uno de sus criados y encargando al portero de la casa que esté atento para recibirle a su regreso.

Como se ve, el patrón no señala al partir el momento en que volverá a su casa. Este dato es muy importante. Él es el dueño de la casa y no pretende desentenderse de ella. Es su casa y quiere encontrarla abierta al regresar de su viaje. Él es el señor y quiere que sus criados cumplan con su misión siempre y en todo momento.

La parábola tiene una aplicación inmediata a este tiempo de Adviento que hoy comienza en la Iglesia latina de rito romano. Este es el tiempo que nos recuerda nuestra vocación a la esperanza. Nuestra fe nos lleva a vivir aguardando la venida del Señor y la manifestación de su reino en la tierra. Pero no esperamos en la ociosidad. Se nos ha confiado una tarea concreta.



EL SUEÑO Y LA VIGILA



Por tres veces aparece en el evangelio de hoy la exhortación a la vigilancia. El dueño de la casa sabe de sobra que la rutina en el trabajo y el olvido de las tareas pueden generar sopor y somnolencia. Pero es preciso mantenerse despiertos.

• “Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”. Es verdad que no sabemos cuándo se manifestará en su plenitud el reino que esperamos. Además, sufrimos la tentación de olvidar la importancia definitiva del momento que vivimos en el presente.

• “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa”. Casi siempre creemos que hay que velar, porque tememos la venida del Señor como la amenaza de un castigo. Pero olvidamos que también se mantiene en vela quien espera a la persona amada.

• “Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” La exhortación de Jesús se dirige a cada uno de nosotros. No podemos vivir en la acedia ni en el pesimismo estéril, como dice el Papa Francisco. Esperar es operar. Aguardar la venida del Señor nos lleva a vivir con generosidad la vocación al amor y el compromiso con la vida, con la verdad y la justicia.

- Padre nuestro celestial, todos los días te pedimos que venga a nosotros tu Reino. Que tu espíritu nos mantenga despiertos para escuchar el Evangelio de tu Hijo. Y que la espera de su manifestación nos lleve a vivir en la fe y diseñar una sociedad más humana. Amén.



José-Román Flecha Andrés













EL REY PASTOR

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo A

23 de noviembre de 2014



“Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro…Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. Ese es el comienzo y el fin de la primera lectura que hoy se proclama (Ez 34, 11.17). El profeta Ezequiel ha recriminado de parte de Dios a los malos pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos y se aprovechan del rebaño.

Por eso Dios promete arrebatar su rebaño de la mano de esos malos pastores y arrancar las ovejas de su boca. Y no sólo eso. Dios mismo promete cuidar de su rebaño y velar por él. Lo conducirá a los mejores pastos, buscará a la oveja perdida y sanará a las heridas y a las enfermas. A las fuertes y gordas las apacentará como es debido.

Esas palabras podían ser comprendidas fácilmente por quienes escuchaban al profeta. Tal vez muchos de ellos se alegrarían de esa intervención del mismo Dios en la situación de corrupción en que vivían. Pero el profeta sabe que Dios es silencioso y bondadoso, pero no es imparcial. El Pastor habrá de juzgar con justicia el comportamiento de unos y de otros.



EL JUICIO DEL SEÑOR



Al leer el evangelio que se proclama en esta fiesta de Cristo Rey (Mt 25,31-46) imaginamos sin duda el fresco del Juicio Final que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina. Esa impresionante escena nos lleva a examinar nuestro comportamiento diario. Pero este texto es sobre toda una reflexión sobre Jesús, su identidad y su misión, como se ve por los títulos que se le atribuyen.

• Jesús es el Hijo del Hombre y el hijo del Padre, cuya bendición y maldición pronuncia como una sentencia definitiva en el momento decisivo de la historia.

• Jesús es el Pastor, que conoce con tal profundidad a sus ovejas y a sus cabras que puede separarlas justamente de acuerdo con la índole y la conducta que han observado.

• Jesús es el Rey y el Señor, que administra justicia de acuerdo con las acciones y las omisiones de los que deberían haberlo reconocido, acogido y socorrido durante su vida.

El texto sugiere todavía una reflexión inolvidable. El pueblo de Israel esperaba un Mesías que viniera a hacer justicia a sus gentes y a castigar a sus enemigos. Pero el texto evangélico anuncia que ante el Rey-Pastor se reunirán “todas las naciones”. El juicio universal del Señor se pronuncia sobre los que se sienten elegidos por él, y también sobre aquellos que no lo conocen.



Y EL CRITERIO DEL JUICIO



Tras invitarnos a contemplar al Juez, el evangelio de hoy nos invita a volver la mirada a los que han de ser juzgados por él, a reflexionar sobre el criterio del juicio, y considerar el destino que les aguarda: a unos el Reino “preparado” para ellos, y a otros el fuego que no estaba en principio “preparado” para ellos.

• “Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer”. Jesús había ya declarado una norma fundamental: “Quien a vosotros recibe a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe a aquel que me envió” (Mt 10,40). El camino estaba claro. El juicio evidencia que algunos habían aceptado esa identificación de todo hombre con Jesús y con su Padre.

• “Apartaos de mí malditos… porque tuve hambre y no me disteis de comer”. El diálogo se repite. El criterio de la justicia no es la aceptación de unas verdades de fe ni el número y fervor de unas oraciones. El juicio consiste en examinar si los juzgados han comprendido que todo servicio de amor a los “humildes” era un servicio prestado a Jesucristo, el “hermano” universal.



- Padre nuestro celestial, tú nos has preparado un Reino, como nos ha anunciado tu Hijo. Sólo nos pides que lo reconozcamos y ayudemos a él en los más frágiles y humildes de nuestros vecinos. Porque con ellos se ha identificado Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, que vive y reina y nos espera por los siglos de los siglos. Amén.



José-Román Flecha Andrés












EL TRABAJO Y LA ESPERANZA

Domingo 33 del Tiempo Ordinario. A

16 de noviembre de 2014



“Una mujer hacendosa ¿quién la hallará?…Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza” Merece la pena volver a leer este elogio de la mujer trabajadora que se encuentra en el libro de los Proverbios (31, 10-31). Se dice que estas palabras pueden aplicarse a la sabiduría, que es la fuente de la verdadera riqueza y de la felicidad.

Pero este texto incluye también una alabanza al valor del trabajo humano, aquí reflejado en la dedicación de una mujer al esplendor de su casa y al bienestar de su familia, el trabajo es visto con frecuencia como una maldición. Pero bien sabemos cuánto dolor y disgusto ocasiona a la persona verse privada de él.

La imagen de la mujer trabajadora es un hermoso canto a las posibilidades humanas de colaborar con la obra divina de la creación. Esta imagen nos invita, además, a reflexionar sobre el trabajo vínculo social y familiar. Laborar es siempre colaborar. Y una gran parte de la felicidad que el trabajo comporta es precisamente la de servir al amor mutuo.



LOS TALENTOS



En el evangelio que se proclama en este domingo se recoge la parábola de los talentos. (Mt 25,14-30). Por su situación, entre la parábola de las doncellas invitadas a la boda y la profecía del juicio final, este texto se nos presenta como una preciosa lección sobre la esperanza cristiana y las actitudes que comporta.

Con demasiada frecuencia se ha acusado a los cristianos de vivir mirando al cielo, de forma que ignoran lo que ocurre en este suelo. Pero esa acusación no puede responder a la verdad. Como recordó el Concilio Vaticano II, la mirada orientada hacia el más allá no nos impide observar las realidades y los desafíos que se nos presentan en el más acá.

La esperanza cristiana no justifica la pereza del criado que ha recibido de su amo un talento y lo esconde en la tierra. Precisamente el que presume de conocer a su señor es el que no hace nada por aumentar el capital que le ha sido confiado. O por reclutar a otros hermanos para la vida del Evangelio, que eso es lo que significa negociar con los talentos recibidos.



EL BANQUETE



“Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor. Como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante. Pasa al banquete de tu Señor”. Así habla el Señor a los criados que han redoblado los talentos que Él les entregó.

• “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor”. Nosotros no somos los dueños del Evangelio. El Señor es el dueño, nosotros somos sus empleados. Estamos al servicio de Aquel que es nuestro Señor. Él espera de nosotros que aceptemos fielmente su encargo.

• “Como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante”. La Biblia presenta una y otra vez la fidelidad como uno de los atributos de Dios y de Jesucristo. Es también nuestra vocación. En realidad, toda nuestra fidelidad es bien poca cosa comparada con la suya.

• “Pasa al banquete de tu Señor”. El Señor no se deja ganar en generosidad. Nuestra fidelidad en las pequeñas tareas a favor del Evangelio recibirá un premio inefable. El banquete es la imagen adecuada para reflejar la felicidad de la intimidad con el mismo Dios.

- Padre nuestro celestial, tú nos has encomendado los tesoros de tu reino, el anuncio del evangelio y la tarea de promover la fraternidad en esta tierra. Danos fuerza para cumplir tu encargo, puesto que así enciendes nuestra esperanza. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.



José-Román Flecha Andrés












EL TEMPLO Y SU MISTERIO

Dedicación de la Basílica de Letrán

9 de noviembre de 2014



“Del zaguán del templo manaba agua hacia levante”. Es hermosa esa imagen que nos trasmite el profeta Ezequiel y que la liturgia proclama en este día (Ez 47,1-2.8-9.12). De los cimientos mismos del templo de Jerusalén, el profeta ve brotar un abundante manantial de aguas. Este torrente cruza el desierto y llega hasta purificar las aguas salobres del Mar Muerto. De esta forma “habrá vida dondequiera que llegue la corriente”.

Esta visión profética nos introduce hoy en la celebración de esta fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, consagrada ya en el año 324 a Jesucristo Salvador. Una enorme inscripción grabada en la base de una de las pilastras de la fachada nos la presenta como “Cabeza y Madre de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”.

Pero la dedicación de esta Iglesia, catedral del Obispo de Roma, nos lleva a dar gracias a Dios por su presencia entre nosotros. Y, sobre todo, a recordar que todos los bautizados somos templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en nosotros, como se lee hoy en la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 3,9-11.16.17),



EL TEMPLO DEL RESUCITADO



En el evangelio que se proclama en esta fiesta, recordamos también la reacción de Jesús ante los mercaderes que inundaban los atrios del templo de Jerusalén (Jn 2,13-22). A muchos cristianos les agrada imaginar aquel episodio, para afirmar a continuación que también hoy Cristo tendría que limpiar no sólo el templo material sino toda la Iglesia de Dios.

Y es verdad. Pero el texto evangélico subraya especialmente unas palabras de Jesús que resultaron misteriosas en su tiempo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. Bien sabemos que el discurso de Jesús sonaba a blasfemia a los oídos de aquellos que veneraban el templo de Dios más que al Dios del templo.

Sin embargo, el texto evangélico anota oportunamente que “Jesús hablaba del templo de su cuerpo”. Recordar es pasar la historia por el filtro del corazón. Y los discípulos recordaron cordialmente esas palabras cuando Jesús hubo resucitado de entre los muertos. Levantar el templo era para Jesús triunfar sobre la muerte y anunciar la buena noticia de la vida.



LA TENTACIÓN DEL MERCADO



Además de este sentido cristológico, el evangelio de hoy contiene una importante nota moral. Jesús quiere que tanto nuestro cuerpo como el cuerpo mismo de la Iglesia sean reconocidos como morada de Dios:

• “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. En una cultura marcada por la frivolidad, es bueno recordar que nuestro cuerpo y el de los demás es morada de Dios. El respeto al cuerpo es un deber que brota de la fe bautismal.

• “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. En un mundo afectado por el interés, conviene tener presente que también el mundo creado ha de ser respetado como casa de Dios y casa del hombre. La ecología y la ecoética son impensables si se pierde la esperanza en el futuro.

• “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. En un mundo señalado por el individualismo, es necesario redescubrir el valor de la comunidad. La Iglesia es el lugar donde se nos revela Dios. Y nada puede hacerle perder ese carácter sagrado.

- Padre nuestro celestial, el misterio de nuestros templos nos lleva a vivir de forma que quienes se acerquen a ellos, a nuestro cuerpo y a tu Iglesia perciban tu presencia paternal y tu misericordia. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

José-Román Flecha Andrés








LA CASA DEL PADRE

Solemnidad de los Fieles Difuntos

2 de noviembre de 2014



“La misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien se renuevan cada mañana. ¡Qué grande es tu fidelidad!” (Lam 3,22-23). Esa confesión de fe que se encuentra en el Libro de las Lamentaciones recoge los dos grandes atributos con los que Dios se presenta a sí mismo ante Moisés (Éx 34,6-7).

El poema recoge los lamentos de un hombre agotado, enfermo, próximo a los umbrales de la muerte. Sin embargo, no cae en el abatimiento y en la desesperación. Aun en esta situación tan difícil, su fe lo ayuda a confiar en el Dios misericordioso y fiel que no olvida a sus hijos.

El texto que hoy se proclama se cierra con unos versos en los que se repiten por tres veces las expresiones relativas a la esperanza. Hermoso ese último verso en el que nos parece descubrir la serena confianza del que sufre sin abandonar su fe: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam 3,26).



EL BAUTISMO Y LA MUERTE



Esta experiencia de la fe en momentos difíciles se hace especialmente llamativa en este día en que recordamos a nuestros hermanos difuntos. En la carta a los Romanos (6,3-9), el apóstol Pablo recuerda la vinculación entre la muerte y el bautismo. Al bajar a las aguas bautismales nos unimos a la muerte de Cristo y a la esperanza de su resurrección.

No es extraño que en la liturgia funeral se hagan presentes algunos ritos que nos recuerdan nuestro bautismo, como el manto que a veces cubre el ataúd, el encendido del cirio pascual, o la aspersión con el agua bendita. Evidentemente, no se trata de magia. Se trata de evidenciar aquello en lo que creemos.

Y creemos que la muerte al pecado nos une a la victoria de Cristo sobre el mal y sobre la muerte. Con razón exclama San Pablo: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él”.



PROMESAS DE ESPERANZA



Es necesario insistir: no se trata de magia, se trata de fe. Así lo dice Jesús a sus discípulos en el evangelio que hoy se proclama (Jn 14,1-6): “Creed en Dios y creed también en mí”. El Maestro se compromete con tres promesas que alientan nuestra esperanza:

• Os prepararé sitio. Jesús se refiere al final del camino, al encuentro y la convivencia, el amor y la intimidad. Esas son las imágenes que evocan la felicidad de una vida prometida, que ha de durar para siempre, siempre, siempre.

• Volveré y os llevaré conmigo. Al leer estas palabras recordamos a Moisés que, enviado por Dios desde el desierto, vuelve donde sus hermanos para liberarlos y llevarlos consigo hacia el camino de la libertad. Jesús es el nuevo y definitivo liberador.

• “Para que donde estoy yo estéis también vosotros”. Jesús había sido anunciado con el título del “Emmanuel”, es decir, Dios con nosotros. En esta promesa, que recuerda las palabras que dirige al ladrón arrepentido, Jesús se compromete a cumplir su nombre: estaremos con Él.

- Padre nuestro celestial, escucha las oraciones que te dirigimos por nuestros hermanos difuntos y fortalece nuestra esperanza de participar en tu casa de la gloria que nos ha prometido Jesús, nuestro Señor y Liberador. Amén.

José-Román Flecha Andrés










DIOS Y LOS DEMÁS

Domingo 30 del tiempo ordinario. A.

26 de octubre de 2014


“Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, y ¿dónde, si no, se va a acostar?” (Ex 22, 25-26). Hoy puede resultar sorprendente este precepto sobre el manto, que se encuentra en el Código de la Alianza, en el libro del Éxodo.

Tres preceptos negativos prohíben molestar al extranjero, explotar a viudas y huérfanos y prestar dinero con usura. A continuación se incluye este precepto positivo. Un pobre ha pedido dinero a préstamo. Como prenda ha dejado su propio manto. Pero lo necesita para arroparse también durante el sueño. Es preciso devolvérselo para que no sufra el frío de la noche.

El texto no es solamente una recopilación de normas legales y de ideales morales. Es también –o, sobre todo- una revelación del mismo Dios. Por eso se cierra con una motivación fundamental. Dios se presenta como abogado y defensor del pobre: “Si grita a mí yo lo escucharé, porque yo soy compasivo. Esa es la razón de la justicia y de la solidaridad humana.


DOS AMORES


El evangelio que se proclamaba el domingo pasado evocaba una pregunta trampa que los fariseos y los herodianos dirigieron a Jesús a propósito del tributo. En el texto que hoy se lee escuchamos una nueva pregunta que un fariseo dirige a Jesús. Reconociéndolo como “maestro”, quiere saber cuál es el mandamiento principal de la Ley (Mt 22, 34-40).

Jesús considera como primer mandamiento el que se encuentra en el libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”. Ese precepto distinguía a Israel de otros pueblos que ante los dioses sólo experimentaban terror. Amar a Dios era el ideal más alto, porque uno se identifica siempre con lo que ama.

Pero Jesús evocaba un segundo mandamiento que se encuentra en el libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. A diferencia del primero, ese precepto podía encontrarse también en otras culturas. En realidad, esa era y es todavía la regla de oro de todas las éticas. Una prueba fácil para reconocer la veracidad del amor humano.


LA LEY Y LOS PROFETAS


Así pues, el primer mandamiento elevaba al hombre a una dimensión vertical, poniéndole de cara a Dios. El segundo lo guiaba, por un camino horizontal, al encuentro con todos los demás hombres. El texto concluye con una conocida frase de Jesús: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

• El primero de estos mandamientos revela la vocación religiosa de toda persona. Denuncia nuestras idolatrías. Y exige la aceptación de la voluntad de Dios, pero también las manifestaciones externas de la religión, como la oración y la alabanza a su misericordia.

• El segundo de estos mandamientos resume la aspiración a la justicia y la solidaridad. Denuncia nuestro egoísmo Y exige el respeto a los demás, pero también la acogida a los más pobres y necesitados, a los que son considerados como la basura del mundo.

- Señor Jesús, gracias por habernos mostrado el camino del amor que había sido revelado a tu pueblo. Y gracias, sobre todo, por darnos testimonio de ese camino de amor con tu propio ejemplo de atención a Dios y a todos los hijos de Dios. Amén.

José-Román Flecha Andrés




DIOS Y EL CÉSAR

Domingo 29 del tiempo ordinario. A.

19 de octubre de 2014



“Te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios” (Is 45,4-5). Es sorprendente este texto que se encuentra en la segunda parte del libro de Isaías. Estas palabras de Dios no se dirigen a un rey de Judá o de Israel, sino a Ciro, rey de los persas, al que el profeta califica como “Ungido por Dios”.

Es cierto que el texto habla de este rey, que vendría a derribar los restos del imperio de los babilonios y a devolver la libertad a los pueblos que ellos les habían arrebatado. Ciro, en efecto, promulgaría el edicto que permitía a los hebreos regresar a sus tierras y reconstruir la ciudad de Jerusalén.

Pero el texto habla sobre todo de Dios. Él es el Señor de la historia. La altanería de los poderosos no significa nada en su presencia. Es llamativa esa repetición: Dios elige a Ciro aunque Ciro no conoce a Dios. Es decir, el poder viene de Dios. Y Dios utiliza el poder humano para darnos a conocer sus planes divinos.



VERDAD E HIPOCRESÍA



Al poder de los gobernantes se refiere también el evangelio que hoy se proclama (Mt 22,15-21). Conocemos bien la escena. Aunque habitualmente no se llevan bien entre ellos, los Fariseos se unen por esta vez a los partidarios de Herodes para tender una trampa a Jesús.

Pretenden halagar a Jesús, reconociéndolo como Maestro y subrayando al menos tres de sus virtudes. Admiran su sinceridad, la rectitud con la que enseña el camino de Dios y su independencia de juicio, que no se deja arrastrar por la acepción de personas. Los creyentes sabemos que una vez más, los enemigos de Jesús decían más de lo que sospechaban.

Tras esa florida introducción, llega la pregunta: “¿Es lícito pasar impuestos al César o no?” Seguramente los emisarios pensaban que el Maestro no tenía salida alguna. Si se negaba a pagar impuesto al Imperio Romano, podía ser denunciado. Si apoyaba el sistema de impuestos no podría presentarse como un salvador de su propio pueblo.



LA LEY Y LOS PRIVILEGIOS



Jesús intuye los sentimientos de quienes preguntan y los acusa de hipócritas. Un piadoso israelita no debía llevar monedas acuñadas con imágenes humanas. Pero evidentemente estos tentadores que se mostraban como piadosos transgredían tranquilamente la Ley. Los que reconocen la sinceridad del Maestro no viven con sinceridad. De ahí la respuesta de Jesús:

• “Pagadle al César lo que es del César”. En muchos lugares y en todo tiempo los gobernantes suelen mirar con recelo a los cristianos. Piensan que no pueden fiarse totalmente de ellos. Pero los cristianos saben que es un deber de justicia y de caridad colaborar lealmente en la búsqueda y realización del bien común de la sociedad.

• “Pagadle a Dios lo que es de Dios”. Sin embargo, ya desde el primer momento, los cristianos han aprendido que no siempre las leyes humanas persiguen el bien común. Si las leyes tratan de favorecer a los privados, se convierten en “privi-legios”, como ya decía San Isidoro. En esos casos, se impone la objeción de conciencia.

- Señor Jesús, también nosotros reconocemos tu sinceridad y tu libertad. No permitas que nos engañemos a nosotros mismos adorando a los poderes de este mundo y ayúdanos a ser fieles a la Ley del único Dios. Amén.

José-Román Flecha Andrés







EL BANQUETE Y LA FIESTA

Domingo 28 del tiempo ordinario. A.

12 de octubre de 2014


“Aquel día preparará el Señor de los Ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos y vinos de solera” (Is 25,6). El texto de Isaías que se lee en este domingo repite por tres veces la alusión al monte. Isaías vivía en Jerusalén, así que se refiere al templo del Señor, como meta de la peregrinación de todos los pueblos.

La salvación se expresa en imágenes fácilmente comprensibles: la muerte es aniquilada; el Señor enjuga las lágrimas y retira el oprobio que ha pesado sobre su pueblo. La alegría se manifiesta también en la retirada de los velos propios del duelo y del luto. Y, sobre todo, en la celebración de un espléndido banquete al que son invitados todos los pueblos.

El texto contrapone al pueblo de Dios a los otros pueblos, tantas veces considerados como enemigos. Pero Dios es un Dios de todos. Su misericordia se extiende por toda la tierra. Así que el profeta anuncia la salvación para todos. La salvación de Dios comporta la reconciliación universal. Por tanto, hay motivos más que suficientes para celebrar una fiesta.



GENEROSIDAD Y EGOÍSMO


La imagen del banquete aparece también en la parábola que se contiene en el evangelio de hoy (Mt 22,1-14). Como se suele decir, el medio es el mensaje. A una sociedad que considera la elección divina como un peso insoportable, es necesario recordarle que el Reino de Dios es representado por un gran banquete de bodas.

En un segundo momento, es importante ver que el banquete se organiza para celebrar las bodas del hijo del rey. El Reino de Dios es representado aquí con los colores y los sabores de un banquete nupcial. El Hijo de Dios se ha desposado con nuestra naturaleza humana. Y esa decisión comporta alegría y fiesta, amor y vida. No se puede vivir con amargura.

Claro que la parábola incluye un elemento dramático. Los convidados al banquete lo rechazan. Unos consideran que sus propios planes e intereses son más importantes que el banquete del rey. Y otros se sienten ofendidos por la invitación hasta el punto de matar a los mensajeros. Frente a la generosidad de Dios se alzan el egoísmo y el resentimiento humanos.


LLAMADA Y ELECCIÓN


Con todo, Dios no se da por vencido en su generosidad. Abre las puertas del banquete a toda la humanidad. Pero entre los que acuden a la fiesta hay alguno que llega sin traje de fiesta. Frente a la altanería de los primeros invitados se encuentra el descuido de quien no sabe valorar la grandeza de la invitación. La parábola concluye con un proverbio bien conocido:

• “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”. La parábola condena un primer pecado: el de ignorar la invitación de Dios o considerarla menos importante que nuestros intereses personales.

• “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Pero la parábola condena también un segundo pecado: el de creernos con todos los derechos ante Dios y no llevar con dignidad la vocación que él nos ha dirigido.

- Padre nuestro, gracias por habernos invitado al banquete de tu reino. Perdona que a veces no aceptemos tu llamada y que no la vivamos de acuerdo con tus preceptos. Ayúdanos a disfrutar de verdad la alegría de tu fiesta. Amén.

José-Román Flecha Andrés




LA VIÑA Y EL JUICIO

Domingo 27 del tiempo ordinario. A.

5 de octubre de 2014



“Mi amigo tenía una viña en un fértil collado” (Is 5,2). He ahí el comienzo de uno de los poemas más bellos de la Biblia. Un poema que es una hermosa y dramática alegoría de la suerte y la desgracia de Israel. De esa viña el Señor esperaba los frutos del derecho, pero ella dio asesinatos. Dios esperaba obras de bondad y de justicia, pero su viña sólo dio lamentos.

Como todas las parábolas, también ésta encuentra su aplicación en nuestro mundo. Dios ha puesto en nuestras manos esta creación salida de las suyas, pero nosotros la hemos violado y destrozado con saña.

Dios nos ha confiado la organización de la convivencia en nuestra sociedad, pero nosotros hemos olvidado la fraternidad y hemos manchado nuestra tierra con la sangre de los inocentes que hemos troceado o degollado.

Dios nos ha confiado la belleza de la viña de nuestra misma persona, pero con nuestro pecado y nuestra falsedad hemos prostituido nuestra propia dignidad. El Señor esperaba que diéramos uvas, pero hemos dado agrazones



LOS CRIADOS Y EL HIJO



Por tercer domingo consecutivo, el evangelio que hoy se proclama nos evoca el mundo de las viñas y el tiempo de la vendimia (Mt 21,33-43). Como haciéndose eco del poema de Isaías, Jesús habla de un propietario que plantó con esmero una viña. La diferencia está en que, al marchar de viaje, la arrendó a unos labradores.

Llegado el tiempo de la vendimia, los labradores deciden quedarse con los frutos que corresponden al dueño de la viña. Nada frena su avaricia. Por eso apalean, apedrean y dan muerte a los criados que el dueño les envía una y otra vez. Y lo mismo harán con el hijo del dueño. Al empujarlo fuera de la viña y darle muerte, pretenden apropiarse de su herencia.

La parábola era una clara alegoría de Israel, la viña amada por Dios. Los que debían gozar de la confianza del Señor, habían matado a los profetas. Y ahora estaban dispuestos a matar al Hijo de Dios. Pero la parábola no ha perdido actualidad. Refleja la actitud de todos los que ignoran a Dios, desprecian a sus mensajeros y condenan a muerte a su Hijo.



EL JUICIO DE DIOS



El evangelio nos anuncia el juicio de Dios sobre la historia. Pensamos que Él es indiferente a nuestras acciones y maldades, que no hay más justicia que la que nosotros decidimos. Pero un día volverá el dueño de la viña. Y Jesús resume su veredicto final:

• “Se os quitará a vosotros el Reino de Dios”. El Reino de Dios no es un patrimonio de nadie. Es un don de Dios que requiere nuestra fidelidad al Donante.

• “Se dará el Reino a un pueblo que produzca sus frutos”. Muchos de los que han recibido el don de la fe se avergüenzan de ese regalo. Pero otros lo esperan y lo recibirán con gratitud.

La parábola puede parecer negativa, pero no lo es. La promesa del juicio de Dios amortigua la esperanza de los malvados y los presuntuosos. Pero enciende la esperanza de los que escuchan la palabra de Dios y dan los frutos que de ella brotan. Hay que elegir.

- Padre nuestro, gracias una vez más por habernos hecho responsables de tu viña, de tu creación y de tu Iglesia, que es también la nuestra. Que nunca rechacemos a los mensajeros que nos envías y acojamos a Jesús como la piedra clave de nuestros proyectos. Amén.

José-Román Flecha Andrés














LA VIÑA Y LOS JORNALEROS

Domingo 25 del tiempo ordinario. A.

21 de septiembre de 2014



“Mis planes no son vuestros planes. Vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes” (Is 55, 8-9). Con estas palabras, el libro del profeta Isaías se transmite a su pueblo la voz de Dios, que subraya la diferencia entre nuestra forma de pensar y los proyectos de Dios.

En realidad esa es una tentación que acecha a todos los creyentes. En lugar de acomodarnos a la voluntad de Dios, con demasiada frecuencia tratamos de acomodar la voluntad de Dios a la nuestra.

Nos cuesta trabajo entender por qué nos suceden las cosas. Aplicamos a Dios nuestros criterios, condicionados por nuestro egoísmo o, tal vez, por nuestra cortedad de miras. Sólo con el tiempo logramos comprender que la decisión de Dios era más justa que la nuestra.



EGOÍSMO Y GENEROSIDAD



En la parábola que hoy se recoge en el Evangelio según Mateo (Mt 20, 1-26) se narra el relato de los jornaleros que son invitados a diversas horas del día a trabajar en una viña. El dueño promete a cada uno de los contratados el salario de un denario. Al parecer todos están contentos de encontrar trabajo y poder contar con un jornal.

El problema llega al final del día. Los jornaleros protestan al comprobar que todos reciben un denario, con independencia del tiempo que han dedicado a su trabajo. En los planes humanos eso sería una injusticia y provocaría un escándalo.

Pero la parábola no plantea una situación laboral. Refleja una situación frecuente en las primeras comunidades cristianas. En ellas debían de ser habituales las quejas de los “creyentes de siempre” frente a los recién convertidos a la fe. Los que se consideran buenos se preguntan cómo puede Dios acoger y premiar por igual a unos y otros.

A fin de cuentas, se nos dice que la justicia de Dios se identifica con su misericordia. Evidentemente sus pensamientos y sus planes superan nuestros celos y nuestro egoísmo. Por eso su generosidad nos escandaliza.



EL MÉRITO Y LOS DONES



De todas formas, no podemos olvidar la invitación que da motivo a esta protesta: “Id también nosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Esta promesa suscita en nosotros dos reflexiones para nuestra vida cristiana.

• “Id también nosotros a mi viña”. En su exhortación “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco nos recuerda que todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a la tarea de la evangelización. La invitación del Señor es amplia y universal. Es también urgente en estos tiempos.

• ”Yo os pagaré lo debido”. Nuestras leyes humanas no pueden obligar a Dios. Como escribía San Agustín,”al premiar nuestros méritos, Él corona sus propios dones. Lo debido, lo es en razón de su amor, de su misericordia y de su generosidad

- Señor Jesús, somos conscientes de haber sido llamados a trabajar en la viña del Reino de Dios. Que nuestros egoísmos no nos impidan descubrir y agradecer la grandeza y la gracia de esa misión.

José-Román Flecha Andrés



LEVANTADO EN ALTO


Exaltación de la Santa Cruz



14 de septiembre de 2014



Hoy se interrumpe la lectura continua con motivo de la fiesta que conmemora la recuperación de la cruz de las manos de los persas y su devolución a Jerusalén por obra del emperador Heraclio. Pero, más allá de esa evocación histórica, esta fiesta nos invita a preguntarnos qué papel juega la cruz en nuestras vidas.

- La cruz material es discutida como nunca. Es destruida en China y en los países musulmanes. Pero también en los países democráticos se la retira de los lugares públicos, para no ofender a los miembros de otras religiones o porque también a los cristianos nos recuerda una vida y una fe de la que hemos apostatado en la práctica.

- Por otra parte, están las otras cruces. Esas que no aceptamos con serenidad, mientras que las cargamos sin piedad sobre los hombros de los demás. Las cruces de la enfermedad y el desempleo, del hambre y la marginación, del desprecio y el abandono, de la miseria y la guerra, de la violencia y el despojo. La cruz de la fragilidad, que preocupa al Papa Francisco.



MIRAR Y CREER



El evangelio de hoy nos recuerda la conversación de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 13-17). El magistrado judío era un admirador de Jesús y un discípulo clandestino que lo visitaba en el corazón de la noche.

Su saludo es ya una verdadera profesión de fe: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como Maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él”. Jesús le explica su propia misión empleando términos espaciales: Él ha bajado del cielo y al cielo habrá de subir.

Para explicarlo, Jesús evoca la imagen de la serpiente que aparece en el libro de los Números (21, 4-9). Con motivo de una plaga de víboras, Moisés fabricó una serpiente y la hizo colocar en un mástil izado en medio del campamento israelita. Los que volvían sus ojos hacia aquel amuleto se veían libres de las mordeduras de las víboras.

Aquel recuerdo legendario retorna en los labios de Jesús. También él habrá de ser levantado en alto. Para alcanzar la salvación habrá que volver la vista a Jesucristo, levantado en alto sobre la cruz. Mirarle a Él equivale a creer en Él y aceptarlo como Salvador.



EL ÁRBOL Y EL FRUTO



En el contexto del diálogo de Jesús con Nicodemo, queda clara la fe de una comunidad que acepta a Jesús como su Señor.

• “Tiene que ser levantado el Hijo del hombre”. Levantado sobre los intereses humanos, Jesús reina por su limpieza. Levantado por encima de las expectativas del tener, del poder o del placer, él se convierte en fuente de limpia esperanza. Levantado en la cruz, él es el signo de la salvación y de la nueva alianza que Dios ofrece a la humanidad

• “Para que todo el que crea tenga por él vida eterna”. Este árbol único en nobleza produce los mejores frutos. El poste vertical se convierte en cruz al encontrarse con el travesaño horizontal. La vida eterna es don que viene de lo alto, pero espera la acogida de los que hacen de la fe un camino y una convicción, un talante y una entrega.

- Señor Jesús, hoy nos volvemos hacia ti, repitiendo con la liturgia de este día: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido al mundo”. Amén.

José-Román Flecha Andrés








CORRECCION FRATERNA

Domingo 23 del tiempo ordinario. A.

7 de septiembre de 2014



“A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabras de mi boca, les darás la alarma de mi parte” (Ez 33,7). Con estas palabras se dirige Dios al profeta Ezequiel para hacerle responsable de la fe y de la moralidad de su pueblo.

El profeta es enviado a advertir de su maldad al malvado para que cambie de conducta. Si el profeta no transmite la palabra de Dios, el pecador será culpable de su pecado, pero el profeta será responsable de su propio silencio. Un silencio que puede nacer de su pereza o de su comodidad, de su miedo o de su cobardía.

Ahora bien, si el profeta transmite con fidelidad la palabra de Dios, puede ser que resulte molesto y sea perseguido, pero habrá salvado su dignidad y el sentido de la llamada recibida. Así han hecho todos los que han sido perseguidos por su fidelidad a la fe y a su misión.



TRES ACTITUDES



El capítulo 18 del Evangelio según Mateo recoge un buen manojo de enseñanzas de Jesús sobre la comunidad y la responsabilidad de cada uno de sus miembros. En el texto que hoy se proclama se anotan tres actitudes imprescindibles.

• En primer lugar, Jesús nos recuerda que no podemos inhibirnos ante las faltas y los pecados de los demás. El otro es un hermano, pero puede llegar a actuar como un pagano. Pero no podemos considerar indiferente que actúe como hermano o como pagano. No podemos repetir la actitud de Caín que renunciaba a ser guardián de su hermano.

• Además, Jesús amplía a toda la comunidad la misión y la responsabilidad de atar y desatar: “Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo”. En la comunidad cristiana nadie puede olvidar la dimensión universal y la resonancia eterna que tiene cada uno de sus actos y cada una de sus omisiones.

• Finalmente, Jesús nos recuerda la importancia de la oración en común. Si dos hermanos se ponen de acuerdo para pedir algo, será porque han dejado de lado el egoísmo y el interés personal. Esa oración será fruto del amor. Y Dios, que es amor, no puede ignorar la petición que le llega desde el amor de sus hijos.



EN EL NOMBRE DEL SEÑOR



El texto evangélico se cierra con una promesa del Señor: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)”. Esta promesa suscita en nosotros al menos dos reflexiones importantes.

• Reunidos en el nombre del Señor. Hoy se dice que si el Señor no nos ve unidos, sí que nos encontrará reunidos. Pero, dejando de lado esta broma, ya es hora de preguntarnos si nos reunimos “en el nombre del Señor” o en nombre de nuestros intereses particulares o grupales.

• La presencia del Señor entre los suyos. Es fácil cantar que “Dios está aquí”. Pero los que nos miran desde fuera ¿descubren que el Señor está presente entre nosotros? Esa presencia será fruto y manifestación del amor mutuo entre los miembros de la comunidad.

- Señor Jesús, a veces nos sentimos solos, pero hemos sido llamados a vivir la fe en el seno de una comunidad. Que tu Espíritu nos ayude a corregir a los hermanos y a aceptar su corrección, a orar con fe y desinterés y a dar testimonio de tu presencia entre nosotros. Amén.

José-Román Flecha

UN FUEGO ARDIENTE

Domingo 22 del tiempo ordinario. A.

31 de agosto de 2014



“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste” (Jer 20,7). Ningún texto de Jeremías es más conocido que este que hoy se lee en la celebración de la Eucaristía.

No es fácil transmitir la palabra de Dios a los que no la quieren escuchar. El profeta se lamenta ante Dios porque el ejercicio de la misión recibida de él no le ha acarreado más que burlas, desprecios y persecución.

Por eso, el profeta ha querido también él desoír la palabra de Dios para no hablar más en su nombre. Pero no le ha sido posible. Aquella palabra era en sus entrañas como fuego ardiente. Hubiera deseado ignorarla, pero no le fue posible.



LA TENTACIÓN



En Cesarea de Filipo Pedro confesó a Jesús como el Hijo de Dios. Sin embargo, aquella confesión tan explícita podía ser ambigua. Muchos esperaban un Mesías guerrero y triunfador. Pero Jesús explicó a sus discípulos que su camino llevaba al padecimiento, a la muerte y también a la resurrección (Mt 16,21-27).

Pedro estaba dispuesto a aceptar a su Maestro como el Mesías de Dios. Pero aquella perspectiva de dolor y de muerte le inquietaba profundamente. En primer lugar, por amor a su Maestro. Y, además, porque su ideal del Mesías no incluía el fracaso.

Las habituales traducciones de las palabras de Jesús suenan con una tremenda dureza. Parece que Jesús identificara a Pedro con el demonio y pretendiera arrojarlo lejos de sí. Olvidamos que “Satanás” significa “tentador”.

El problema es que, inspirado por Dios para reconocer a Jesús como el Mesías, Pedro no piensa como Dios, sino como los hombres al imaginar el mesianismo de su Maestro. Jesús dice a Pedro que no sea una piedra de tropiezo en su camino. Y que se coloque “detrás de él”, es decir que acepte su llamada a seguir a su Maestro. “Detrás de mí”: esa es la clave.



EL SEGUIMIENTO



A esa respuesta particular une Jesús una propuesta universal: “El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. El seguimiento de Jesús exige cambiar la mentalidad para no pensar como los hombres sino como Dios.

• Salvar la vida y perderla. Los hombres nos exhortan a salvar la vida a toda costa. Pero una actitud de acedia y de pereza en la evangelización, como dice el Papa Francisco, solo nos lleva a perder el sentido de la existencia.

• Perder la vida y encontrarla. Por el contrario, quien se entrega por amor a Dios y por amor a su pueblo, como recuerda también el Papa, ha encontrado el sentido más profundo de su vida y los motivos últimos de la evangelización.

• Ganar el mundo y malograr la propia vida. La mundanización es otra de las tentaciones del evangelizador, según el Papa Francisco. Ganar el mundo, sus riquezas y sus honores podrá dar alguna satisfacción pero no garantiza la fidelidad al Señor ni la felicidad humana.

- Señor Jesús, sabemos que descubrirte como Maestro y seguirte como Señor nos lleva a tomar cada día nuestra cruz. Que el fuego ardiente de tu palabra nos guíe por el camino. Amén.

José-Román Flecha Andrés


LA MUJER CANANEA

Domingo 20 del tiempo ordinario. A.

17 de agosto de 2014



“A los extranjeros que se han dado al Señor… los traeré a mi Monte Santo y los alegraré en mi casa de oración”. Así decía un oráculo introducido en el libro de Isaías (Is 56, 6-7). Se dice con frecuencia que Israel odiaba a los extranjeros. Pero hay en los profetas una tradición que proclama la universalidad de la fe y de la salvación.

En este caso se propone que los prosélitos extranjeros sean admitidos en la comunidad siempre que acepten la alianza de Dios y se mantengan fieles a la fe y a los ritos propios de Israel.

Se percibe así que la comunidad de Israel no está definida por la herencia de la sangre sino por la comunión en la misma fe, en la misma oración y en la misma esperanza.



EL ENCUENTRO



El evangelio recuerda el encuentro de Jesús con la mujer cananea (Mt 15,21-28). Su gesto y su grito la identifican como la mujer dolorida, la orante tenaz, la creyente sincera.

Su hija estaba enferma. El texto nos recuerda que cuando una persona enferma, todos en su casa enferman de algún modo. Nada será igual en la rutina de cada día. Las relaciones cambian y se complican. Todos dependen de todos. Y todos han de apoyarse en todos.

En la mujer cananea se muestra la madre que dio la vida soñada y busca la salud para la vida amenazada. Ella nos recuerda que la enfermedad es personal e intransferible. Y que la salud ha de ser integral y verdadera o nunca lo será.

“¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.” Así ora en su dolor. A su plegaria sólo responde el silencio de Jesús y el apremio de sus discípulos que pretenden liberar a su Maestro de los mendigos de pan y de salud: “Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.”



EL DIÁLOGO



El diálogo de esta mujer con Jesús es un modelo de oración y una revelación del proyecto salvador de Dios.

• “No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” La primera respuesta de Jesús resume la concepción mesiánica del pueblo hebreo. Pero la mujer pagana insiste en la súplica que la ha sacado a los caminos: “¡Señor, socórreme!”.

• “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.” Esta segunda respuesta de Jesús presenta una nueva dificultad. ¡Quién nos diera el tono exacto de aquella insinuación! Seguramente hay en ella una alusión a un refrán popular.

• “Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” La mujer retoma aquella imagen. Cuando hay pan lo hay para todos. Y cuando hay gracia a todos alcanza y se desborda. La misericordia suplicada acerca y redime al suplicante.

• “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.” La tercera respuesta de Jesús reconoce que la fe llevó a la mujer a buscarle. La fe la enseñó a orar. Y la fe la ayudó a interpretar su propia suerte con ese humor tan cercano a la humildad.

- Señor Jesús, en ti se encuentran la súplica humana y la gracia divina. Tú paso por nuestra vida marca el momento de la acción sanadora de Dios sobre lo inmundo y lo dolorido de este mundo. En ti nos llega la salvación. ¡Bendito seas por siempre!

José-Román Flecha André
EL VIENTO Y LA BRISA

 


Domingo 19 del tiempo ordinario. A.

10 de agosto de 2014


“Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar”. Así suena la voz que Dios dirige al profeta Elías, según se lee en la primera lectura de la misa de este domingo (1 Re 19,11). Elías fue elegido para restablecer la fe en el verdadero Dios, en un momento en que el poder político había protegido y difundido el culto a Baal.

Consciente de su misión, Elías se dirige al monte Horeb. Bien sabe él que allí Dios se había revelado a Moisés y había ofrecido una alianza a su pueblo. Era preciso volver a los orígenes y reaprender el camino de la fe y de la fidelidad al Dios de la liberación.

Elías esperaba descubrirlo en los grandes fenómenos de la naturaleza. Pero Dios no se presentó en el huracán ni en el terremoto ni en el fuego. Dios se mostraba finalmente en el suave susurro de la brisa.

Buena lección para los que esperamos una manifestación aparatosa de Dios y, mientras tanto, no prestamos atención a sus manifestaciones diarias.


EL MAR Y EL TEMOR


El viento huracanado aparece también en el evangelio que hoy se proclama. Mientras Jesús se retiró a orar a solas en el monte, sus discípulos navegaban en la barca, “sacudida por las olas porque el viento era contrario” (Mt 14,24).

El relato parece una parábola en acción. El mar representa con frecuencia la fuerza del mal. En el mar encrespado, los discípulos se creen olvidados por su Maestro. Navegan con dificultad y, cuando ven a Jesús caminando sobre el mar, piensan que es un fantasma.

El Señor tiene una palabra de aliento para los que ha elegido: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Pedro quiere llegar a Jesús caminando también él sobre el mar. Pero el viento le atemoriza y comienza a hundirse. En ese momento invoca a su Maestro: “Señor, sálvame”.

Sólo la mano de Jesús lo mantendrá a flote. Es necesario reconocer su presencia aun cuando brama el temporal. En los tiempos de serenidad y en la hora de la persecución.


FE Y CONFIANZA


Sólo cuando Jesús y Pedro suben a la barca, amaina el viento. Pasado el miedo, reaparece la fe de los discípulos.

• “Realmente eres Hijo de Dios”. Esa es la confesión de los discípulos. Jesús no los ha ignorado. No se desentiende de esa barca que representa y preanuncia a su Iglesia. Él está cerca de ella, aun en los momentos más difíciles.

• “Realmente eres Hijo de Dios”. Jesús no es un fantasma. Sólo la falta de fe nos lleva a imaginarlo de ese modo. En medio de las borrascas de este mundo camina sereno el que es el Señor de la historia. En él, la voluntad de Dios se manifiesta sobre el mal y el pecado.

• “Realmente eres Hijo de Dios”. En Jesús se manifiesta el poder y la bondad de Dios. Él es el Hijo de Dios. Es el Maestro y el hermano de sus discípulos. Esta barca de la Iglesia ha de presentarse como un lugar de salvación y de acogida para los náufragos de hoy.

- Señor Jesús, perdona tú nuestra falta de fe y los miedos que nos llevan a considerarte como un fantasma. Ayúdanos a recuperar, a vivir y a anunciar la confianza que sólo nos puede ofrecer la fe en tu presencia. Amén.

José-Román Flecha Andrés



PANES Y PECES
Domingo 18 del tiempo ordinario. A.
3 de agosto de 2014

“Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero. Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde”. Así invita Dios a su pueblo, según la profecía incluida en el libro de Isaías (Is 55,1-3) que se proclama en este domingo. 
 De sobra sabemos que en este mundo nadie da nada de balde. La comida es muy escasa en muchos países. La hambruna apenas disminuye, mientras avanza el desierto o las guerras acaban con los cultivos y los ganados.
Si Dios ofrece comida y bebida gratuitamente es que hemos entrado en el ámbito de lo extraordinario, de lo divino. El profeta pretende asegurar al pueblo de Israel, ya liberado del exilio, que la alianza que Dios ha hecho con él permanece firme.

LOS CESTOS DE LAS SOBRAS

En el evangelio de hoy se recuerda el episodio de “la multiplicación de los panes” (Mt 14, 13-21). Es un relato que nos lleva a anticipar el misterio de la Eucaristía, por el que Jesús se nos entrega como alimento para el camino.
  Jesús ha atravesado el mar de Galilea. Al desembarcar ve la multitud que le ha seguido por tierra y le dio lástima. Al atardecer, los discípulos quisieron despedir a las gentes para que fueran a las aldeas y se compraran algo de comer.
Aceptando los cinco panes y los dos peces que tienen los discípulos, Jesús los parte y los reparte para que los discípulos los distribuyan entre la gente. Los doce cestos llenos de las sobras evocan el don del maná con que Dios había alimentado a su pueblo en el desierto.

CORAZÓN Y VOLUNTAD

Hoy y siempre nos interpelan directamente las palabras que Jesús dirige a sus discípulos.
• “Dadles vosotros de comer”. Ese mandato no puede dejarnos indiferentes. Los bienes que nos sobran pueden saciar a los hambrientos de medio mundo. Ninguno de nosotros puede limitarse a volver la vista a otra parte. No podemos ignorar que son nuestros hermanos.
• “Dadles vosotros de comer”. Ese mandato implica a la Iglesia entera. De hecho mantiene su presencia cercana y generosa allí donde ninguna organización se atreve a llegar. Esa generosidad responde a su ser y su misión en el mundo. 
• “Dadles vosotros de comer”. Ese mandato afecta a todas las personas e instituciones de nuestro mundo, cristianas o no. Jesús no es un patrimonio exclusivo de los cristianos. Su mensaje es universal, precisamente por estar atento a las carencias concretas del hombre.
- Señor Jesús, que diste de comer a la multitud hambrienta, no permitas que olvidemos las necesidades de nuestros hermanos y danos un corazón generoso y una voluntad eficaz para ayudarles.
José-Román Flecha Andrés







SABIDURÍA Y DISCERNIMIENTO
Domingo 17 del Tiempo Ordinario, A.
27 de julio de 2014

“Da a tu siervo un corazón dócil para gobernara tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Ese es el núcleo de la oración que Salomón dirige al Señor, según el texto bíblico que hoy se proclama en la celebración de la Eucaristía (1 Reyes 3,5.7-12). Al Señor le agradó que, en lugar de riquezas o larga vida,  Salomón hubiera pedido “discernimiento para escuchar y gobernar”.
Este relato tiene una gran actualidad en nuestros días. Nos recuerda que hoy es difícil establecer  una distinción entre el bien y el mal. Con demasiada frecuencia son calificadas como buenas moralmente algunas actitudes y decisiones que ponen en riesgo valores innegociables como la verdad y la vida, la honradez en los negocios y la justicia en el gobierno.
Pero este relato nos invita también a examinar nuestra personal escala de valores, nuestros deseos más íntimos y nuestras prioridades.

EL TESORO Y LA PERLA

En el evangelio que hoy se proclama (Mt 13, 44-52) se recuerdan dos breves parábolas de Jesús. Según la primera, el reino de los cielos, o Reino de Dios,  se parece a un tesoro escondido en el campo. El labrador que lo encuentra sin buscarlo vende todos sus bienes y compra aquel campo. Sabe que lo que adquiere vale más que aquello que deja.
La segunda parábola nos dice que el reino de los cielos, o Reino de Dios, se parece también a una perla de gran valor. El comerciante que la encuentra después de buscarla por todas partes, vende también sus bienes para hacerse con aquella perla. También él está dispuesto a dejar lo que tiene para conseguir algo que vale mucho más.
Las dos parábolas nos enseñan que la sabiduría no consiste en la mera erudición. No es verdaderamente  sabio el que conoce muchos datos, sino quien sabe tomar la decisión justa en el momento justo. Y para Jesús, la decisión justa es la de aceptar a Dios como Rey y Señor de la vida. Según Pablo VI, el Reino de Dios hace que todo lo demás se convierta en “lo demás”. 

LA RED Y LOS PECES

Pero el texto incluye una tercera imagen. El reino de los cielos se parece a la red que, echada en el mar por los pescadores, recoge toda clase de peces. También esta parábola  nos transmite un mensaje de sabiduría.
• El Reino de Dios tiene una dimensión universal. Sin distinción de clases y de actitudes personales, todos estamos llamados a aceptar a Dios como nuestro Señor y como guía de nuestras vidas.  
• El bien y el mal conviven ante nuestros ojos. En realidad, conviven también en nuestra propia vida y en el fondo de nuestra conciencia. Pero la convivencia no equivale a indiferencia. No podemos identificar el mal y el bien.
• Pero el juicio sobre el bien y el mal no es fácil. Nuestros criterios son superficiales y, a veces, muy interesados. La parábola dice que la verdadera y definitiva separación entre los malos y los buenos la harán los ángeles al final del tiempo.  
- Señor Dios, necesitamos criterios fiables para guiarnos en la vida. Necesitamos conocer la verdad de los auténticos valores. Necesitamos el don de sabiduría para discernir el bien del mal. Por eso pedimos confiados la luz que viene de tu Palabra.  Amén.
José-Román Flecha Andrés




LA CIZAÑA, EL MAL Y LOS MALOS 

Domingo 16 del Tiempo Ordinario, A.

20 de julio de 2014



“Tú, poderosos soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres”. Esta oración se encuentra en el texto del libro de la Sabiduría que hoy se proclama en la celebración de la Eucaristía (Sap 12, 13.16-19). 

Nos llama la atención la compasión de un Dios que puede hacer cuanto quiere. Entre nosotros, quien pretende ostentar el poder, se siente autorizado a juzgar con altanería a los demás. Una actitud muy lejana al comportamiento de Dios. 

El texto extrae una doble lección moral: “Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. El proceder de Dios nos revela su corazón y puede enderezar el nuestro. 



CLARIDAD Y PACIENCIA



Es un mal tratar de exterminar a los malos. El sueño utópico de la limpieza universal es admirable, pero peligroso. En las comunidades cristianas primitivas hubo quien pretendía que sólo los intachables podrían formar parte de las mismas. En ese contexto había que recordar la parábola evangélica del trigo y la cizaña. 

Algunos criados sugieren a su amo la necesidad de arrancar inmediatamente la cizaña. Pero el amo teme que al arrancar la cizaña arranquen también el trigo. No es fácil controlar a los controladores. Así que es preferible que el trigo y la cizaña crezcan juntos hasta el tiempo de la siega (Mt 13, 24-43). Hace falta un poco de paciencia. 

La parábola no da la razón a los intransigentes, que quisieran terminar inmediatamente con el mal. Pero tampoco se la da a los indiferentes, que ya no ven una distinción entre el bien y el mal. A unos y otros nos enseña que no somos los jueces definitivos de la historia. Hace falta mucha claridad para distinguir el bien y el mal.



JUNTOS HASTA LA SIEGA



“Dejadlos creced juntos hasta la siega”. Esta advertencia del dueño del sembrado se refiere al trigo y la cizaña. Junto han de llegar al juicio de Dios. Entonces, “los justos brillarán como el sol en el reino de los cielos”, como termina diciendo Jesús. 

• “Dejadlos creced juntos hasta la siega”. No tienen razón los indiferentes. El bien y el mal no se confunden. La cizaña no se convierte en trigo porque le cambiemos de nombre o porque las leyes le concedan un lugar en la sociedad. La realidad es más terca que nuestras etiquetas. 

• “Dejadlos creced juntos hasta la siega”. Pero nuestras etiquetas no nos dan derecho a destruir la realidad. Porque nuestros juicios son provisionales e inciertos. Todos podemos equivocarnos y arrancar el bien cuando pretendemos arrancar el mal. 

- Señor Dios, que sembraste buena semilla en tu campo, ayúdanos a dar el fruto bueno que esperas de nosotros. Ten misericordia de nosotros y enséñanos a juzgar con misericordia a todos nuestros hermanos. Amén. 

José-Román Flecha Andrés






LA LLUVIA Y LA PALABRA

Domingo 15 del tiempo ordinario. A

13 de julio de 2014

La lluvia y la nieve bajan de los cielos, empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar. Gracias a la lluvia puede comer el sembrador. Un pueblo que vivía del campo podía entender estas imágenes que se encuentran en el libro de Isaías (Is 55, 10-11).

Pero el profeta no se limitaba a evocar la experiencia del labrador. La lluvia y la nieve eran para él la imagen más clara de la palabra de Dios. Sin ella no habrá una buena cosecha. El Papa Francisco ha escrito que no sabemos, dónde ni cuándo ni cómo dará fruto.

Pero en el texto del profeta escuchamos la promesa del mismo Dios: “La palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. No es una obra de magia. La palabra de Dios requiere una cogida cordial por nuestra parte.



LA NOTICIA Y EL AVISO

“Salió el sembrador a sembrar…” (Mt 13, 1-23). La parábola evangélica del sembrador es conocida por todos los cristianos. Es verdad que muchos nos fijamos en la segunda parte. En ella se evocan las condiciones, los vicios y las virtudes de los oyentes de la palabra de Dios, para tratar de explicar el fracaso o el éxito de la predicación.

Pero en la primera parte de la parábola Jesús no habla tanto del sembrado como del sembrador. Se insiste en la fe del sembrador, en su confianza, en su esperanza. Esparce la semilla generosamente, en todo terreno y con igual dedicación. El buen sembrador es Dios.

La primera parte de la parábola es una buena noticia para los desesperanzados de esta tierra. Se nos anuncia que Dios tiene un proyecto sobre el mundo y sobre la evangelización y que está decidido a sacarlo adelante a pesar de las dificultades.

La segunda parte es un aviso a los presuntuosos: Si el proyecto de Dios se retrasa no es por culpa suya o por la mala calidad de la semilla sino por el rechazo humano. La primera parte invita a la gratitud; la segunda a la responsabilidad.



OJOS Y OÍDOS

Entre la parábola del sembrador y su comentario alegórico encontramos una bienaventuranza: “¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!”.

• Esta frase resume todas las bienaventuranzas de Jesús. La dicha verdadera brota de la aceptación incondicional a su palabra. Una aceptación que pasa por los sentidos corporales. Es preciso ver y oír. La salvación no nace de una idea abstracta, sino del encuentro con una persona que se dirige a nosotros.

• Pero esta bienaventuranza no se limita a los cristianos: es una oferta dirigida a toda persona. Todos hemos de dar fruto en la vida. Para ello tendremos que descubrir el valor positivo del mundo y de la vida. Y tendremos que confiar en la siembra, porque sabemos y creemos que existe un Sembrador.

- Padre nuestro, que por Jesucristo derramas sobre nosotros la semilla de tu palabra, ayúdanos a acogerla de verdad, para que produzca frutos de buenas obras para tu gloria y nuestra paz. Amén.

José-Román Flecha Andrés





DEL MANÁ DE MOISÉS AL PAN DE JESÚS

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo A

19 de junio de 2014



En el libro del Deuteronomio se ponen en boca de Moisés algunos discursos en los que recuerda al pueblo de Israel la asistencia que Dios le prestó en el desierto: “Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná -que tú no conocías ni conocieron tus padres- para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios” (Dt 8,3).


El maná quedaría en el recuerdo de Israel como el signo de la protección que Dios le había dispensado a lo largo de su camino por el desierto. Sin él no hubiera sido posible sobrevivir en la estepa.

Recordar el maná que Dios les había dado era para los hebreos recordar al Dios que les había dado el maná. Ese recuerdo exigía de ellos una sincera gratitud. En el relato de las tentaciones, Jesús cita esa frase para indicar que escuchar la palabra de Dios es el único modo de vivir en la verdad y en la fidelidad al Señor.



SACRAMENTO DE LA VIDA




Después de la multiplicación de los panes y los peces, las gentes siguen a Jesús. En realidad tienen hambre de pan y hambre de orientación para la vida. De sobra sabe él que muchos lo siguen por el interés. Pero en el largo discurso que pronuncia en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús explica el sentido último del pan que él ofrece a las gentes. .


La multiplicación de los panes revela lo que el Maestro es y la misión que le ha sido confiada. En el texto que hoy se proclama (Jn 6,51-58), Jesús recuerda el maná del desierto: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron. El que come este pan vivirá para siempre”.

Vivir y vivir con dignidad es una aspiración universal. Vivir para siempre parece una utopía. O un milagro, inalcanzable por las solas fuerzas humanas. Pero Jesús proclama que el pan de su vida y el pan de su palabra anuncian y realizan ese milagro de la vida sin término.

La fe cristiana sabe que anunciar y realizar son las dos notas de todo sacramento. Así que el pan de Cristo es en verdad el sacramento de la vida.



VIÁTICO PARA EL CAMINO




En esta fiesta, en que veneramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, meditamos y agradecemos el don de su cuerpo y de su sangre.


• ˝Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Jesús se identificará con la puerta del redil y con la vid a la que se unen los sarmientos. Ahora se identifica con el pan. Estas imágenes nos dicen que él es necesario para nuestra salvación. Él viene de Dios.

• “El que coma de este pan vivirá para siempre”. Dios es la fuente de la vida. Y Jesús viene de Dios. Es Dios. Así que alimentarse de Jesucristo, de su palabra y de su vida, es el camino para poder vivir una vida sin término.

• “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. El pan de la palabra y el pan de la eucaristía constituyen el sustento necesario para conservar la vida de la fe, de la esperanza y del amor. He ahí el camino para un mundo nuevo.

- Señor Jesús, en el don de tu pan, de tu palabra y de tu vida nos libras del hambre, del cansancio y de la muerte. Que tu cuerpo y tu sangre sean siempre viático para nuestro camino. Amén.

José-Román Flecha Andrés

EL DON DEL ESPÍRITU

Solemindad de Pentecostés. A

8 de junio de 2014



En la exhortación La alegría del Evangelio, el Papa Francisco nos dice que “una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora” (n. 261).

Según el libro de los Hechos de los Apóstoles que hoy se lee en la liturgia (Hch 2,1-11), durante la fiesta judía de Pentecostés, los pocos seguidores de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar. Junto al huracán que resonó en toda la casa, aparecieron unas lenguas como de fuego, repartidas sobre cada uno de ellos. “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen”.

El Espíritu de Dios cambió a los miedosos y egoístas discípulos de Jesús en valientes y generosos testigos de su resurrección y de su mensaje. El Espíritu de Dios es Espíritu de amor. Y el amor se hace comprensible en todas las lenguas.



FIESTA DEL ENVÍO



El evangelio (Jn 20,19-23) nos recuerda que ya el mismo día de su resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos, les deseó la paz y, al mostrarles sus llagas, “ellos se alegraron de ver a Jesús”. La paz y la alegría son los primeros regalos del Resucitado.

Pero el gran regalo, el “altísimo don de Dios” es su Santo Espíritu. Sin el Espíritu es imposible vivir la alegría del Evangelio. Si no se nos da el Espíritu no podremos reconocer al Señor Resucitado. Si no acogemos con fe al Espíritu de Dios, no podremos vivir el gran regalo del perdón

El Espíritu de Dios es principio de vida y de gracia, fuente de amor y de concordia, prenda de verdad y de caridad fraterna. El Espíritu remueve la fe y la esperanza de los discípulos de Jesús y está presente en la Iglesia, guiándola hacia el amor y la verdad. Ignorar al Espíritu es ignorar al Padre de los cielos e ignorar las claves de la misión de Jesús.

Pentecostés es la fiesta de la misión, es decir, la fiesta del envío de los creyentes. Como el Padre envió a Jesús, también él nos envía a nosotros por los caminos del mundo.



FIESTA DEL PERDÓN



Tras el saludo, Jesús Resucitado sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar”.

• “Recibid el Espíritu Santo”. No somos los discípulos los que creamos la vida, los que inventamos la verdad, los que producimos el amor. El Espíritu de Dios es su don por excelencia. Es la fuente de todos los dones.

• “A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados”. Todos necesitamos pedir y recibir humildemente el perdón de Dios. Sólo así podremos nosotros transmitirlo con generosidad y con esperanza a los demás.

• “A quienes no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar”. Si conocemos nuestra fragilidad, será difícil ser perdonados y perdonar. Pero el Señor entrega a su Iglesia la responsabilidad de discernir entre el bien y el mal.

- Señor Jesús, agradecemos el don de tu Espíritu. Deseamos que él nos conduzca hasta la verdad plena y al amor compasivo y creativo que tú nos has mostrado con tu vida, con tu muerte y tu resurrección. Amén.

José-Román Flecha Andrés









LA HUELLA Y LA MISIÓN



Ascensión del Señor a los cielos.A



1 de junio de 2014







En esta fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos recordamos los versos de León Felipe: “Aquí vino y se fue. Vino… nos marcó nuestra tarea y se fue. Él, que lo sabe todo, sabe que estando solos, sin dioses que nos miren, trabajamos mejor”. Estos versos tratan de subrayar nuestra responsabilidad en este mundo. 



Durante su viaje a Tierra Santa, San Ignacio de Loyola visitó en lo alto del Monte de los Olivos el lugar que recuerda la Ascensión del Señor. En aquel bloque de mármol se puede percibir la huella de unos pies. Ignacio volvió a subir a la colina para observar en qué dirección se orientaban las huellas. Su curiosidad le valió una reprimenda por retrasar la salida del barco. 



Pero, a pesar de lo que sugieren los versos del poeta, o la observación de las pretendidas huellas de Jesús, no puede decirse que el Señor se haya ausentado de este mundo. El vino para hacerse carne y plantar su tienda en nuestra historia para siempre. Asumió de verdad nuestra peripecia terrena . El Señor permanece con nosotros. 







LA RESPONSABILIDAD







La primera lectura que se proclama hoy en la misa está tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 1,1-11). En ella se recuerda la Ascensión del Señor y nuestra responsabilidad como continuadores de su misión. 



El final del evangelio de Mateo recoge el último encargo de Jesús (Mt 28,16-20). Los discípulos de entonces y los de ahora recibimos de él un triple encargo: anunciar el mensaje de Jesús, celebrar los sacramentos de la nueva vida y enseñar a todas las gentes a cumplir la voluntad de Señor, sabiendo que él nos acompañará a lo largo de los tiempos. 



En el himno con que se inicia hoy la oración de Laudes, el mismo Señor nos indica la gozosa responsabilidad que nos confía: “Partid frente a la aurora. Salvad a todo el que crea. Vosotros marcáis mi hora. Comienza vuestra tarea”. La Ascensión de Jesús a los cielos pone en marcha a la Iglesia para que anuncie el evangelio a todas las gentes.






EL TESTAMENTO



Hoy se ofrecen a nuestra meditación las últimas palabras de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

• “Yo estoy con vosotros”. Jesús había sido anunciado por el ángel como el Emmanuel, es decir, el “Dios con nosotros”. Al final de su camino terreno, él se ha atribuido finalmente ese nombre. Y nosotros creemos en la sinceridad de su promesa. 

• “Todos los días”. Nos resulta bastante fácil imaginar que Dios está con nosotros en los momentos de triunfo. Pero sabemos y creemos que él nos acompaña también en los días de nubarrones y de lágrimas. 

• “Hasta el fin del mundo”. No somos los primeros cristianos. Pero tampoco seremos los últimos. Las dos tentaciones son igualmente peligrosas. Somos un eslabón en la cadena de los que creen, esperan y aman. Vivimos recordando el pasado y acordando la paz para el futuro, pero siempre bien atentos al presente.



- Señor Jesús, tú nos has confiado el alto honor y la gran responsabilidad de anunciar el evangelio a todas las gentes. Te rogamos que nos concedas luz para conocerlo y valentía para darlo a conocer con alegría. Amén.



José-Román Flecha Andrés


   





EL DEFENSOR
Domingo 6º de Pascua
25 de mayo de 2014


“La ciudad se llenó de alegría”. Puede parece insignificante esa nota que encontramos en la primera lectura de la misa de este domingo sexto de Pascua (Hech 8, 5-8. 14-17). La ciudad es Samaría. Como sabemos, los samaritanos siempre se habían mostrado distantes y enemigos de los judíos. Pero ahora reciben con gozo la predicación de Felipe sobre Jesucristo.

En efecto, Felipe anuncia el evangelio y acompaña su predicación con signos de liberación. Y eso llena de alegría a los que siempre habían rechazado a los judíos y aun al mismo Jesús. Una buena lección para los que hemos sido llamados a anunciar el evangelio y caemos en el pecado del pesimismo, que denuncia el Papa Francisco. 

Hay otro detalle importante. Felipe va roturando el campo y sembrando el grano. Pero deja la recogida de los frutos a los apóstoles Pedro y Juan. A ellos corresponde imponer las manos, a los que han escuchado el evangelio. Es entonces cuando desciende sobre ellos el Espíritu Santo. Los evangelizadores son bien poca cosa si no colabora el Espíritu de Dios.

LOS MANDAMIENTOS Y EL MUNDO

Al Espíritu alude también Jesús en el Evangelio que hoy se proclama (Jn 14, 15-21). De nuevo nos encontramos en el marco de la última cena. Y escuchamos las palabras del Maestro que anuncia el envío del Consolador: “Yo pediré al Padre que os envíe otro defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con vosotros”. 

Jesús promete estar atento a las necesidades de sus discípulos. Su Espíritu estará con ellos como el único y verdadero defensor de la comunidad y de cada uno de los que creen en Jesucristo. Pero ellos, por su parte, habrán de manifestar con sus obras la fidelidad a su Maestro: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.  

Hay un tercer detalle que merece subrayarse. Jesús sabe que el Espíritu de Dios no puede ser percibido por el mundo. Ni por la mundanidad que ciega a veces nuestros ojos. Pero quien es fiel al mensaje de Jesús experimentará en su vida la presencia y la asistencia del Espiritu de la verdad y del consuelo.

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD Y DEL AMOR

Todo el discurso de la despedida del Señor nos lleva a escuchar con gratitud las promesas últimas que Jesús dirige a sus discípulos: 

• “Yo pediré al Padre que os envíe otro defensor”. Durante su vida terrena, Jesús se ha mostrado como nuestro gran intercesor, nuestro pastor, el orante que promete no olvidarnos jamás. Ahora intercede ante el Padre pidiendo para nosotros otro valedor. 

• “Estará siempre con vosotros”. El Mesías había sido anunciado como el Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Por medio de este otro Consolador, los creyentes gozarán de la presencia cercana y amorosa de su Señor. 

• “Será el Espíritu de la verdad”. Jesús se presenta como el camino, la verdad y la vida. Ante Pilato dice haber venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todos los que son de la verdad escuchan su voz. El Espíritu revela y reafirma esa verdad.

- Señor Jesús, tú has prometido a tus discípulos de antes y de ahora el Espíritu de la verdad y del amor. No permitas que lo olvidemos. Mantén siempre abierto nuestro corazón a su enseñanza y a sus impulsos. Amén.


José-Román Flecha Andrés

 

FIESTA DE LA LUZ
Solemnidad de la Pascua. A
20 de abril de 2014

“Hay cristianos cuya opción parece ser la de una cuaresma sin Pascua”. Así ha escrito el Papa Francisco en su exhortación La Alegría del Evangelio (n.6). La Cuaresma nos ha ido preparando para aceptar  la cruz de Jesucristo y para seguirle por el camino.
El tiempo de Pascua nos ha de ayudar a vivir con el Señor una vida resucitada. Así lo canta el himno: “Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!, despierta tú que duermes, y el Señor te alumbrará”.
Durante el tiempo de Pascua vamos a meditar el libro de los Hechos de los Apóstoles. El discurso de Pedro que hoy se lee no es una lección sobre ideas abstractas. Es un testimonio de vida: “Nosotros comimos y bebimos con él después que resucitó, y él nos envió a anunciar al pueblo que Dios le ha puesto como Juez de vivos y muertos”.

EL SEPULCRO VACIO

También el evangelio nos refiere el testimonio de Pedro y el discípulo amado del Señor. Aquel primer día de la semana, las mujeres se acercaron hasta el sepulcro de Jesús, pero lo encontraron vacío. Hasta hablaban de unos ángeles que les anunciaron que Él estaba vivo.
Alarmados por estas noticias, los discípulos corrieron hasta el sepulcro. No vieron el cuerpo de Jesús. La constatación de la ausencia del Señor motiva el crecimiento en la fe. Si el Señor no está entre los muertos, su vida entera puede ser releída con ojos de fe.
• También nosotros contemplamos hoy el sepulcro vacío de Jesús. Nos llama la atención que el evangelio repita tantas veces que tanto María Magdalena como los dos discípulos “vieron” el sepulcro vacío y las vendas que habían envuelto el cuerpo de Jesús. 
• También nosotros en este día de Pascua somos invitados a ver con los ojos de la fe el misterio del Señor Resucitado. Y repetimos con gozo uno de los himnos pascuales: “La mañana celebra tu resurrección y se alegra con claridad de Pascua. Se levanta la tierra, como un joven discípulo en tu búsqueda, sabiendo que el sepulcro está vacío ”.

LAS COSAS DEL CIELO

La carta a los Colosenses que hoy se lee en la eucaristía contiene una exhortación a vivir  como resucitados:
• “Hermanos, ya que habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios”. De hecho, por el bautismo hemos muerto a un mundo de pecado.  Y hemos resucitado con él, que es nuestra cabeza. 
• “Pensad en las cosas del cielo, no en las de la tierra”. Cristo es ya ahora nuestra vida. Su vida orienta la dirección de la nuestra. Nuestros pensamientos e intereses han sido modificados por su vida, por su muerte y por su resurrección.
• “Cuando él aparezca, vosotros también apareceréis con él y tendréis parte en su gloria”. Cristo es ya ahora nuestra vida, el motivo para vivir de otra manera. Pero es también el fundamento de una esperanza que nos lleva más allá de la muerte.
- Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, te damos gracias porque con tu resurrección  renuevas  en nosotros el don de la fe y nos ayudas a vivir en la esperanza que es fortalecida por el amor. Amén. Aleluya.

 
Acción: Releemos con atención el texto del evangelio que hoy se proclama y también la “secuencia” que precede a su lectura en la celebración de la Eucaristía.













LA SANGRE DE CRISTO

Domingo de Ramos. A

13 de abril de 2014



Celebramos hoy el Domingo de Ramos. En la primera lectura, se proclama uno de los cantos del Siervo del Señor, que nos van a acompañar en estos días. “El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás”. Esta figura del siervo profeta que escucha la palabra de Dios es el anticipo del Mesías Jesús, que, según san Pablo, “se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz”.

La bendición y la procesión de los ramos nos introduce en el ambiente de la Semana Santa. Como los peregrinos que se acercaban a Jerusalén también nosotros cantamos: “¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!” Que él traiga la salvación a nuestra vida.

Llevamos a casa uno de los ramos bendecidos en este domingo. Y nos comprometemos a mirarlo con fe, para recibir cada día al Señor que viene hasta nosotros.



EL PAPEL DE PILATO


Pero en el evangelio se lee siempre la pasión de Jesús. En el relato según san Mateo encontramos algunos rasgos exclusivos de este evangelista. Por ejemplo, estos tres:

• Sólo en él dice Jesús que podría acudir al Padre, quien pondría a su disposición legiones de ángeles.

• Sólo en él se narra la muerte de Judas y el destino de los dineros que había percibido por la traición.

• Y sólo en él se anota que en el momento de la muerte de Jesús la tierra tembló, se abrieron los sepulcros y muchos resucitaron.

Por otra parte, vemos que el relato de la pasión de Jesús según san Mateo trata con respeto a Pilato y el poder que representa. He aquí otros tres ejemplos:

• La mujer de Pilato interviene a favor de Jesús, al que reconoce como inocente.

• El procurador se lava las manos y parece descargar toda responsabilidad sobre los dirigentes de los judíos.

• Y por fin, Pilato permite poner guardia frente al sepulcro de Jesús.



Y LA VOZ DEL PUEBLO



Para este relato evangélico, el bien de la paz y la vivencia del mensaje de Jesús obligan a suavizar los recuerdos de aquellos momentos tan dolorosos. Entonces y ahora la evangelización está por encima y al margen de la revancha y del reproche.

Hoy contemplamos a Jesús, sumido en el silencio frente a Pilato, mientras el pueblo le desafía gritando:

• “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Podemos aplicarnos esta proposición, conscientes como somos de que nuestras rebeliones contra el proyecto de Dios han hecho correr la sangre de su Hijo y la de muchos otros hijos de Dios.

• “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Por otra parte, tendríamos que repetir con humildad y confianza este deseo, aparentemente blasfemo, puesto que sólo la sangre de Cristo puede salvarnos de nuestros pecados individuales y estructurales.

- Señor Jesús, que derramaste tu sangre por nosotros, ayúdanos a vivir en gratitud, ofreciendo lo mejor de nuestra vida por nuestros hermanos, que son también los tuyos. Amén.



José-Román Flecha Andrés









LA MUERTE Y LA VIDA
Domingo 5º de Cuaresma. A
6 de abril de 2014

Con frecuencia andamos como cadáveres ambulantes. Con razón dice el Papa Francisco que la primera de nuestras tentaciones es la acedia o pereza espiritual. No podemos pasar la vida como aletargados. Necesitamos despertar de nuestro sueño.

El texto del profeta Ezequiel que hoy se lee en la misa se refiere a la restauración social, política y religiosa del pueblo de Israel (Ez 37, 12-14). Pero las imágenes que emplea el profeta, preanuncian ya la fe en la resurrección: “Pueblo mío, voy a abrir vuestras tumbas… Pondré en vosotros mi aliento de vida, y reviviréis”.

Entre nosotros suele estar poco atendido el ministerio del duelo. Al escuchar los lamentos de las hermanas de Lázaro nos preguntamos: ¿Qué podemos hacer para acercarnos, como persona y como comunidad, a quienes han visto morir a un ser querido?


EL AMOR AL AMIGO
El evangelio nos recuerda la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús (Jn 11). Él ha venido para dar la vida a los muertos. La vida del espíritu a los que han muerto por el pecado. Y la vida sin fronteras ni final, para los que le confían esta vida caduca y quebradiza.

Hoy nos acercamos mentalmente a Betania. Contemplamos a Jesús en pie ante la tumba de Lázaro y escuchamos su oración: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado”. Como los presentes, también nosotros podemos contemplar las lágrimas que bajan por sus mejillas. También nosotros podemos reconocer su amor al amigo.

Entre los presentes surgen dos posturas contrapuestas. Unos creen en este profeta que da la vida. Otros deciden darle muerte tan sólo por haber librado de la muerte a su amigo. ¿En qué grupo nos situamos nosotros?

Jesús devuelve la vida a su amigo Lázaro. Pero ese “signo” le costará a él mismo la vida. En nuestra vida hay algo muerto. Pero junto a nosotros pasa el que es la vida. Y el que desea que vivamos ya en plenitud. En vísperas de su Pascua, pidámosle sinceramente que se acerque a nuestros sepulcros y nos llame a la vida.


EL MENSAJE DE LA VIDA
No podemos olvidar las palabras que Jesús dirige a Marta, la hermana de su amigo Lázaro:

• “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús participa del poder del Padre. Él es el manantial de la vida humana y la fuente de su íntimo sentido. Él aporta su rescate definitivo cuando ha sido secuestrada por el pecado y por la muerte.

• “El que cree en mi aunque haya muerto vivirá”. Cuando las esperanzas se agotan, tan sólo en Él se recobran. La muerte física no es el final del camino humano, si ha estado marcado por el amor de Él y por la fe en Él.

• “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. A la vida física es preciso que se añada la fe en el Mesías Jesús. Sólo así será vencida la muerte.

- Señor Jesús, que nos has dado la vida verdadera, acepta nuestra gratitud por este don, mantén nuestros ojos abiertos a tu presencia y consérvanos vivos junto a ti, por los siglos de los siglos. Amén.


José-Román Flecha Andrés





EL AGUA Y LA SED
Domingo 3º de Cuaresma. A
23 de marzo de 2014


En la vigilia pascual recibirán el bautismo los catecúmenos que se están preparando para incorporarse a la Iglesia. A todos nosotros, el tiempo de cuaresma nos enseña a recorrer el camino de la oración. Y nos ayuda a recordar nuestro propio bautismo. No es extraño que en este tiempo aparezca con frecuencia el milagro del agua y su simbolismo. 

La primera lectura de la misa de hoy nos dice que el mismo Dios calmó la sed de los hebreos en el desierto (Ex 17, 3-7). Es un dolor haber perdido el hambre y la sed de Dios. 

En el Camino de perfección (19,2), Escribe Santa Teresa que quien beba del agua de la vida no tendrá sed. Y añade una hermosa exclamación: “¡Con qué sed se desea tener esta sed!” A Dios hay que volverse con ansia. Y se comprobará que esta sed nunca se sacia. “Cuando Dios la satisface, la mayor merced que puede hacer al alma es dejarla con la misma necesidad, y mayor queda siempre de tornar a beber esta agua”.

LOS TÍTULOS DE JESÚS

En el evangelio se dice que Jesús llegó un mediodía al pozo de Jacob y allí se encontró con una mujer de Samaría (Jn 4, 6-42). Elías había pedido de comer a la viuda de Sarepta. Jesús pide de beber a la mujer samaritana que llega a sacar agua. El buen evangelizador no va imponiendo, sino mendigando.

El arte ha representado muchas veces esta escena del encuentro de Jesús con la samaritana. Hoy la contemplamos con los ojos del alma. Y descubrimos que poco a poco va apareciendo en el relato una escalada de títulos: Judío, Señor, Profeta, Mesías y Salvador. 

Por otra parte, los discípulos se dirigen a Jesús con el título de Maestro. He ahí el resumen del camino de la fe. Volvemos la mirada hacia nosotros mismos y nos preguntamos qué es Jesús para nosotros en este momento preciso de nuestra vida. 

En la exhortación “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco escribe que la primera evangelización comienza por un diálogo personal (n. 128). Y San Juan de Ávila exclama con entusiasmo: “¡Bendito sea Dios que del mal de aquella mujer cuánto bien se sacó, que se ganó toda aquella ciudad!”.


EL AGUA Y EL DON
El diálogo de Jesús con la Samaritana es largo y rico. En él sobresalen las frases que se refieren al agua y a aquel que puede calmar nuestra sed:

• “Si conocieras el don de Dios…” Todo lo bueno que la vida nos ofrece es don gratuito de Dios. Pero el don por excelencia es el mismo Jesús. 

• “Y quién es el que te pide de beber…” Jesús es el puente entre el Dios vivo y los hombres y mujeres que buscan la verdad. 

• “Le pedirías tú…” Jesucristo nos pide lo que espera que nosotros le pidamos. La iniciativa es suya y sólo suya. Pero espera que nosotros nos acerquemos al manantial.

• “Y él te daría agua viva”. El agua viva es el agua que da vida a los que la beben. La que puede calmar nuestras ansias más hondas. Es su verdad. Es su misericordia.

- Señor Jesús, fuente de agua viva, ven a saciar los anhelos de la humanidad. Purifica a tu Iglesia de toda mancha. Ayúdanos a descubrir tu presencia en el mundo. Y enséñanos a aprender de ti el método y los contenidos de una nueva evangelización. Amén. 

 José-Román Flecha Andrés

 
DIOS ESTÁ EN SU HIJO
Domingo 2º de Cuaresma. A
16 de marzo de 2014

Muchos nos preguntan dónde está Dios. A muchos de nuestros contemporáneos les resulta difícil encontrarlo, tal vez porque tienen una falsa imagen de Dios. Lo consideran o como un enemigo del hombre o como un apoyo para la inmovilidad y el acomodo.

Pero Dios está vivo y nos invita a vivir. Dios estaba en la voz que llamó a Abrahán y le invitó a salir de su tierra y de la casa de su padre (Gen 12,1-14). En su exhortación “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco nos repite que, al igual que Abrahán, la Iglesia es una comunidad “en salida”, un pueblo itinerante (nn. 22-24)

Dios estaba en la zarza, desde la que llamó a Moisés para convertirlo en liberador de su pueblo. Dios estaba en la nube que guiaba al pueblo de Israel por el desierto hasta la patria de la libertad. Y, finalmente, Dios está en su Hijo Jesús. Y en aquellos que le siguen con sincero y humilde corazón. 

EL ROSTRO Y LA PRESENCIA

Hoy contemplamos el cuadro de la Transfiguración de Jesús, pintado por Rafael, que se conserva en la Pinacoteca Vaticana. En él se refleja la dialéctica entre el monte y el valle. En el monte Jesús se encuentra con la luminosa realidad de Dios. Al bajar del monte se encuentra con la dolorida realidad de lo humano. He ahí la imagen de nuestra vida de creyentes. La contemplación no puede alejarnos de la acción. 

Según el evangelio que hoy se proclama (Mt 17, 1-9), la transfiguración de Jesús nos anuncia el misterio de su muerte y su resurrección. 

Los tres discípulos más cercanos subieron con Jesús a lo alto de una montaña. Allí vieron que su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvían blancos como la nieve. Lo envolvía la nube que había significado la presencia de Dios en medio de su pueblo. Moisés y Elías lo flanqueaban como dando testimonio de su honda verdad. Ellos habían descubierto a Dios en el monte santo. Y junto a ellos, se revelaba ahora en su Hijo predilecto. 

LA VOZ DEL CIELO
En el relato de la Transfiguración de Jesús se recoge la voz que desciende de la nube, es decir, desde el ámbito de lo divino: “Este es mi Hijo, el amado, el elegido: escuchadlo”.

•“Este es mi Hijo”. Dios no es un objeto lejano. No es una idea ni un anhelo insatisfecho. Se presenta con los rasgos familiares de quien reconoce a Jesús como hijo. 

• “El amado”. Los seres humanos han temido muchas veces a los dioses. Los dioses falsos tienen boca pero no hablan. El Dios de Jesús siente y ama. 

• “El elegido”. Por el hecho de reconocer a Dios como Dios, el hombre no pierde su categoría y su dignidad. Jesús no fue menos humano por saberse elegido por Dios. 

• “Escuchadlo”. Jesús no se ha engañado ni ha engañado a los suyos. Dios está con él, lo apoya y garantiza su misión y la verdad de su mensaje. 

El Concilio Vaticano II nos dice que, mediante la escucha de la Palabra de Dios y la oración, el tiempo cuaresmal prepara a los fieles a celebrar el misterio pascual (SC 109). Hay que leer los evangelios y escuchar la Palabra del Señor. 

- Señor Jesús, tú nos revelas el amor de un Dios al que nos atrevemos a llamar Padre. Te agradecemos esa conciencia de ser Hijo y mensajero de la verdad de Dios. Que tu palabra oriente nuestra vida. Amén. 

José-Román Flecha Andrés


FIDELIDAD Y FELICID
Domingo 1º de Cuaresma. A
9 de marzo de 2014


La tentación se ha convertido en un tema predilecto para los publicistas que tratan de vender un nuevo producto. El ideal sería que nunca nos llegaran a seducir las cosas o las acciones que nos deshumanizan. Pero lo malo de la tentación es que se nos presenta tan disfrazada que apenas logramos reconocerla como tal.

En su exhortación “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco ha señalado cuatro tentaciones: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la mundanidad espiritual y las guerras entre los creyentes (nn.81-86.93-101). Esas tentaciones nos alejan del camino que nos habría de llevar a conseguir lo mejor de nosotros mismos y a anunciar el Evangelio. 

El texto del libro del Génesis que hoy se lee en la misa nos sugiere que la gran tentación del ser humano es la de despreciar la voluntad divina (Gen 2,7-9; 3,1-7). Al ceder a la tentación, la persona rompe la relación de armonía con lo otro, con los otros y con el absolutamente Otro.


EL ENGAÑO QUE SEDUCE

Si el primer Adán cede a la tentación, Cristo, el segundo Adán, la supera. Como todos los años, al principio de la cuaresma, hoy contemplamos a Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). El evangelio nos dice que Jesús sale victorioso de las pruebas a las que es sometida su categoría divina y hasta su calidad humana. Jesús fue sometido una y otra vez a la prueba. 

En el caso de nuestras tentaciones la cuestión de fondo era, es y será siempre la misma. Hemos de preguntarnos por las hondas razones que nos mueven a caminar. Hemos de plantearnos el por qué y el para qué de nuestras elecciones. 

La gran tentación es la de volver la espalda a la verdad. La de pretender ignorar el plan de Dios y nuestra propia dignidad de Hijos de Dios. Nuestra gran tentación es el engaño que con tanta frecuencia aceptamos como normal e inofensivo.

 San Pablo nos recuerda que la salvación que nos llega por Cristo nos redime del mal que desde siempre nos seduce. 

TENTADORES DE DIOS

A la última tentación Jesús responde citando un tajante texto del Deuteronomio: “No tentarás al Señor tu Dios”. De ser tentados pasamos con frecuencia a ser tentadores. Tentadores de los demás y hasta de Dios.

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Tentamos a Dios cuando olvidamos su amor y adoramos a las cosas, como si fueran un dios que puede salvarnos y merecer nuestro amor.

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Tentamos a Dios cuando pretendemos ser nosotros la fuente de la fe y la esperanza, del amor y de la vida, de la paz y la justicia. 

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Tentamos a Dios cuando nos llamamos hijos suyos y olvidamos a nuestros hermanos, que también lo llaman “Padre”.

A la luz de este mensaje, será necesario revisar las tentaciones del tener, el poder y el placer, que continuamente tratan de desviarnos del camino del Señor. La cuaresma es un tiempo propicio para este examen sobre la verdad de nuestra vida. 

- Señor Jesús, tentado como nosotros, te damos gracias por habernos revelado, con el ejemplo de tu insobornable fidelidad al Padre, el camino de la fidelidad que nos conduce a la felicidad. 

José-Román Flecha Andrés


EL FETICHISMO DEL DINERO
Domingo 8º del Tiempo Ordinario. A
2 de marzo de 2014


“¿Es que puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Así responde Dios cuando su pueblo murmura y blasfema, afirmando que Dios lo ha abandonado (Is 49, 14-15). La tentación perdura a lo largo de los siglos. Los hombres nos quejamos de Dios y él responde afirmando su fidelidad. 

En su exhortación “La alegría del Evangelio” el Papa Francisco ha escrito que “el relativismo práctico es actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran” (m. 80).

Olvidar a Dios y sus mandamientos es una tentación constante. Pero culpar a Dios de los efectos que se siguen de olvidarlo es una necedad y una blasfemia. 

LOS PÁJAROS Y LOS LIRIOS

En este domingo continuamos leyendo el Sermón de la Montaña (Mt 6,24-34). En el texto que hoy se proclama, se incluye una sentencia de Jesús que siempre nos ha resultado incómoda: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Jesús sabe que “nadie puede estar al servicio de dos amos”. Pero nosotros no nos servimos del dinero: servimos al dinero. 

En la exhortación “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco denuncia el fetichismo del dinero y la dictadura de una economía sin rostro. En realidad, aceptamos pacíficamente el predominio del dinero sobre nosotros y nuestras sociedades (n. 55). Pretendemos ser libres, pero nos hemos convertido en sus esclavos. 

Jesús nos propone el verdadero camino de la libertad. Nos invita a observar los pájaros del cielo y los lirios del campo. Dios los alimenta y los viste. Con esas preciosas imágenes nos invita a superar la obsesión por el alimento y el vestido.

Claro que tenemos que ganarnos el pan y la aceptación de los demás. Pero no podemos convertir en fin de la existencia lo que es un medio para subsistir. Jesús nos quiere libres. Y, sobre todo, quiere que solo Dios sea nuestro Dios.


EL REINO Y SU JUSTICIA

“Buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”. Con esa expresión Jesús trata de alejarnos de la tentación de la paganía. Es decir de la idolatría que nos amenaza a cada paso. 

• “Buscad el Reino de Dios y su justicia”. El reino de Dios es una fórmula para hablar del mismo Dios. Su justicia es su santidad y su misericordia. Buscar a Dios era el anhelo del piadoso israelita. Y ha de ser el anhelo del verdadero discípulo de Cristo.  

• “Lo demás se os dará por añadidura”. Si de verdad buscamos a Dios y aceptamos su voluntad, veremos resueltas muchas de esas tentaciones del tener, el poder y el placer que nos corroen el alma y la salud. Reconocer a Dios como Dios nos librará de los ídolos. 

- Señor Jesús, tú nos recuerdas el valor relativo de todo lo que no es el Absoluto. Tú nos quieres libres y felices. Tú nos has enseñado que la salvación sólo puede venirnos de Dios. Bendito seas por siempre. Amén.

José-Román Flecha Andrés




PERFECTOS COMO EL PADRE
Domingo 7º del Tiempo Ordinario. A
23 de febrero de 2014

“No odiarás de corazón a tu hermano…sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es interesante esa relación entre la prohibición y el mandato. Si se prohíbe el odio es en razón de la importancia del amor. Así se incluye la llamada regla de oro de todas las éticas en el contexto de la Ley de Moisés (Lev 19, 17-18).

Junto a ese binomio aparece la exhortación a reprender al pariente cuando peca y la prohibición de la venganza y el rencor contra los más allegados. Es verdad que los textos bíblicos habrían de ampliar el círculo hasta aconsejar la compasión hacia el prójimo en general y aun a los extranjeros que aceptan vivir en paz con el pueblo que los acoge. 

La introducción a estas palabras nos sitúa en un terreno que no es muy popular en nuestros días: “Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”. Eso significa que el creyente no puede limitarse a ser “políticamente correcto”. Ha de tratar de hacer presente y visible la santidad del mismo Dios. 

LA TÚNICA Y LA CAPA

Este mensaje se completa en el evangelio de hoy, situado en el marco del Sermón de la Montaña (Mt 5, 38-49). Jesús recuerda la ley del talión: “Ojo por ojo y diente por diente”. Solemos pensar que era una licencia para la venganza. En realidad, era una restricción de la misma a términos de equidad. Nadie tenía derecho a exigir más de lo que le habían quitado. 

Pero Jesús va más allá de aquella antigua norma. En el texto aparecen cinco ejemplos de exigencias incómodas: los que agravian, abofetean, pleitean por la túnica, exigen compañía y piden dinero prestado. El Maestro exhorta a sus discípulos a que no rehuyan a estos insolentes, aprovechados o impertinentes. 

Su mensaje sugiere tres actitudes contrarias que suponen un heroísmo más que habitual: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. No se trata de caer en un victimismo enfermizo. Se trata de aprender a amar con gratuidad. Amar a los que nos aman y saludar a los que nos saludan es normal. Hasta los paganos lo hacen. Al creyente se le pide algo más.


EL SOL Y LA LLUVIA

¿Cuál es la razón para ese comportamiento tan generoso? No puede ser ni la cobardía ni la comodidad de quien no sabe o no quiere defenderse. Tampoco puede ser la falsa bondad de quien espera ser aplaudido por la sociedad. Sólo hay un motivo. Hay que poner amor donde no lo había… porque eso es lo que hace Dios. Antes de ser una exhortación moral, el texto es una revelación del mismo Dios. 

• Dios hace salir su sol sobre malos y buenos. No es la bondad humana la que mueve a Dios a regalarnos la luz. Y no es la maldad humana la que puede impedir a Dios hacerse presente en nuestras vidas. 

• Dios manda la lluvia a justos e injustos. No es la justicia humana la que determina la justicia de Dios. Es la lluvia de su misericordia la que produce sobre la tierra la verdadera justicia que es, a fin de cuentas, el rostro del amor. 

- Señor Jesús, con tu palabra y con tu ejemplo nos has enseñado que no basta con olvidar las ofensas ni basta con perdonar al ofensor. Es preciso aceptarlo y amarlo como a un hijo del mismo Padre común. Sabemos que no es fácil. Que tu luz nos ilumine. Amén.

José-Román Flecha Andrés




LA LUZ Y LA SAL


Domingo 5º del Tiempo Ordinario. A


9 de febrero de 2014




“Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”. Nadie puede poner luz en este mundo si no vive con espíritu fraternal. Esta es la condición que se expresa en la última parte del libro de Isaías (Is 58, 7-10). 




Una parte de la sociedad vive de espaldas a las necesidades de tres cuartas partes de la humanidad. Hablamos de la pobreza que atenaza a muchos millones de personas. Pero muchos de nosotros ni siquiera somos capaces de imaginar las situaciones dramáticas en las que viven y mueren los pobres. 




Hay que promover un progreso “para todo el hombre y para todos los hombres”, como ha escrito Benedicto XVI. Tenemos que exigir a los gobernantes y a las grandes organizaciones internacionales que cumplan sus compromisos. Pero todos podemos hacer un pequeño gesto de fraternidad. Sólo entonces brillará nuestra luz.   




  




LA DEBILIDAD DE LA LUZ








En el texto evangélico que hoy se proclama, también Jesús emplea la imagen de la luz  (Mt 5, 13-16). Sus palabras no suenan como un mandato o como una nueva obligación moral impuesta por una norma. Sus palabras son una revelación. Sus discípulos son en verdad la sal de la tierra y la luz del mundo.




Es cierto que todos hemos de actuar de acuerdo con lo que somos. No podemos traicionarnos a nosotros mismos. Ni podemos defraudar las esperanzas que suscitamos en nuestro entorno.  A las dos declaraciones de Jesús siguen algunas condiciones. La sal no puede volverse sosa. Y la luz no debe ocultarse. 




Las imágenes son elocuentes. La sal se emplea para preservar a los alimentos de la corrupción y para darles sabor. La luz de la lámpara se coloca en alto para alumbrar a todos los de la casa. Pero la sal no es el fin de sí misma. Al cumplir su función desaparece. Y el aceite se gasta al dar luz al ambiente. Sólo da vida quien la pierde.
LA ALEGRÍA DE LA LUZ
En este momento en que se nos pide vivir con valentía “la alegría del Evangelio”, esta proclamación de Jesús resume la misión y el talante de los evangelizadores:
• “Vosotros sois la luz del mundo”.  Este título no es un privilegio de unos pocos: se aplica a todos los creyentes.  Por tanto, no puede fomentar el orgullo de algunos llamados a seguir al Señor. Señala la transparencia que se espera de todos ellos.
• “Vosotros sois la luz del mundo”.  Este título no es un elogio dedicado a los más instruidos o a los que pronuncian discursos más brillantes. Es una exhortación a dejarse iluminar por Aquel que es la Luz e ilumina a todos los que vienen a este mundo.
- Señor Jesús, tú te presentaste como la Luz. Y afirmaste que quien obra el mal odia la luz, porque pretende que sus obras sean desconocidas.  Que el amor con el que nos dedicamos a los pobres de este mundo otorgue a nuestra vida la claridad y transparencia que habrán de hacer creíble tu mensaje.   Amén.
José-Román Flecha Andrés

  




PRESENTADO EN EL TEMPLO

Presentación del Señor en el Templo. A

2 de febrero de 2014


“De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis: Miradlo entrar, dice el Señor”. Son hermosas estas palabras del profeta Malaquías que se proclaman en la liturgia de hoy (Mal, 3,1-4). Responden sin duda a las esperanzas de los judíos de su tiempo.

Pero responden también a los deseos de los creyentes de hoy. Con frecuencia nos sentimos perdidos y huérfanos. Necesitamos contar con la presencia del Señor. Casi todos creemos bastarnos a nosotros mismos. Pero nuestra confianza es frágil y nuestras fuerzas son débiles. Necesitamos contar con la fuerza de Dios.

Claro que la presencia de Dios no es un calmante barato. El profeta lo anuncia como un fuego de fundidor y como la lejía de un lavandero. Hay mucho que purificar y lavar en nuestra sociedad y en nosotros mismos. Necesitamos esa profunda limpieza que sólo Dios puede aportar a nuestra vida.   

  

SIMEÓN Y ANA


Según el evangelio de Lucas que hoy se proclama, Jesús es presentado en el Templo, según lo prescrito por la Ley de Moisés (Ex 13, 2.11). Todo es “evangelio”. Jesús es consagrado a Dios desde su nacimiento. Su presentación en el Templo es ya la revelación y el anticipo de su consagración a Dios (Lc 2, 22-40). 

Pero su presencia no pasó inadvertida. A su llegada al Templo, el nuevo y definitivo profeta de la Nueva Alianza es reconocido por dos ancianos profetas, que representan la primera alianza de Dios con su pueblo. El texto repite hasta tres veces que en ese momento se culmina el tiempo de la Ley y llega el tiempo del Espíritu.

Simeón tiene la suerte de acoger a un Dios cercano. Y descubre la luz del día definitivo. Es capaz de leer la salvación en sus signos más pequeños. Ana se ha preparado a este momento con ayunos y oraciones. Ahora alaba a Dios y habla a todos de este Niño que llega. Escucha a Dios y reconoce a su Enviado.

 

ACEPTACIÓN O RECHAZO


Las palabras que Simeón dirige a María ilustran el misterio que se desarrolla en la historia de la humanidad. Son la profecía sobre la identidad y la misión del Mesías.

• “Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten”. Aceptar o rechazar a Jesús como Salvador es lo que determina la suerte de Israel y la nuestra.

• “Será como una bandera discutida”.  Jesús será siempre una bandera, sobre todo cuando sea levantado en la cruz. Ante él se divide la humanidad.

• “Así quedará clara la actitud de muchos corazones”. En nuestra aceptación o rechazo a Jesucristo se revelan nuestras opciones más íntimas.

• “Y a ti una espada te traspasará el alma”. La que le dio a luz en Belén, lo verá entregar su vida en el Calvario por los mismos que lo condenan. 

- Señor Jesús, que el Espíritu que guiaba a Simeón nos ayude a descubrir hoy entre nosotros tu luz y tu verdad y nos impulse a anunciar, como Ana,  la buena noticia de tu presencia en el mundo Amén.

José-Román Flecha Andrés








LUZ Y ALEGRÍA

Domingo 3º del Tiempo Ordinario. A

26 de enero de 2014


“Camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles”. Estas palabras del profeta Isaías que se proclaman en la liturgia de hoy nos sitúan en las tierras en torno al lago de Genesaret (Is 8, 23b-9,3). Había sido repoblado por gentes llegadas de diversos países. Por eso,  Galilea se identificaba como una región de paganos.

Sin embargo, el profeta no condena a aquellas gentes. Al contrario, adivina un futuro brillante para ellas. “A los que habitaban tierras de sombra, una luz les brillará”. El Señor les colmará de la alegría y el gozo que experimentan  los que siegan la cosecha y los que reparten un botín.

¿Cuál es la razón que justifica esas promesas?. No es el esfuerzo de las gentes, sino el don de Dios, que las libra de una esclavitud que se expresa con las imágenes de la vara, el yugo y el bastón. Dios no ignora a los que son calificados como paganos. Les concede su luz, su alegría y su libertad.  

  

ANUNCIO Y TESTIMONIO


El evangelio de San Mateo considera que aquella promesa se ha cumplido con la aparición de Jesús por la tierra de Galilea (Mt 4, 12-23). No duda en aplicar al tiempo presente la antigua profecía de Isaías. Asombrosamente, el Mesías no ha aparecido  entre los piadosos de las tierras de Judea, sino entre los paganos de Galilea.

Es verdad que el Mesías Jesús no llega para dar su aprobación a la infidelidad, el pecado y la idolatría. Ya con sus primeras palabras invita a las gentes a la conversión. No para ser más aceptables en la sociedad de su tiempo, sino para poder acoger a Dios como Señor. Porque llega el Reino de Dios.

 El evangelio dice que Jesús recorre la zona enseñando en las sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Tres ministerios que son confiados también a los creyentes de hoy. Tres tareas imprescindibles en el ejercicio de la evangelización.


EL CORDERO Y LA PALOMA


Pero el Enviado de Dios no puede quedar solo. Elige a hombres de aquella tierra para que compartan su misión. Las palabras que Jesús dirige a sus primeros discípulos no pueden quedar en el olvido. Con ellas se dirige también hoy a nosotros:

• “Venid y seguidme”.  La iniciativa es del Maestro. Llama a cuatro pescadores para que lo acompañen por el camino, para que vivan con él y como él, y acepten su misma suerte. 

• “Os haré pescadores de hombres”.  Los llamados son pescadores que ejercen su oficio en el lago de Galilea. Jesús conoce su habilidad y quiere que la apliquen al ministerio que desea confiarles.

• “Ellos dejaron las redes y le siguieron”. El texto subraya la prontitud y el desprendimiento con el que los llamados responden a Jesús. Pero nadie deja todo por nada. Los discípulos de antes y de ahora descubren en Jesús el horizonte de su vida.

- Señor Jesús, también nosotros hemos escuchado tu llamada a seguirte por el camino, poniendo nuestras habilidades al servicio del Evangelio. Gracias por habernos llamado a seguirte. Danos fidelidad en el seguimiento. Amén.

José-Román Flecha Andrés







MAYOR QUE EL PROFETA

Domingo 2º del Tiempo Ordinario. A

19 de enero de 2014


“Es poco que seas mi siervo  y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. Estas palabras de la segunda parte del libro de Isaías (Is 42, 1-7) nos presentan la misión universal del “Siervo de Dios”.

Pascal escribió que cuando llueve en la aldea, algunos párrocos suben al púlpito y anuncian el diluvio. Somos demasiado provincianos. El mundo se extiende mucho más allá de nuestro pueblo. Y la Iglesia es más amplia que nuestra parroquia. Dios desea que la voz de su Siervo llegue hasta el confín de la tierra.   

También en estos tiempos necesitamos creyentes como éste. Los profetas de hoy no pueden limitarse al grupo con el que se identifican. Han de salir a “las periferias existenciales”, como dice el Papa Francisco. Tal vez no podemos incendiar el mundo, pero podemos al menos encender una luz que indique el camino del bien y la verdad.

  

ANUNCIO Y TESTIMONIO


Juan Bautista sabía bien que él no era el Mesías. Ni siquiera lo conocía antes de que le fuera mostrado por el Espíritu. Juan no tenía las respuestas que su pueblo esperaba. Pero podía, al menos, anunciar la llegada del Mesías. Y manifestarlo cuando lo descubrió ya presente entre los hombres.

En el texto que hoy se proclama, Juan manifiesta con humildad su propio descubrimiento (Jn 1,29-34). Ha llegado ya el que es mayor que él mismo.  Ha visto al anunciado por los profetas. Y, entre el Jordán y el desierto,  él realiza su vocación de profeta anunciando su llegada a todos los que le escuchan.  

Claro que Juan no se reserva para sí mismo su descubrimiento. Sabe que la salvación no le pertenece. Quien ha descubierto la verdad no tiene más remedio que comunicarla. Con su palabra y sobre todo con su propia conducta. El anuncio, la profecía y el testimonio son cualidades que se esperan también hoy de los creyentes.


EL CORDERO Y LA PALOMA


Las palabras que el Bautista dirige a las gentes sobre Jesús resumen nuestra fe en el Mesías y orientan nuestra vida de cristianos.  

• “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Jesús es el cordero de la nueva Pascua. Al mirarle a Él, descubrimos nuestro pecado. Y al mirarnos, él nos redime del pecado. Él se ha ofrecido en sacrificio por nuestra salvación.

• “He contemplado al Espíritu que bajaba sobre él como una paloma y se posó sobre él”. El Espíritu que Isaías veía sobre el Siervo de Dios lo ha visto Juan sobre Jesús de Nazaret. Él es la tierra firme que encuentra la paloma tras el diluvio. 

• “Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”. Juan Bautista no habla de oídas. Como él, todos los que hemos experimentado la cercanía del Señor, damos humildemente testimonio de su presencia.

- Señor Jesús, como Juan Bautista, también nosotros hemos descubierto en ti la promesa ya cumplida de nuestra redención.  Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.  Amén.


José-Román Flecha Andrés






EL SIERVO QUE NOS SALVA

El Bautismo de Jesús. A

12 de enero de 2014


“Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero”. Estas palabras resuenan en la primera lectura de la misa de hoy (Is 42, 1-7). Como se ve, se ponen en la boca del mismo Dios. Pertenecen a uno de los poemas del “Siervo de Dios”, que se encuentran en la segunda parte del libro de Isaías.

Ese siervo misterioso está lleno del Espíritu de Dios, promueve el derecho y la justicia, no con violencia sino con la suavidad de los humildes. El Señor lo ha  llamado, lo ha convertido en signo de su alianza con el pueblo, lo ha hecho luz de las naciones y lo ha enviado a abrir los ojos de los ciegos y traer la liberación a los esclavos.

Uno piensa que en todos los tiempos de la historia se necesitaría un hombre como éste. Un verdadero profeta. A él habría que volver los ojos en tiempos de inclemencia y desorientación moral. Si de verdad echamos de menos a una persona como ésta, el mundo no ha perdido la esperanza.


EL PRECURSOR Y EL MESÍAS


Pues bien, la comunidad cristiana ha visto en Jesús de Nazaret la realización histórica de aquel poema. Jesús, es reconocido por el Padre como su Hijo predilecto. Está lleno del Espíritu de Dios. Y es enviado para liberar a todos los oprimidos por las maldades de la humanidad y por sus propios pecados.

El relato del bautismo de Jesús que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 3, 13-17) nos resume la continuidad y la novedad que aporta Jesús a las tradiciones de Israel. La antigua alianza, representada por Juan Bautista anticipa la nueva alianza, la plenitud de la vida y de la santidad que representa Jesús.

Jesús no es un pecador. No necesita el lavado de la purificación. El que está limpio no necesita una nueva limpieza. Jesús no baja a las aguas de Jordán para convertirse de una vida pecadora a una vida santa. La única razón para recibir el bautismo de las manos de Juan es significar que acepta la voluntad de Dios.


DIOS Y SU HIJO


Las palabras que Jesús dirige al Bautista nos revelan el hondo misterio de la vida y la misión de Jesús:

• “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. En el bautismo de Jesús Dios se hace presente. Al apoyar y garantizar la misión de su Hijo predilecto, Dios se nos revela en Jesús de Nazaret.

• “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. La misión de Jesús comienza por la aceptación de la voluntad de Dios. Y revela que Dios quiere continuar sus relaciones de amor y misericordia con toda la humanidad.

• “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Jesús asume los rasgos que se atribuían al humilde “Siervo del Señor”, según el libro de Isaías (Is 42, 1). El signo de su misión salvadora no es el poder sino la humildad y el abajamiento.

- Señor Jesús, al festejar tu bautismo, celebramos el recuerdo del nuestro.  Descubrimos nuestro mal y la misericordia de Dios. Tú, el hijo predilecto del Padre, acógenos como hermanos y enséñanos a cumplir su voluntad. Amén.


José-Román Flecha Andrés





LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS
Domingo 4º de Adviento. A
22 de diciembre de 2013

En un momento de crisis y de miedo ante las invasiones enemigas, el profeta Isaías anunciaba al rey el nacimiento de un niño que llevaría por nombre Emmanuel, es decir “Dios con nosotros”. Una promesa que puede parecer inútil y hasta molesta a todos los que han decidido prescindir de Dios.

En las vísperas de la Navidad la liturgia nos repite una y otra vez que “el mundo espera un Salvador”. En realidad hay muchos que no esperan nada ni esperan a nadie. Algunos, porque todo les empuja a la desesperanza. Y otros, porque viven muy cómodos en el presente y no miran al futuro. 

En realidad, estos últimos se preguntan, de qué podrían ser salvados ellos, que se sienten tan realizados y satisfechos con lo que tienen. Que la celebración de hoy nos ayude a todos a recobrar el don y la tarea de la esperanza, para recibir al Deseado de los pueblos, como lo invoca hoy la antífona del “Magnificat”.


SALVADOR DEFINITIVO

El evangelio según san Mateo que hoy se proclama (Mt 1,18-24) recobra aquella promesa del profeta Isaías y la ve actualizada en la “anunciación” a José: “José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo. María tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados”. 

Jesús es el Salvador definitivo, enviado por Dios al final de los tiempos. Él nos salva de la triple tiranía del tener, del poder y del placer. 

- Nos libra de la desconfianza que experimentamos ante los demás, cuando sólo los consideramos como desalmados competidores, en lugar de verlos como nuestros hermanos.

- Nos libra de una concepción de Dios, que nos llevaba a verlo como un tirano, como el mayor enemigo de nuestra felicidad. 

- Y finalmente, nos salva de lo peor de nosotros mismos. Nos libera de nuestra mentira y de nuestra vaciedad, de nuestro egoísmo y nuestras cobardías, de nuestra vileza y nuestro miedo.

EL NOMBRE QUE NOS SALVA
El nombre de Jesús significa “Dios salva”. Creemos y confesamos que por Él nos ha ofrecido Dios la salvación. En él se nos hace visible cada día nuestra dignidad de hijos amados por Dios. Con Él, por Él y en Él damos gloria y alabanza a Dios.

• Ese nombre de Jesús nos revela ya que la causa humana no está abocada al fracaso. Hay una salvación para quien aspira a vivir con dignidad en el mundo. 

• Ese nombre nos recuerda que, por terribles que parezcan, las fuerzas del mal no pueden sobreponerse a la sencilla majestad del bien. 

• Ese nombre proclama que la salvación no nace de la fuerza o del ingenio del hombre, sino que es siempre un don gratuito de Dios. Pero veamos si podemos colaborar de algún modo concreto en la obra salvadora de Jesucristo.

- “Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra. Ven, Señor Jesús”. 

José-Román Flecha Andrés








EL QUE ESPERAMOS

Domingo 3º de Adviento, Ciclo A

15 de diciembre de 2013

  Santa Teresa de Jesús escribía: “¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar…?” Las noticias de cada día nos hablan de catástrofes naturales, de guerras y atentados. Con mucha frecuencia son los más pobres y marginados los primeros en pagar las consecuencias del mal y de las desgracias.

El texto del profeta Isaías que hoy se lee gira en torno a una consoladora profecía: “Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”. Inmediatamente añade que su venida cambiará la suerte de los ciegos y los sordos, los cojos y los mudos y hará volver a los rescatados del Señor.

El evangelio se hace eco de aquella profecía. De hecho, las mismas señales de curación constituyen la prueba de que Jesús es el Mesías que había de venir. Hoy no podemos ignorar a todos esos enfermos y desvalidos. Hoy hemos de agradecer la misericordia de Dios sobre ellos.



SANACIÓN Y SALVACIÓN

  Desde la mazmorra en la que había sido arrojado por Herodes, Juan Bautista envía a dos discípulos suyos para que interroguen a Jesús sobre su identidad: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús no presenta más credenciales que sus propias obras. Sus acciones coinciden con las antiguas promesas formuladas en el libro de Isaías

Sus acciones que no son meros actos de curación. La sanación corporal es el signo visible de la salvación integral de la persona. Una salvación que solo Jesús puede otorgar. Nadie fuera de él podrá salvarnos. Ni personas, ni instituciones. Ni líderes ni ideologías. Ni objetos de consumo ni loterías. Solo Él es el Salvador. Ese es el contenido central de nuestra fe y de la nueva evangelización.

La salvación del hombre no se reduce a la sanación corporal de las persona, pero no pretende ignorarla. Hoy podemos preguntar por los enfermos que conocemos. O tal vez visitar en una residencia a los ancianos que no conocemos todavía. Y no sólo para “distraerlos”. Podemos tener para ellos las palabras y los gestos de la fe, la esperanza y el amor.



LA GRAN BIENAVENTURANZA

De todas formas, no olvidemos esa bienaventuranza que hoy se proclama. Entre todas las bienaventuranzas que el evangelio pone en boca de Jesús, ésta es especialmente llamativa.

• “¡Dichoso aquel que no pierde su confianza en mí!”. Muchos desearían un Mesías a la medida de sus gustos, un evangelio que aceptara sus caprichos, una Iglesia que bendijera todas sus decisiones. Para la fe cristiana, es dichoso el que no coloca su propia idea del Mesías por encima y contra la realidad del Mesías Jesús.

• “¡Dichoso aquel que no pierde su confianza en mí!”. Contemplemos una vez más su apariencia humilde. Contemplemos su sacrificio. Su pasión y su muerte eran un verdadero escándalo, una piedra de tropiezo. Es dichoso quien supera la tentación de abandonar a Jesús y su evangelio, a Cristo y a su Iglesia.

- Señor Jesús, con el gozo de la esperanza nos preparamos para la celebración de tu Nacimiento. Que no te recibamos de manera indigna. Que te aceptemos siempre como el que eres. Que te acojamos como nuestro Salvador. Amén.

José-Román Flecha Andrés





DONDE LA GRACIA ESTÁ
Inmaculada Concepción de Santa María Virgen
8 de diciembre

“Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielo pisáis, a vos sola no alcanzó la triste herencia de Adán. ¿Cómo en vos, Reina de todos, si llena de gracia estáis, pudo caber igual parte de la culpa original? De toda mancha estáis libre: ¿y quién pudo imaginar que vino a faltar la gracia en donde la gracia está?” Es hermoso este romance de Francisco de Borja (1577-1658) que recitamos en la fiesta de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen. 

En el tiempo del Adviento, la fiesta de la Concepción Inmaculada de María nos alienta en el camino de la esperanza. Somos conscientes de nuestros errores y pecados. A pesar de ellos, Dios ha querido ofrecer a la humanidad un horizonte de perdón y de misericordia, de gracia y de belleza. 

Esta fiesta de María nos lleva a celebrar esta nueva creación. Nuestra oración de hoy brota de una íntima alegría. La de saber que lo que perdió EVA, “la madre de todos los que viven”, ha sido felizmente recuperado gracias al AVE que el ángel Gabriel dirige a María, Madre de todos los redimidos. 

LLENA DE GRACIA

Hoy se nos repite el relato evangélico de la Anunciación a María. En él escuchamos las palabras que le dirige el ángel del Señor: “María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios”. Ese saludo convierte a María en imagen de todo el género humano. Con él se inicia el gran Adviento de la historia humana. Con él renace la esperanza. 

Desde lo más hondo de su existencia, María refleja fielmente la misericordia de Dios y sabe traducirla en fidelidad. Dios nos crea y nos sostiene. María gozó durante toda su vida de la plenitud de la gracia y de la salvación. Fue una persona fiel en todo al proyecto de Dios. También a nosotros, Dios se nos da gratis, pero espera nuestra respuesta. 

La sintonía de María con la salvación ofrecida por Dios a la humanidad es un don gratuito, pero encontró en ella una respuesta libre y generosa. Muy pobre es nuestra fe si no logra superar el temor y no nos ayuda a aceptar el don de la gracia que Dios nos ofrece cada día. 

La humanidad no tiene nada que temer de la divinidad. Dios no es un enemigo de la causa y de la libertad humana. Dios nos ofrece su amable cercanía. Como dijo Benedicto XVI, “el hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo”.

ABOGADA DE GRACIA

Hoy nuestro corazón se esponja en la contemplación de la decisión de Dios de ofrecer a la humanidad un rayo de esperanza. Con el prefacio de la misa de esta solemnidad nos gozamos en la limpieza de María:

• “Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente”. Esta mirada al pasado de nuestra historia nos invita a dar gracias por el don de la salvación. A la vista del mal y de la corrupción de este mundo, con frecuencia nos dejamos vencer por el pesimismo.

• “Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”. Y esta mirada a nuestro presente nos lleva a recobrar la esperanza. Tratemos de descubrir los signos de esperanza que se encuentran en nosotros mismos, en los demás y en toda la sociedad.  

- “Oh Dios, por la concepción inmaculada de la Virgen María preparaste a tu hijo una digna morada. En previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado. A nosotros concédenos por su intercesión llegar a ti limpios de todas nuestras culpas. Amén”.


José-Román Flecha Andrés
 


ADVIENTO Y ESPERANZA
Domingo 1º de Adviento. Ciclo A
1 de diciembre de 2013


Una vez más estamos en el tiempo de Adviento. Durante estas cuatro semanas preparamos la celebración de la fiesta del nacimiento de Jesús. Pero no sólo eso. El Adviento es el tiempo que resume toda nuestra vida. En este tiempo se nos invita a redescubrir la virtud de la esperanza. Y a vivir como quienes están de camino. 

En este itinerario del Adviento nos acompañan, sobre todo, las figuras del profeta Isaías, de Juan el Bautista y de María la Madre de Jesús. 

En este primer domingo, recordamos cómo Isaías invitaba a las gentes de su pueblo a marchar por las sendas del Señor, a repensar nuevas estrategias para la paz y a caminar a la luz del Señor. En ese camino había de encontrarse Israel con todos los demás pueblos de la tierra. La esperanza o es universal o no es esperanza (Is 2, 1-5). 

ORACIÓN Y TAREA
En este nuevo año litúrgico leeremos el evangelio según San Mateo. En el texto que hoy se proclama (Mt 24, 37-44) escuchamos este aviso: “A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”. En tiempos de Noé las gentes vivían despreocupadas y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio. El evangelio nos invita a vivir atentos y despiertos. 

Con frecuencia vivimos olvidando lo que somos y lo que esperamos. Estamos llamados a vivir esperando la manifestación del Señor y la plenitud de su Reino. La esperanza nos exige vivir despiertos, atentos a los signos de los tiempos. 

En la eucaristía repetimos con frecuencia la súplica con que se cierra el libro del Apocalipsis: “Ven, Señor Jesús”. Tendremos que preguntarnos si de verdad vivimos esperando, deseando y anticipando la manifestación del Señor. Orar bajo el signo de la esperanza, no significa manifestar nuestro descontento con la realidad de este mundo. 

Al contrario. Como nos ha dicho el Concilio Vaticano II, “La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo” (GS 39). 

VIGILANCIA Y ESPERA

Hoy encendemos la primera de las velas en la corona del Adviento. A su luz escuchamos las dos exhortaciones que nos dirige Jesús, también en nuestro tiempo:

• “Estad en vela porque no sabéis cuándo vendrá vuestro Señor”. Nos mantenemos despiertos, no por temor al que viene sino con la gozosa espera del que ama. Además de velar y orar, dedicamos un momento a buscar algunos signos por los que el Señor nos indica el camino que hemos de seguir para anunciar y preparar su venida.


• “Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”. Esta última frase no es una amenaza, sino una preciosa advertencia. En cualquier momento de la historia humana puede hacerse evidente que el Señor está con nosotros. Para el buscador de pepitas de oro cualquier momento puede ser el que cambie su suerte. Hay que estar atentos.


- Señor Jesús, andamos preocupados por mil cosas y nos enzarzamos en discusiones sin sentido. No permitas que perdamos de vista la realidad que nos circunda. Ayúdanos a descubrir en ella los signos de tu presencia. Y a esperarte cada día con amor. Amén.


José-Román Flecha Andrés
CONVERSIÓN Y SALVACIÓN
Domingo 31 del Tiempo Ordinario. C
3 noviembre de 2013

“Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan... A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”. El autor del libro de la Sabiduría sabe que el Señor nos recuerda nuestro pecado, no para avergonzarnos sino para que nos convirtamos a Él. (Sab 11, 22-12,2). 

Es importante subrayar las dos caras de la moneda. En primer lugar, desconfiar de la misericordia y del perdón de Dios sería una señal de que no lo conocemos bien. Su poder no se manifiesta en el rechazo, sino en el perdón. Él no odia nada de lo que ha creado. Y menos puede odiar al ser humano, al que ha creado a su imagen. 

En segundo lugar, confiar en el perdón de Dios no puede hacernos olvidar la gravedad del pecado. Esta dramática realidad no puede ser trivializada. El pecado es nuestra propia ruina. Por eso, el Dios que nos ama nos corrige poco a poco, nos recuerda nuestra falta y nos reprende para que nos convirtamos a él. 

TRES MOMENTOS Y UN CAMINO
El evangelio según San Lucas presta una atención especial a los pobres y al dinero. En el evangelio que hoy se proclama aparece la figura de Zaqueo, jefe de los cobradores de impuestos y rico (Lc 19, 1-10). El primer acto nos dice que desea ver a Jesús que llega a la ciudad de Jericó. Pero su baja estatura le impide descubrirlo por encima de la multitud.

El segundo acto se desarrolla posiblemente a la entrada de la ciudad. Para superar la dificultad, Zaqueo se adelanta a la gente y sube a un sicómoro, una especie de higuera de madera incorruptible. Seguramente se cree protegido por las hojas de aquel árbol, como lo creía Adán. Pero Jesús lo descubre y se invita a alojarse en la casa. 

El tercer acto del relato nos lleva a la casa de Zaqueo. La alegre acogida que presta al Maestro suscita la murmuración de algunos. Pero Zaqueo se sitúa por encima de las críticas. Reconoce en público su pecado, promete compartir sus bienes con los pobres y restituir cuatro veces más de lo que ha podido adquirir injustamente. 

Este relato es un resumen del evangelio. Los pasos de Zaqueo son los mismos que ha de recorrer el creyente en el camino de la fe y la conversión: desear encontrarse con Jesús, acogerlo en la propia casa, confesar el propio pecado y prometer un futuro de generosidad.

TRES REVELACIONES

Pero junto a estos momentos, el texto evangélico recoge tres declaraciones de Jesús en casa de Zaqueo que resumen la misión del Mesías:

• “Hoy ha sido la salvación de esta casa”. Jesús es el Salvador. Con ese nombre lo había anunciado el evangelio de Lucas (Lc 1,31). Jesús no desprecia el mal ni quita importancia al pecado de injusticia que haya podido cometer Zaqueo. Pero no llega a la casa del pecador para reprenderle sino para traerle la salvación. 

• “También éste es hijo de Abrahán”. El mismo evangelio de Lucas ha dicho que, tras su muerte, el pobre Lázaro es acogido en la compañía de Abrahán (Lc 16,22). Por su conversión, también el rico Zaqueo forma parte de la familia espiritual de Abrahán, el padre de los creyentes. 

• “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Evocando una oveja, una moneda y un hijo que se va de casa, el evangelio de Lucas ha recogido las tres parábolas de las pérdidas, la búsqueda y el hallazgo (Lc 15). Ahora sabemos que la búsqueda del hombre perdido resume la misión misma de Jesús. 

- Señor Jesús, tú conoces nuestra historia y el fondo de nuestra conciencia. Ayúdanos a salir a tu encuentro y acogerte con alegría. Acepta nuestra humilde confesión y danos el gozo de la salvación que tan generosamente nos concedes. Amén.  

José-Román Flecha Andrés
 
UNA ORACIÓN HUMILDE
Domingo 30 del Tiempo Ordinario. C
27 de octubre de 2013

“Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia”. Esta certeza del poder de la oración de los pobres nos recuerda la parábola de la viuda y el juez injusto que se proclamaba el domingo pasado. El libro del Eclesiástico reafirma hoy esa creencia (Eclo 35, 15-22). 

Muchas veces hemos contemplado la parcialidad de las personas y de las instituciones. Con frecuencia hemos tenido que padecerla, en nosotros mismos o en las personas más cercanas a nosotros. En cambio, la Escritura nos dice hoy que “El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre y escucha las súplicas del oprimido”.

Si Dios muestra alguna preferencia la dirige precisamente a los más débiles y necesitados de protección. Por eso, es un error decir que la fe es alienante. Quien cree en Dios y trata de vivir según Dios no puede desentenderse de los últimos de la tierra. Cuando estos se dirigen a Dios, Él los escucha. 

EL PRETEXTO Y LA VERDAD

Tantas veces presente en el evangelio según San Lucas, la oración es de nuevo el tema central del evangelio de hoy (Lc 18,9-14. A la parábola de la viuda y el juez inicuo sigue hoy la parábola del fariseo y el publicano. Con ella se nos dice que no basta con orar. Existe una piedad falsa y escandalosa. Y otra piedad humilde, es decir verdadera.

• El fariseo emplea muchas palabras para orar. Es cierto que levanta su mente hacia Dios con gratitud. Pero no ora ante Dios sino ante un espejo. Su acción de gracias es un pretexto para alabarse a sí mismo. Está convencido de que su salvación depende solo de sus ayunos y limosnas. Se atribuye una limpieza que es un don de Dios.

• El publicano cobra los tributos que ha de entregar al Imperio. Es visto por todos como un colaboracionista y un pecador. Nadie lo considera inocente y en nadie puede apoyarse. Su oración es pobre y elemental en la forma. Admite su verdad y se dirige a Dios con la humildad de quien sabe que sólo puede encontrar la salvacion en la misericordia de Dios. 

EL PECADO Y LA COMPASIÓN
Tanto el fariseo como el publicano creen en Dios. Pero su forma de orar nos revela en qué Dios creen en realidad. Al decir que el publicano alcanzó la justicia y santidad de Dios, Jesús nos invita a aprender el espíritu de su oración. 

• “Oh Dios, ten compasión de este pecador”. Esta oración nos lleva a revisar nuestro pasado y descubrir en él el rastro y las cicratrices del pecado. De nuestra rebeldía ante Dios. O de nuestra indiferencia ante nuestros hermanos. 

• “Oh Dios, ten compasión de este pecador”. Esta oración nos invita a sentir de verdad la seriedad del pecado. Y, al mismo tiempo, a confesar, con San Bernardo, que Dios no padece, pero sí que se compadece. 

• “Oh Dios, ten compasión de este pecador”. Esta oración nos exige admitir y confesar que solo Dios es Dios. Solo Él nos puede perdonar y aceptar como somos. Sólo él conoce nuestra verdad y nos puede redimir en su misericordia. 

- Padre nuestro celestial, tú no sólo ves la injusticia de este mundo sino que conoces nuestra más íntima verdad. Ten piedad de nosotros y no permitas que busquemos nuestra justificación en las obras de nuestras manos. Porque solo tu eres Santo. Amén.  

José-Román Flecha Andrés
DON Y TAREA DE LA FE
Domingo 27 del Tiempo Ordinario. C
6 de octubre de 2013

“El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”. Ese es el mensaje que nos transmite hoy el profeta Habacuc (Hab 1,23: 2, 2-4). Todo le hacía presentir la invasión de los caldeos sobre Palestina, que habría de tener lugar el año 597. a. C. 

Ante sus ojos se desplegaba una situación de injusticia y de violencia, de luchas y contiendas. El profeta intuía que un país no puede sostenerse sobre el mal y la corrupción. La ética social es la base de la paz y de la prosperidad en el presente. Y es la garantía de la esperanza en un futuro humano y humanizador.

Por otra parte, la probable invasión de los caldeos no vendría a aportar una solución. Todo lo contrario. La crueldad, la rapiña, la muerte y el destierro se perfilaban como negros fantasmas sobre el horizonte del país. En ese momento, la palabra de Dios advierte al profeta que sólo la fe ayudará a los creyentes a descubrir el sentido de tanto dolor.

EL TRÍPODE DE LA FE

La fe aparece de nuevo en el texto evangélico que se proclama en este domingo (Lc 17, 5-10). Tres ideas principales lo recorren: la fuerza, el servicio y la gratuidad de la fe.

En primer lugar, a una súplica que le dirigen los apóstoles, Jesús responde con una frase tan asombrosa como verdadera. Según él, bastaría un granito de fe para arrancar de raíz una morera y plantarla en el mar. Tal exageración subraya la eficacia impensable de la fe y deja al descubierto la debilidad de nuestra creencia.

En segundo lugar, la inmediata referencia al amo que se dispone a servir a su criado nos dice que eso sólo es posible gracias a la fe. De ella brota la fuerza que arranca y traslada la morera. Un granito de fe nos bastaría para cambiar las estructuras injustas de este mundo. Y para transformar en servicio humilde la altanería y el orgullo que nos ciegan. 

En tercer lugar, hay una palabra también para el criado. El que ha hecho lo que le había sido mandado, no puede arrogarse un mérito especial. Los creyente no pueden presentarse ante Dios exigiendo premios y prebendas. Reconociendo la gratuidad de la fe, han de repetir con humildad: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.

EL AUMENTO DE LA FE

Con todo, no se puede olvidar la petición que los apóstoles dirigen al Señor. Con ella se abre esta meditación sobre la fe. 

• “Auméntanos la fe”. Esa oración ha de ir ritmando el camino diario de todo creyente. La fe es llamada y respuesta. La fe es un don que nos ha sido concedido gratis, pero ha de ir creciendo gracias a Dios y mediante nuestra humilde colaboración.  

• “Auméntanos la fe”. Esa oración somete a revisión el itinerario histórico de la Iglesia, “santa y necesitada de purificación”. Llamada a creer en su Señor, la Iglesia sabe que la fe crece cuando se anuncia, se celebra y orienta el humilde servicio al hombre.

• “Auméntanos la fe”. Esa oración puede iluminar los pasos de toda la humanidad. Todo ser humano necesita creer y ser creído. También el no creyente, por ser humano, ha de mantenerse abierto a la búsqueda del sentido de la existencia. 

- Padre nuestro celestial, tú ves la injusticia de este mundo y conoces el espesor de nuestro miedo. Que la fe en tu presencia sostenga nuestra vida. Y que tu misericordia nos enseñe a servir a nuestros hermanos con generosidad y gratuidad. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 


EL RICO Y EL POBRE
Domingo 26 del Tiempo Ordinario. C
29 de septiembre de 2013

Divanes lujosos sobre los que se recuestan los comensales. Espléndidos banquetes, Música escogida. Vinos de solera y los mejores perfumes del mercado. Esos son los ingredientes de los acomodados, tal como los percibe Amós (Am 6, 1. 4-7). Él es un pastor venido de la estepa. Y ese lujo le hace presentir un desastre nacional. 

Nunca pretendió ser profeta. Pero de sus labios brota una profecía que resuena como un trallazo: “Irán al destierro, a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos”. En este texto el profeta no denuncia una especifica inmoralidad. Sí que lo hará en otros pregones, al clamar contra la injusticia que soportan cada día los más pobres (Am 8, 4-7).

Sin embargo, ya la sola ostentación de esa vida acomodada le parece al pastor una blasfemia y un insulto a Dios. Dios no es enemigo de la alegría y de la felicidad del ser humano. Pero en la búsqueda exclusiva de las satisfacciones hay un riesgo innegable de abandonar el camino que lleva a la felicidad.

EL CAMBIO DE SUERTES
El evangelio que hoy se proclama es más explícito al presentar el doble escenario en que se representa el drama de la humanidad. Hay un hombre que demuestra su riqueza por sus vestidos de lujo y por los espléndidos banquetes que organiza cada día. Y un mendigo hambriento y cubierto de llagas, al que sólo se acercan los perros (Lc 16, 19-31).

El contraste es violento y ofensivo. El rico no tiene nombre: sólo tiene riquezas. El mendigo tiene nombre y dignidad. Se llama Lázaro. A pesar de sus diferencias, la muerte alcanza a los dos. En un segundo acto, más allá de la frontera de la vida, de nuevo se diferencian los dos. Pero la suerte ha sido profundamente cambiada.

El pobre participa de la herencia de Abrahán, mientras el rico es sepultado en el infierno y atormentado por sus llamas. La desgracia del pobre se torna ahora en consuelo, mientras que el fasto del rico se convierte en tortura. Ante las súplicas del rico queda claro que la suerte ha sido cambiada, sin posibilidad de tránsito de un lugar a otro. 

LA PALABRA Y LA VIDA
Todavía hay un tercer acto. El rico dirige dos nuevas súplicas en favor de sus hermanos. Desea que el padre Abrahán envíe a Lázaro para que les advierta del riesgo que corren de caer en el mismo lugar de tormentos. Las dos respuestas de Abrahán pueden aplicarse a todos los siglos de la historia:

• “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. La escucha de la palabra de Dios es el primer paso en el camino de la fe. En ella encontramos el camino de la luz y de la vida. Los creyentes en el Dios que habla no podemos ignorar su palabra.  

• “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Nuestra fantasía y nuestro afán de novedades nos seducen. No son las apariciones las que nos revelan a Dios, sino la palabra con que nos ha manifestado su amor y su justicia.

- Padre nuestro celestial, en nuestro mundo conviven sin encontrarse los pobres y los ricos. Enséñanos a crear un mundo fundado en la fraternidad. Queremos escuchar la palabra que nos has dirigido para orientar nuestra vida de acuerdo con tu voluntad. Amén.

José-Román Flecha Andrés

LA OVEJA Y LA MONEDA
Domingo 24 del Tiempo Ordinario. C
15 de septiembre de 2013

“El Señor se arrepintió de la amenza que había pronunciado contra su pueblo“. Es el hombre quien ha de arrepentirse de sus malos pensamientos, de sus malos deseos, de sus malas acciones y omisiones. Por eso nos llama la atención que Dios se arrepienta de un propósito que había formulado. Pero así nos lo dice el libro del Éxodo (Ex 32,14).

Esta frase se sitúa en el contexto de un episodio escandaloso. El pueblo de Israel ha sido liberado por Dios de la esclavitud, pero parece confundir al único Dios con uno de los ídolos que había visto en Egipto. Y decide adorar un ternero de oro. Esa idolatría refleja su desesperanza y su nostalgia. En lugar de seguir al Dios que nos libera y nos invita a caminar hacia adelante, también nosotros preferimos refugiarnos en una comodidad adormilada.

El relato bíblico nos dice que Moisés intercede por su pueblo ante el Señor. Le pregunta si va a olvidar lo que ha hecho por Israel y las promesas con las que se ha comprometido a protegerlo. Y Dios decide ser fiel a sí mismo, a pesar de la infidelidad de su pueblo. 

LA PÉRDIDA Y EL HALLAZGO

Pues bien, esta imagen de un Dios misericordioso y compasivo resume todo el mensaje de Jesús. En el Evangelio según San Lucas esta idea de la compasión se refleja en las tres parábolas de las pérdidas y los hallazgos. En el texto que hoy se proclama leemos las dos primeras. Se nos habla de la pérdida de una oveja, reencontrada por el pastor y de la pérdida de una moneda buscada por su dueña (Lc 15, 1-10).

En ambos casos se pasa del nerviosismo a la paz, de la búsqueda al hallazgo, y de la soledad a la compañía. Ni el hombre ni la mujer gozan a solas de su satisfacción. Quien encuentra la oveja comunica la buena noticia a los amigos. Quien encuentra la moneda, comparte esa buena noticia con las vecinas.

En ambos casos, los protagonistas exclaman con alborozo: “¡Felicitadme!” No pretenden ser felicitados por la pérdida, sino por el hallazgo. La pérdida pertenece ya al pasado. Y ante el gozo del hallazgo se olvida la fatiga de la búsqueda. 

CONVERSIÓN Y ALEGRÍA
Con todo, la peripecia del pastor y de la mujer van más allá de sí mismas. Estas parábolas apuntan a las relaciones del hombre con Dios. Las dos parábolas se cierran con una hermosa conclusión que se pone en boca de Jesús.   

• “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”. El pastor tiene cien ovejas, pero dedica toda su atención a la que se ha perdido. Cada uno de nosotros merece la atención de Dios.  

• “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”. La mujer tiene diez monedas, pero entrega su tiempo y su vida para buscar a la que se le ha perdido. Ni puede ni quiere prescindir de ella. 

• “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”. Los justos son la alegría de Dios. Pero mayor alegría hay cuando alguien descubre el bien, la verdad y la belleza que solo pueden encontrarse en Dios.

- Padre celestial, reconocemos que somos pecadores. Pero sabemos que el pecado no es una fatalidad. Tú sales cada día a buscarnos. Nuestra pérdida nos daña a nosotros. Pero el hallazgo es una alegría para ti, que nos amas y nos buscas. ¡Bendito seas!


José-Román Flecha Andrés


LA CRUZ Y LA TORRE
Domingo 23 del Tiempo Ordinario. C
8 de septiembre de 2013

“¿Quién rastreará las cosas del cielo, quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? Solo así fueron rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprendieron lo que te agrada; y la sabiduría los salvó“. Una buena pregunta y una buena respuesta. No deberíamos olvidar estas palabras del libro de la Sabiduría que que se leen en la misa de este domingo (Eclo 3, 17-18.20).

Decimos que hoy a nadie interesan las cosas del cielo. Que muchos viven “como si Dios no existiera”. Pero en su carta “La Puerta de la fe”, Benedicto XVI escribía que muchas personas en nuestro contexto cultural, aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo” (PF 10).

A unos y a otros se nos dice que el camino no es fácil si no contamos con la sabiduría de Dios. No se trata de saber más cosas, sino de saborear el proyecto de Dios, de aceptarlo y de convertirlo en hoja de ruta para nuestra peregrinación.


RENUNCIA Y LIBERTAD
En Jesús se ha hecho carne esa sabiduría de Dios. Él nos precede por el camino. Nos invita a seguirlo. Y a calcular nuestras fuerzas para construir la torre: es decir para llevar la fe a su cumplimiento. En el evangelio de hoy (Lc 14, 25-33), Jesús señala tres relaciones que han de ser revisadas y repite tres veces la referencia a sí mismo y el riesgo del desvío. 

• La tres relaciones nos remiten a los lazos familiares (v. 26), a la posesión y disfrute de los bienes (v. 33) y al cómodo apego a la propia vida (v. 26). No podemos vivir sin esos anclajes. Pero habrá que ver si estamos dispuestos a verlos a la luz de la sabiduría de Dios. La llamada al seguimiento de Jesús es una llamada a la libertad. Ese es el punto de partida.

• Las tres referencias a su persona señalan la característica propia del discipulado. “Si alguno se viene conmigo”…, “detrás de mí”…, “discípulo mío”. El itinerario es difícil, pero el Maestro lo ha dejado bien trazado. Nadie va con el Señor para triunfar en la vida. La llamada a la libertad es una llamada al seguimiento de Jesús. Ese es el punto de llegada.

• Junto a esas tres relaciones y referencias, se encuentran otras tres negaciones: “No puede ser discípulo mío”. Esa es la grandeza de la libertad. La persona puede hacer su opción fundamental. Y esa es la limitación de la libertad. Que no siempre nuestras opciones nos llevan a vivir como discípulos del Señor y a construir la torre del Reino de Dios.

 LA CRUZ Y EL CAMINO
“¿Seguís al Señor sin cruz? Pues no vais tras él. Muchos se venían cuando predicaba en los montes, en el campo y en los templos, y de cuantos siguieron entonces no hubo uno que le ayudase a llevar la cruz... No hay quien se aparte del mal por Jesucristo y le ayude a llevar la cruz”. Así predicaba San Juan de Ávila con palabras que recuerdan las de Jesús.

• “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. No es el Señor quien nos impone la cruz. Creyentes o no creyentes, algún día encontraremos el dolor. Basta esperar lo suficiente. A todos nos tocará un día llevar nuestra cruz. Pero el Señor nos invita a llevarla tras Él. Es decir, a ver cómo él nos precede en el camino y a seguirle con su espíritu 

• “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser dicípulo mío”. Esas palabras no se dirigen solo al cristiano individual. Ese es el camino de toda la Iglesia. No puede eximirse de llevar la cruz una comunidad que dice seguir y confesar al Crucficado. La persecución no es un accidente de la historia. La comunidad cristiana sabe bien cuál es el camino del Señor. 

- Señor Jesús, tú sabes con qué ánimo hemos comenzado a construir la torre de nuestra fe. Que tu gracia nos ayude a perseverar en el esfuerzo. Que nuestra pereza o nuestra inconstancia no justifiquen las burlas y el rechazo a tu mensaje de vida y de esperanza. Amén.

 José-Román Flecha Andrés
 EL HUMILDE Y EL CÍNICO
Domingo 22 del Tiempo Ordinario. C
1 de septiembre de 2013

 “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes”. Son hermosos y siempre actuales estos consejos de Jesús, hijo de Sirac, que recoge la primera lectura de la misa de este domingo (Eclo 3, 17-18.20).

Efectivamente, la misma experiencia nos dice que las personas más sencillas son las más agradables en la vida social. Además, los más humildes están con frecuencia más dispuestos a escuchar la palabra de Dios. Y a percibir el paso de Dios en los acontecimientos y, sobre todo, en la vida de cada día.

El texto bíblico es muy realista. El sabio, en efecto, contrapone a la actitud del humilde la soberbia del orgulloso: “No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta” (Eclo 3, 28). Otras traducciones nos recuerdan que “para la adversidad del orgulloso no hay remedio, pues la planta del mal ha echado en él raíces”.

HUMILDAD Y GRATUIDAD

El evangelio que hoy se proclama recoge un hecho que parece una parábola (Lc 14, 1.7-14). Es un sábado: día de oración y descanso. Jesús es invitado a comer en casa de un fariseo importante. Observa que los invitados se apresuran a escoger los primeros puestos. Y el Maestro aprovecha la ocasión para impartir dos consejos aparentemente muy humanos. 

- El primero se dirige a los invitados a un banquete. Quien elige uno de los primeros puestos puede verse en el bochorno de ser obligado a cederlo a otro invitado más importante. Pero quien elige uno de los últimos, puede verse honrado cuando lo inviten a situarse en un puesto de más prestigio. Así que conviene ser humilde y modesto.

- El segundo consejo se dirige al anfitrión que ofrece el banquete. Quien convida a sus amigos, a sus parientes o a sus vecinos ricos, espera ser recompensado con otra invitacion semejante. Eso es lo habitual. Quien convida a pobres, lisiados, cojos y ciegos parecerá ir contra corriente. Porque generalmente no recibirá una invitacion semejante. 

Los dos consejos parecen normas de conducta o de protocolo social. Pero Jesús las eleva al rango religioso, mediante la bienaventuranza que sigue al segundo consejo: “Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagaran cuando resuciten los muertos”. Así que la humildad va unida a la generosidad de quien ama gratuitamente. Porque así es como ama Dios.


SOBERBIA Y HUMILDAD

“Toda afectación es mala”, se repite varias veces en el Quijote. Cualquier manual de educación nos exhortará a ser modestos y sencillos. Todo este relato responde, pues, a una experiencia humana y muy humana. Sin embargo, encierra una profunda lección de fe. No sólo habla del hombre, sino de Dios. Basta reflexionar sobre la frase central.



• “Todo el que se enaltece será humillado”. Quien se enaltece a sí mismo se coloca con frecuencia en el puesto del mismo Dios. Olvida su profunda verdad y se engaña a sí mismo. “De soberbia y vanagloria os libre Dios”, escribe Santa Teresa. Cuanto más alto sube el necio más estrepitosa es su caída.



• “El que se humilla será enaltecido”. El modelo es el mismo Cristo, que se abajó hasta someterse a la muerte y muerte de cruz, por lo cual fue ensalzado hasta recibir un nombre sobre todo nombre (cf. Flp 2, 6-11). Quien de verdad ama a Dios, va por el valle de la humildad, como escribe también Santa Teresa.



- Señor Jesús, tú nos has convidado al banquete de tu Reino. Que tu gracia nos ayude a vivir en la Iglesia y en el mundo con la sencillez de los pobres y los humildes. Porque “tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”. Amén.

 José-Román Flecha Andrés


LA GRAN MESA DEL REINO
Domingo 21 del Tiempo Ordinario. C
25 de agosto de 2013


“Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones…y anunciarán mi gloria a las naciones”. Estas palabras pertenecen a un oráculo de Dios que aparece en la última parte del libro de Isaias que se lee en la misa de este domingo (Is 66,18-21). 

Este texto en prosa, con el que se concluye el libro, parece reflejar las ideas de universalidad que suscitó el paso de Alejandro Magno y la caída del imperio persa. El profeta anuncia la llegada de todos los pueblos. En Jerusalén serán testigos de la gloria del Señor. Él hará un prodigio en medio de ellos y enviará a los supervivientes como mensajeros ante toda la humanidad entonces conocida.  

Es impresionante esa esperanza que orienta la mirada hacia el futuro. Todas las naciones que antes mostraron su enemistad a Israel serán admitidas a formar parte de ese pueblo. Es más, habrán de ser enviadas por el Señor a una misión universal que nunca hubieran sospechado. Realmente, los planes de Dios son impensables.


LOS DE CERCA Y LOS DE LEJOS
El evangelio no es sólo una profecía. Pero es también una profecía. Y lo es no solo porque anuncie el futuro al que estamos llamados los creyentes, sino porque abre una perspectiva a las esperanzas de toda la humanidad. Así lo vemos en el texto que hoy se proclama (Lc 13, 22-30).

Comienza con una pregunta que uno dirige a Jesús: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” A esa cuestión teórica Jesús responde con una exhortación práctica: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. A continuación añade Jesús que algunos que se dicen creyentes no entraran por ella, mientras que algunos paganos encontrarán el camino.

Los de casa siempre han dado por cierta la salvación. Confiaban en sus muchos rezos y en las ceremonias religiosas con las que pretendían disfrutar de su amistad con Dios y dar un público testimonio de ella. A la hora de la verdad, descubrirán que esos signos externos no les garantizaban la vida eterna. Serán excluidos de la cercanía de los patriarcas y profetas. 

 Los otros, los que parecían enemigos de Dios y de su pueblo, llegarán de los cuatro puntos cardinales “y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. La imagen del banquete es muy elocuente. Y la lección es clara. Los que llegan de lejos están más cerca de Dios que los que siempre habían profesado creer en el Dios de sus padres.

MISERIA Y FELICIDAD

En el centro del evangelio de hoy resuena la invocación con la que unos y otros pretenderemos entrar a formar parte del banquete del Reino de Dios.  

• “Señor ábrenos”. Esa habría de ser la petición más importante en la oración de un creyente. Muchas veces le pedimos al Señor la salud para nosotros o para nuestros seres queridos. Y no está mal. Con esas peticiones reconocemos su grandeza y nuestra debilidad. Pero, sobre todo, deberíamos pedirle que nos admita en su eterna intimidad. 

• “Señor ábrenos”. Esa habrá de ser siempre la oración de la Iglesia. Llamada a dar testimonio de la presencia del Señor en el mundo, anuncia que un día se manifestará la verdad salvadora de su Reino. Y bien sabe la Iglesia que el ser admitidos a ese banquete es una gracia misericordiosa de Dios. Solo él puede abrirnos la puerta. 

• “Señor ábrenos”. ¡Ya nos gustaría que esa fuera la oración de toda la humanidad! Los que aún no han abierto su puerta al Señor o la han cerrado, pueden confiar siempre en su misericordia. Esperamos que todos comprendan que “la felicidad de esta vida, comparada con la felicidad eterna es una auténtica miseria” (San Agustín, “Ciudad de Dios”, 19, 10).


- Señor Jesús, nos alegra saber que muchas gentes, de todo pueblo y condición, te buscan, aun sin conocerte. Muéstranos a todos el camino para que reconozcamos la verdad que conduce a la vida eterna. Amén.   

José-Román Flecha Andrés

 


LA MISIÓN DEL PROFETA
Domingo 20 del Tiempo Ordinario. C
18 de agosto de 2013

“Muera ese Jeremías porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad, y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo sino su desgracia”. Así suena la acusación contra el profeta Jeremías que los príncipes presentan ante el rey Sedecías, según se lee en la primera lectura de la misa de este domingo (Jer 18, 4-6. 8-10). 

Es esta una acusación típica de todos los que quieren deshacerse de un hombre que al anunciar la palabra de Dios, denuncian las malas acciones de sus vecinos. El profeta interpela e inquieta. Por eso pretenden acallarlo. Y la acusacion más habitual es siempre esa: este hombre rompe la paz social. 

Es ciero que el profeta pone en peligro la paz y la tranquilidad de algunos. Sobre todo la paz que se asiente sobre la injusticia o sobre el miedo. En lugar de escuchar su mensaje, algunos pretenden acallarlo. Menos mal que en este caso aparece un hombre que pone en evidencia la maldad de los acusadores y el rey manda rescatar al profeta. 

UNA FAMILIA DIVIDIDA
El evangelio no es un calmante que nos ayuda a conciliar el sueño en las noches en que nos asaltan las preocupaciones. Tampoco es un seguro contra los accidentes o las desgracias. El mensaje de Jesús no nos libra de la enfermedad ni de la muerte natural. Nunca deberíamos pretender utilizarlo como un tranquilizante. 

Según San Ambrosio, puede resultar dura la narración que hoy se proclama (Lc 12,49-53), Jesús es consciente de que su mensaje no dejará indiferentes a sus oyentes. Sabe que desencadenará inquietud en las personas y graves divisiones en el seno de las familias. Hasta los hijos se enfrentarán a sus padres, aparentemente por causa de la fe.

Evidentemente, Jesús estima la familia humana. El texto no revela la intención de dividirla, sino que nos da cuenta de lo que efectivamente sucedió en las primeras comunidades. Y de lo que habría de suceder a lo largo de los siglos. Muchos cristianos han sido denunciados por sus mismos familiares. 

También hoy las familias se encuentran divididas por el fundamentalismo de los miembros que se han pasado a otro grupo religioso. O por los familiares que se burlan de los que tratan de mantener la fe. O por los jovenes que buscan su afirmación personal renegando de la fe de sus padres. Claro que, según San Ambrosio, también cabe lo contrario: que los hijos que siguen a Cristo saquen ventaja a sus padres paganos o paganizados.


EL FUEGO Y EL BAUTISMO
No podemos ignorar la frase con la que comienza este texto evangélico: “He venido a prender fuego a la tierra. ¡Y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! Dos partes paralelas que encierran un único mensaje.   

• “He venido a traer fuego en el mundo”. El fuego suele ser visto como el símbolo del amor. En las páginas bíblicas es también el símbolo del juicio. El fuego purifica los metales. Y a él se arroja la paja. La misión de Jesús somete a crisis y discernimiento los pretendidos valores de este mundo.

• “Con un bautismo tengo que ser bautizado”. En la pregunta que Jesús dirige a los hijos de Zebedeo, el bautismo significa el martirio (Mc 10,38). Jesús prevé que el fuego que ha de derramar sobre la tierra brotará de su pasión y muerte. Y a ese sacrificio se encamina voluntaria y generosamente.

- Señor Jesús, las gentes te comparaban con Jeremías y tenían razón. También tú fuiste y eres acusado injustamente. Nosotros sabemos que no eres enemigo del pueblo. Te reconocemos como el príncipe de la paz. Pero reconocemos nuestra culpa en las divisiones que provoca tu evangelio. ¡Oh Cristo, ten piedad! 

José-Román Flecha Andrés

 


LA COSECHA Y LOS GRANEROS
Domingo 18 del Tiempo Ordinario. C
4 de agosto de 2013


La codicia por los bienes de la tierra parece justificar muchos de los esfuerzos de los hombres. La lucha por conseguir un trabajo, los mil esfuerzos que nos cuesta, la preocupación de perderlo, la búsqueda de otro trabajo para hacer algunas horas suplementarias. Seguramente, todo eso nos resulta conocido.

El libro del Eclesiastés que hoy se lee comienza afirmando que todo en este mundo es vanidad, es decir, vaciedad (Ecl 1, 2). Pero añade una nota referida concretamente al trabajo. (Ecl 2, 21-23). Es una observación que ya debía de ser preocupante en su tiempo: “Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado”.



El centro de la cuestión no está aquí en el trabajo sino en esas palabras que evocan la muerte: “Tener que dejar” el fruto del propio trabajo. El Papa Francisco ha dicho con humor y realismo que, detrás de un coche fúnebre, nunca se ve un camión de mudanzas. Nadie se lleva sus tesoros más allá de la muerte.


LA ARROGANCIA
Además de referirse con frecuencia a la oración, el evangelio de Lucas se refiere en numerosas ocasiones al dinero, o mejor a los pobres y a los ricos. El texto que hoy se proclama en la Liturgia (Lc12, 13-21) podría dividirse en dos partes, centradas en el tema de la codicia. 

En la primera, uno de los que escuchan a Jesús quiere implicarle en un asunto de herencias. Sus palabras se parece extrañamente a las de Marta. Tanto aquella como éste, pretenden que Jesús haga de árbitro en sus asuntos familiares: “Dí a mi hermana… Dí a mi hermano…” Antes como ahora, muchos quieren que Jesús les soluciones sus problemas. 

En la segunda parte, se contiene la parábola del rico que ha recogido una abundante cosecha. Pero el contento por un logro nunca equivale a la alegría. Junto a la satisfacción por la cosecha surge el problema por los almacenes que el hombre rico ha de construir para conservarla. 

El mensaje de la parábola subraya sobre todo la arrogancia de este hombre que pretende que el tener le garantice el ser. Como si la buena cosecha le concediera una larga vida. Como en el libro del Eclesiastés, la preocupación verdadera es la de la caducidad de la existencia.


LA NECEDAD
Es interesante ver cómo la parábola contrapone a la palabra del rico la palabra de Dios. El Rico espera disfrutar de su cosecha durante muchos años. Dios le anuncia que su vida ha llegado a su término. 

• “Necio, esta noche te van a exigir la vida”. En la Biblia el pecado es identificado con frecuencia como “necedad”. Si la sabiduría refleja la armonía del hombre con Dios, la necedad revela su autosuficiencia, es decir su pecado. Quien decide la vida no es el hombre sino Dios. Nadie puede aportar por el mañana. 

• “Lo que has acumulado ¿de quién será?”. Si la primera frase pone el rico frente a Dios, verdadero Señor de la vida, la segunda frase lo encara con las personas que lo rodean. Amigos o enemigos, ellos serán los herederos de los bienes del rico. Ninguna cosecha le pertenece para siempre. Siempre hay unos “otros” que heredarán nuestros bienes.  

- Padre de los cielos, con razón Jesús nos enseña a confiar en tu providencia. De ti proviene nuestro pan de cada día. Tú nos entregas los bienes para que reconozcamos tu generosidad y los compartamos con alegría. Que tu Palabra nos recuerde la honda verdad de nuestra vida y nos ayude a orientarla en humildad. Amén. 

José-Román Flecha Andrés
 

REGATEO Y PETICIÓN
Domingo 17 del Tiempo Ordinario. C
28 de julio de 2013

El regateo no tiene sentido en una sociedad corrompida, donde se conceden los servicios a los amigos. Además, la organización de los grandes almacenes impone precios fijos tanto a sus clientes como a sus proveedores. La sociedad occidental ha olvidado el arte del regateo sobre los precios. O lo había olvidado, porque la crisis económica ha obligado a muchos a emplear aquel recurso para vender al menos algunos artículos o prestar algún servicio.

En muchos países de Oriente, el regateo es un arte. Casi una pieza de teatro. Es importante no sólo para la compraventa, sino también para las relaciones sociales. El regateo lleva al vendedor a conocer las posibilidades, las intenciones y las fantasías del comprador.

Pues bien, el libro del Génesis (18,20-32) presenta al patriarca Abrahán regateando nada menos que con Dios. Trata de ver hasta dónde llega la tolerancia de Dios con el pecado de Sodoma. ¿Cuántos justos bastarían para que Dios perdonase los crímenes de la ciudad? 

Este hermoso diálogo que Abrahán mantiene con sus huéspedes, es decir con el mismo Dios, es ante todo una revelación del mismo Dios y de su misericordia. Es un retrato de Abrahán y de su amistad con Dios. Y es una pauta para la oración, confiada e insistente.

CAMINO DE ORACIÓN
El evangelio de Lucas ofrece muchas alusiones a la oración. El texto que hoy se proclama (Lc11,1-13) podría dividirse en tres partes, que están centradas en el mismo tema. En la primera, se contiene la enseñanza de una oración, en la segunda una doble parábola y en la tercera una exhortación. 

- En la primera, aparecen los discípulos, que viendo orar a Jesús, le suplican: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Los discípulos sabían orar. Pertenecían a un pueblo que tenía la oración como una característica habitual. Pero piden a Jesús que les enseñe una oración que los distinga para siempre. Y él les enseña el “Padre nuestro”.

Según Benedicto XVI, Jesús “nos hace partícipes de su modo de orar, nos introduce en el diálogo interior del amor trinitario, eleva nuestras necesidades humanas hasta el corazón de Dios… Las palabras del Padre nuestro indican el camino hacia la plegaria interior, contienen orientaciones fundamentales para nuestra existencia, nos modelan a imagen del Hijo”.

- En la segunda parte del evangelio, para subrayar la acogida que Dios presta a nuestras súplicas, Jesús expone las comparaciones del amigo y del padre. Si el amigo se levanta a dar los panes al que se los pide a media noche, lo mismo hará el Padre. Si el padre terreno da cosas buenas a su hijo, también el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden.

DESAMPARO Y ACOGIDA
Todavía hay una tercera parte en el texto evangélico de hoy. La que expresa una exhortación y una promesa, seguida de unas motivación de tono sapiencial con sabor a proverbio popular:

• “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. Tres verbos recuerdan la condición humana. Con demasiada frecuencia hacemos gala de nuestro orgullo y de nuestra pretendida autosuficiencia. Nos engañamos a nosotros mismos. Hemos de confesar que nuestra vida está marcada por la necesidad, la desorientación y el desamparo. 

• “Porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre”. Tanto la presunción como la desesperación nos impiden caminar. Pero la causa humana no está perdida. Basta reconocer con humildad nuestra deficiencia y dirigirnos confiadamente a Dios. Esos versos en pasiva evitan su santo nombre, pero prometen que al que llama Dios le abre.

- Padre de los cielos, Abrahán nos dio ejemplo de confianza en tu misericordia. Y Jesús nos ha enseñado a confiar en tu bondad. Creemos que la verdadera cosa buena que puede alcanzar de ti nuestra oración es el Espíritu de tu Hijo y nuestro hermano. 

José-Román Flecha Andrés
 

HOSPITALIDAD Y ESCUCHA
Domingo 16 del Tiempo Ordinario. C
21 de julio de 2013

En un delicioso libro titulado “Mensajeros de Dios”, el teólogo judío Elías Wiesel escribe que Abrahán puede ser considerado el padre de las tres grandes religiones monoteístas, precisamente por su hospitalidad. En el encinar de Mambré acogió a tres peregrinos que llegaron hasta su tienda. Sin darse cuenta, en ellos acogió al mismo Dios.

La primera lectura de la misa de hoy (Gén 18,1-10ª) nos sitúa en ese escenario, tan bellamente representado por el icono de Rublev. El texto subraya la súplica que Abrahán dirige a sus huéspedes: “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”. Es una petición que refleja el carácter hospitalario de los beduinos. Pero es, por otra parte, una buena pauta para la oración de todos los creyentes.

El texto recoge también la última palabra de uno de los mensajeros: “Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”. Dios no abandona a la humanidad ni desprecia sus anhelos más profundos. Sólo él puede hacer estas promesas. Él hace posible lo imposible. Dios es el Señor de la vida. 

ORACIÓN Y TRABAJO

El evangelio nos presenta una escena semejante. Entró Jesús en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Su hermana María, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra, mientras Marta se afanaba en el servicio. Ante las protestas de Marta, Jesús replicó que María había escogido la mejor parte (Lc 10,38-42).

A lo largo de la vida, ¡cuántas veces nos han repetido que María había elegido la mejor parte! Algunos parecían disfrutar en dejar en ridículo a su hermana Marta. Por eso resulta asombroso el comentario que deja caer Santa Teresa de Jesús en las Séptimas Moradas. Aun alabando la contemplación, Teresa nos dice que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo y no darle mal hospedaje. “¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a los pies, si su hermana no le ayudara?”

“Ora et labora”. El lema benedictino ha resonado en la Iglesia a lo largo de muchos siglos. Se puede pecar por la flojera y el abandono de cualquiera de los dos aspectos de una misma vocación. Orar sin trabajar y trabajar sin orar son tentaciones contra la misma virtud de la esperanza. Todo en la vida es don de Dios. Pero el don divino requiere una respuesta humana, laboriosa, responsable y comprometida.


ACTIVIDAD Y PIEDAD

De todas formas, queda flotando en nuestra memoria la frase de Jesús que ha inspirado a tantos creyentes que nos han precedido por los caminos de la historia cristiana:

• “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: solo una es necesaria”. Es esta una observación importante para la Iglesia, tantas veces empeñada en multiplicar su actividad. Pero es igualmente interpelante para una sociedad que se ve arrastrada por las ocupaciones y preocupaciones terrenas y olvida pensar en el sentido de las mismas.

• “María ha escogido la mejor parte, y no le será arrebatada”. También esta profecía interpela a la Iglesia, llamada a escuchar con atención la palabra de su Señor. Y es una provocación para una sociedad que desprecia la religiosidad y piedad de los creyentes, y se burla de ella tanto en las leyes como en los medios de comunicación. 

- Señor Jesús, nuestra sociedad ha decidido cerrarte sus puertas. Despierta en nosotros la voluntad de reaprender la virtud de la hospitalidad para acogerte a ti y a los pobres y desheredados con los que has querido identificarte. Amén.


José-Román Flecha Andrés

 

EL MANDAMIENTO PRINCIPAL
Domingo 15 del Tiempo Ordinario. C
14 de julio de 2013

Hay varios prejuicios que nos llevan a mirar con suspicacia los mandamientos. El primero de todos es la misma formulación negativa de algunos mandamientos, que nos impide ver los valores positivos que tutelan. El segundo es una tradición filosófica que nos lleva a pensar que una acción es mala tan solo por estar prohibida. Como si dejando de lado a quien prohíbe, todas las acciones fueran buenas. Y el tercero es la actual concepción de la libertad individual como si fuera la fuente de todos los valores morales. 

Son tres prejuicios falsos. Para convencernos de ello basta pensar cómo nos sentimos cuando somos nosotros la víctima que ha de pagar por el desprecio ajeno a los mandamientos.

El texto del Deuteronomio que hoy se lee pone en boca de Moisés una seria advertencia a su pueblo: “Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos…El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable…El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (Deut 30,10-14).


LAS PREGUNTAS Y LA COMPASIÓN

El evangelio nos presenta a un letrado que parece dirigirse a Jesús con buena intención. Su primera pregunta se parece a la del joven rico: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Jesús es un buen pedagogo. Confía en el conocimiento de la Ley que se supone en el letrado. Y espera que él conozca el camino.

De hecho, no le falta sabiduría al letrado. En su respuesta recoge un precepto del libro del Deuteronomio y otro del Levítico: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”:

Es verdad que en aquel tiempo era interminable la discusión sobre el prójimo. Para unos sólo era un prójimo digno de amor el que pertenecía al pueblo de Israel. Para otros más exigentes, el que cumplía la Ley. Siempre ha existido la tendencia a considerar como prójimo tan solo al que pertenece a nuestro grupo o nación. Al que piensa y siente como nosotros.

 La segunda pregunta del letrado refleja todas nuestras suspicacias: “¿Quién es mi prójimo”. El relato de Jesús sobre el hombre apaleado en el camino nos interpela a todos. Podemos pasar frente al herido y marginado sin prestarle atención. Sólo el que tuvo compasión de él se hizo prójimo del hombre malherido. Era un samaritano que iba de camino.

EL ENVÍO Y LA COHERENCIA

A las dos preguntas del letrado responde Jesús con dos mandatos. No son expresión de valores abstractos. Son un envío muy concreto a la vida de cada día. 

• “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”. Esa es la respuesta de Jesús a quien conoce los dos mandamientos fundamentales. El Maestro contrapone el decir y el hacer. No posee la vida definitiva y eterna quien más y mejor habla de Dios, sino quien hace lo que ordenan los mandamientos del Señor.

• “Anda, haz tú lo mismo”. Esa es la respuesta de Jesús a quien reconoce el buen comportamiento de los demás. El Maestro contrapone nuestra actuación a la de las personas que han hecho el bien por la humanidad. No es coherente quien juzga el comportamiento de los demás, sino quien defiende la dignidad de las personas aplastadas y humilladas.

- Padre de los cielos, todos sabemos que en nuestro mundo hay personas apaleadas por las instituciones y las leyes, y personas marginadas por la indiferencia de los que sólo nos ocupamos de nuestros intereses. Perdona nuestro egoísmo y ayúdanos a cumplir tus mandamientos. Por tu Hijo Jesús, Buen Samaritano, que se ha hecho nuestro prójimo. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 
UN GRAN PROFETA
Domingo 10º del Tiempo Ordinario. C
9 de junio de 2013


Con frecuencia asistimos al funeral de una persona que nos ha sido especialmente querida. En nuestros días el ambiente del duelo familiar parece haber sido desdramatizado radicalmente. Pero aún así, comprendemos que muchas veces no tenemos una palabra significativa para dirigirnos a los familiares del difunto. 

Según la primera lectura que se proclama hoy en la liturgia, el profeta Elías se encuentra en la casa de la viuda de Sarepta en un momento dramático para ella (1 Re 17, 17-24). A pesar de su pobreza, aquella viuda había acogido al profeta. Ante la muerte de su hijo, le acusa de haber llegado como testigo del pecado y causante de la muerte. 

Sin embargo, el profeta se tiende sobre el niño muerto, como para identificarse con él, invoca a Dios y Dios le devuelve la vida. Al recibirlo de manos de Elías, la madre pronuncia una frase que es una confesión de fe: “Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que la palabra del Señor en tu boca es verdad”. 

El relato nos ofrece muchas sugerencias. En primer lugar resume la misión del profeta, que anuncia la palabra de Dios y da la vida. Además, subraya la protección de Dios sobre su enviado. Y finalmente nos sugiere que la misión del profeta sólo logra su efecto por la acción con que Dios garantiza el valor del mensaje. 

LA PALABRA DE VIDA
Ya al comienzo del evangelio de Lucas, al llegar a su aldea de Nazaret, Jesús había comparado su con la del profeta Elías (Lc 4, 25-26). Hoy la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta por parte de Elías, preludia la resurrección del hijo de la viuda de Naím por parte de Jesús (Lc 7, 11-17). Hay en este relato algunos detalles muy significativos.

- En primer lugar, la aglomeración de la gente. Un gran gentío acompaña el cadáver del joven. Y otro gran gentío acompaña a Jesús de Nazaret. Ambos se encuentran a las puertas de la ciudad. Es toda una metáfora de la sociedad. En los lugares más concurridos se cruzan la desesperanza y la esperanza, el silencio humano y la palabra divina. 

- Además, el texto subraya los gestos de Jesús. Al ver a la madre viuda del joven muerto, a Jesús se le conmovieron las entrañas, como al buen samaritano y al padre del hijo pródigo. Dirige una palabra de consuelo a la madre y otra de autoridad al muerto. Y se atreve a tocar el ataúd, contra las prescripciones de la Ley. 

- Finalmente el joven muerto es entregado vivo a su madre. El cortejo de los que llegan del campo trae la vida al cortejo de los que salen de la ciudad. Todo el relato tiende a hacernos comprender que Jesús es el Señor de la vida.


EL ECO DE LA ALABANZA

Por otra parte, el relato evangélico nos indica que en Jesús se encuentran los dos cortejos: el de la muerte y el de la vida. El asombro los une a todos. Todos, sobrecogidos, dan gloria a Dios, diciendo

• “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”. Esa frase es muy significante en aquel momento. Las gentes de Israel esperaban la aparición de un profeta al llegar los tiempos mesiánicos. Las comunidades cristianas primitivas reconocen en Jesús al profeta anunciado en el Deuteronomio (Deut 18, 18). Pero Jesús es más que cualquiera de los antiguos profetas. El profeta transmite la palabra de Dios. Jesús es la misma Palabra de Dios.

• “Dios ha visitado a su pueblo”. Los antiguos profetas habían anunciado la visita de Dios a su pueblo. Con esas mismas palabras acogía Zacarías el nacimiento de su hijo y bendecía al Señor (Lc 1,68). Ahora el evangelista pone en boca de la multitud el reconocimiento de la manifestación de Dios en Jesús de Nazaret. 

- Señor Jesús, las noticias de cada día nos hablan de jóvenes arrebatados por la muerte y del dolor de los padres y las madres que los pierde. Ten compasión de ellos. Los ojos de la fe nos llevan a reconocer tu presencia en la historia. Que toda la humanidad puede descubrir en ti al Señor de la vida. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 
EL AMOR DE LOS AMORES
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.C
2 de junio de 2013
“Cantemos al Amor de los amores, cantemos al Señor. ¡Dios está aquí! Venid adoradores; adoremos a Cristo Redentor”. Durante más de un siglo hemos cantado una y mil veces este himno del Congreso Eucarístico Internacional de Madrid, debido a la inspiración del P. Restituto del Valle. Un himno que cantaron algunos de nuestros mártires antes de caer acribillados por las balas. Un himno que refleja los grandes “encuentros” a los que aspira nuestro corazón.
- En primer lugar, en la celebración de la eucaristía presentamos sobre el altar el pan y el vino, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. La naturaleza y la cultura se encuentran y se unen en nuestra celebración. El mundo cósmico y el esfuerzo de toda la humanidad se convierten en ofrenda a Dios. Y en signo de la presencia de Cristo en la tierra y en la historia humana.
- En este fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo recordamos el pan y vino que Melquisedec ofreció a Abraham (Gén 14,18-20). El primero era rey-sacerdote de los cultos cananeos. El segundo iba siguiendo los pasos del Dios que lo había llamado. Dos pueblos, dos culturas y dos creencias se encontraba en la ofrenda. La eucaristía es signo de la unidad por encima de fronteras y prejuicios.
LA ENTREGA DE CRISTO
San Pablo recuerda una tradición que se remonta al Señor y que él trata de transmitir con toda fidelidad (1 Cor 11, 23-26). Al celebrar la eucaristía hacemos memoria de aquella tradición. La “re-cordamos”, es decir, pasamos por nuestro corazón los gestos y palabras de Jesús y de su Apóstol:
- “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.  Con el gesto del pan partido y compartido, Jesús quería expresar su entrega a sus hermanos. Los que participaban en aquella cena y los que habríamos de seguir sus pasos a lo largo de los tiempos.
- “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”.  Los pactos y alianzas eran sellados con el sacrificio de un animal. La sangre era símbolo de la vida y de los proyectos comunes. El vino compartido hacía visible el sacrificio de Jesús y sellaba la alianza nueva de Dios con los hombres
- “Haced esto en memoria mía”. No podemos caer en la amnesia. La muerte del Justo injustamente ajusticiado nos interpela. En la Eucaristía proclamamos que su memoria pervive en nosotros. La presencia de Cristo está viva en medio de su comunidad.
- “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”.  La fe cristiana nos lleva a vivir en una esperanza activa. Deseamos que la presencia de Cristo se haga visible en nuestro mundo. Pablo sabe que la Eucaristía anuncia y anticipa la manifestación de Jesucristo, de su mensaje y de su salvación.
NUESTRA ENTREGA
El evangelio que se proclama en este día nos propone una vez más la meditación sobre el relato de “la multiplicación de los panes y los peces”. Ante la necesidad de la gente y la perplejidad de los discípulos sobresale la decisión de Jesús
• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras no reflejan una opinión personal. No son una simple una llamada a la generosidad personal. Tampoco son solamente una indicación para cambiar un sistema económico-social. Son mucho más.
• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras de Jesús son una interpelación y un mandato. Están  dirigidas a los discípulos que siguen a Jesús. Pero se extienden a todos los cristianos de todos los tiempos. Desenmascaran nuestro egoísmo y nos llaman a la responsabilidad.
• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras de Jesús son un grito profético que anuncia un mundo de bienes compartidos y denuncia nuestra insolidaridad. La Eucaristía que celebramos nos exige hacer nuestra la entrega de Jesús. Vivir un amor sincero a los demás. Y promover una caridad generosa y una justicia eficaz.
-  Señor, en la eucaristía nos has dejado el memorial de tu pasión y la certeza de tu presencia entre nosotros. Que, fieles a tu mandato, aprendamos a pasar a nuestros hermanos el alimento que sacia el hambre y la fe que ilumina el camino. Amén.
José-Román Flecha Andrés



LA FUENTE Y LOS CANALES
Solemnidad de la Santísima Trinidad.C
26 de mayo de 2013

“Aquella eterna fonte está escondida, que bien sé yo do tiene su manida, aunque es de noche… Su origen no lo sé, pues no lo tiene, mas sé que todo origen de ella viene, aunque es de noche… Bien sé que tres en sola una agua viva residen, y una de otra se deriva, aunque es de noche”. 

Basten esas tres estrofas de San Juan de la Cruz para acercarnos al misterio de Dios, fuente de la vida y de la gracia. Fuente increada y escondida, fuente de toda luz y de corrientes que riegan las tierras y las gentes. Fuente única que nos inunda a través de esos tres canales que se derivan uno de otro. 

Difícilmente se puede expresar de forma más bella la fe cristiana en la Trinidad de Dios que celebramos en este domingo. Dios es comunidad eterna y comunicación con el hombre, que el libro de los Proverbios presenta con la imagen de la Sabiduría creadora que se goza con los hijos de los hombres (Prov 8, 22-31).   

DESPEDIDA Y REVELACIÓN

El evangelio nos remite a las palabras de despedida que Jesús dirige a sus discípulos tras la última cena (Jn 16, 12-15). Son unas pocas líneas, tan densas como luminosas que nos introducen en el ser de Dios, en la vida de Dios, en la comunicación de Dios. Sólo es posible subrayar aquí tres puntos fundamentales. 

- El Espíritu de la verdad nos guiará hasta la verdad plena. La hondura y el amor de Dios son inagotables, pero fecundos. Nos serán revelados por el Espíritu mientras vamos haciendo camino. Su misterio es luminoso para quien se deja guiar por el Espíritu. 

- El Espíritu glorificará a Jesús. Jesús ha sido ignorado y despreciado en su tiempo hasta ser condenado a muerte. El Espíritu reivindica su suerte y revela su gloria. También ahora y en todos los tiempos. Sólo gracias al Espíritu acertamos a ver a Jesús glorificado. 

- Todo lo que tiene el Padre es de Jesús y es anunciado por el Espíritu. Conocido por el Padre, sólo Jesús lo conocía a su vez. Esa comunidad interpersonal nos es revelada siempre y a cada uno de nosotros por la presencia y la acción del Espíritu. 

TRINIDAD Y PROGRESO MORAL
Es comprensible que Santo Tomás escribiera que “la fe cristiana consiste principalmente en la confesión de la santa Trinidad”. Puede resultar sorprendente que Hegel llegara a escribir que “el que no sepa que Dios es uno y trino no sabe nada del cristianismo”. Y, sin embargo, Kant decía que a partir de la fe trinitaria “no se obtendría lo más mínimo para el progreso moral”. Pero no es verdad. 

• La fe en la Trinidad de Dios nos revela el valor de lo comunitario. Si Dios es una comunidad de personas, no se puede pensar ni organizar una sociedad sobre la base de un individualismo excluyente. 

• La fe en la Trinidad de Dios nos revela la comunicación de tres personas distintas. Si Dios es comunidad en la diversidad, no podemos tolerar una sociedad en la que se trate de utilizar a las personas como si fueran piezas anónimas de recambio en una máquina.

• La fe en la Trinidad de Dios nos revela que su comunidad se abre a la comunicación con los seres humanos. Si Dios se dirige a nosotros para hacernos partícipes de su vida, de su salvación y de su amor, no podemos pensar que la peripecia humana no tiene sentido. 

- “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.


José-Román Flecha Andrés



ASCENSIÓN Y MISIÓN
Solemnidad de la Ascensión del Señor
12 de mayo de 2013
            Los peregrinos que viajan a la Tierra Santa suelen visitar en lo alto del Monte de los Olivos el templete que, según la tradición, recuerda la Ascensión de Jesús a los cielos. San Ignacio de Loyola da cuenta de su curiosidad por ver en qué dirección se orientaba la huella que allí se muestra.
            El texto de los Hechos de los Apóstoles que hoy se lee (Hech 1,4.8-11) no se fija en ese detalle, En cambio, se refiere a dos hombres vestidos de blanco que nos recuerdan los que habían aparecido al lado del sepulcro del Señor Resucitado. En este caso se dirigen a los apóstoles con dos frases que se complementan.
            * “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Jesús había dicho a sus discípulos que no se alejaran de Jerusalén hasta que no hubieran recibido al Espíritu Santo. Después, animados con su fuerza, habrían de ser testigos del Señor hasta en los últimos confines de la tierra. Los mensajeros urgen a los discípulos a no olvidar aquel doble mandato.
            * “El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”. Esta segunda advertencia tiene el tono de una profecía. Los discípulos del Señor están llamados a vivir el presente con los ojos fijos en el futuro. La misión queda abierta a la esperanza de la manifestación del Señor.
SEGUIDORES Y TESTIGOS
            El evangelio de Lucas se refiere explícitamente al misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos (Lc 24, 46-53). Este relato que hoy se proclama es muy breve,. Pero no olvida los elementos fundamentales de la fe cristiana y de su extensión en el mundo.
En primer lugar, se habla del Mesías. En realidad, en boca de Jesús se pone un resumen del misterio pascual, de su muerte y resurrección. Es interesante observar que esos acontecimientos no ocurrieron por casualidad. Con ellos se cumplían las Escrituras.
En segundo lugar, se habla de su Iglesia. De hecho, se insinúa la misión de los apóstoles,  llamados a predicar la conversión y a perdonar los pecados a todos los pueblos. La Iglesia no es una sociedad benéfica. Es una comunidad a la que se ha confiado el misterio de la salvación.
En tercer lugar, se transmite a los discípulos el encargo de ser testigos de la vida y del mensaje de su Maestro. Habían sido llamados para estar con él y seguirle.  Ahora han de tratar de contagiar a todas las gentes el espíritu que a Él le movía.
Las tres alusiones se complementan y exigen mutuamente. Se nos dice que Jesús ha cumplido su misión y ha sido glorificado. Además, se nos recuerda que su obra ha de continuar hasta el fin de los tiempos y el confín de las tierras. Y finalmente se nos indica el testimonio que ha de ser el sello de la misión
BENDICIÓN Y ALEGRÍA
Aún hay algo muy importante. Tras recordar las palabras de Jesús, el texto evangélico se fija en los gestos, descritos apenas en unas breves líneas. 
ñ  El primer gesto es la bendición. Una doble bendición. Jesús bendice a sus discípulos y los bendecirá siempre.  Pero, por otra parte, la oración de los discípulos se caracterizará precisamente por esa bendición “ascendente” que refleja la gratitud de la fe y la alabanza.
ñ   El segundo gesto es la ascensión a los cielos. Los cielos son la metáfora de Dios. El que ha bajado del Padre, asciende a Él. El humillado es ensalzado. El Justo injustamente ajusticiado recibe ahora la justificación definitiva de su obra.
ñ  Finalmente, se nos dice que los apóstoles volvieron a Jerusalén con gran alegría. Al comienzo del evangelio de Lucas se recordaba el nacimiento de Jesús con alusiones a la gloria y la alegría (Lc 2, 10.14). Los mismos sentimientos acompañan ahora su triunfo.  
- Señor Jesús, te damos gracias por tu vida y tu mensaje. Ayuda a tu Iglesia a difundirlo con generosidad por el mundo. Y a cada uno de nosotros danos la alegría de poder compartir tu camino. Amén. Aleluya.
José-Román Flecha Andrés
EL BUEN PASTOR
Domingo 4º de Pascua. C
21 de abril de 2013


 La imagen de Jesús como Buen Pastor se encuentra con frecuencia en las catacumbas romanas. Es bien conocido, por ejemplo, el fresco que se encuentra en las catacumbas de los Giordani (año 350), que representa a un pastor que lleva sobre los hombros una oveja en presencia de otras dos.

Más conocido aún es el dibujo que ha servido de logotipo del Catecismo de la Iglesia Católica, reproducción de una lápida sepulcral cristiana de finales del siglo tercero, encontrada en las catacumbas de Domitila. Ahí el pastor, sentado sobre un tronco de árbol, está tocando un caramillo, ante la atención de una oveja que descansa a sus pies y vuelve a él su mirada.

En el primer volumen de su obra “Jesús de Nazaret”, Benedicto XVI escribía que el verdadero pastor no “posee” las ovejas como si fueran un objeto que se usa y se consume. Ellas le “pertenecen”, precisamente en ese conocimiento mutuo que es una aceptación interior. Una aceptación que es mucho más profunda que la simple posesión de las cosas.  

UNA RELACIÓN DE VIDA

El evangelio que se proclama en este cuarto domingo de Pascua recoge todos los años algunas frases del capítulo 10 del Evangelio de Juan, en el que Jesús se presenta bajo la imagen del Buen Pastor. En el texto que leemos este año encontramos una sucesión de seis verbos que indican y reflejan la mutua relación entre Jesús y sus discípulos. 

• “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco”. Escuchan la voz de Jesús quienes han decidido aceptarlo como Maestro y vivir de acuerdo con su mensaje. Esos saben que su vida y sus afanes no son ajenos a la atención de su Maestro.  

• “Ellas me siguen y yo les doy la vida eterna”. Siguen a Jesús los que han sido llamados por él y lo han dejado todo por él. Esos creen que todos los valores de la vida terrena encuentran su perfección en la vida eterna a la que Él los conduce.   

• “No perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano”. A lo largo de la vida pedimos una y otra vez al Padre celestial que no nos deje caer en la tentación. Si de verdad seguimos al Buen Pastor, estamos seguros de que nada ni nadie nos podrá alejar de él.

OLER A OVEJA
En la homilía que pronunció durante la celebración de la misa crismal, el Papa Francisco pidió a los sacerdotes que no perdieran tiempo en mirarse a sí mismos. Les repitió que es preciso acercarse a las ovejas del rebaño. 

• El buen pastor tiene que “oler a oveja”. La expresión dio inmediatamente la vuelta al mundo. Es fácil predecir que se recordará durante mucho tiempo como una de las primeras advertencias del nuevo Papa. 

• “Oler a oveja” no significa caer en la suciedad, ni adoptar los modos, el comportamiento y el lenguaje de un mundo demasiado aborregado. Nada de eso. El Papa no ha querido subrayar los tonos peyorativos que podría alcanzar esta expresión. 

• “Oler a oveja” significa, en este contexto, vivir en cercanía con el rebaño que Dios ha confiado a sus pastores. Significa salir a la búsqueda de la oveja perdida, cargarla sobre los hombros y devolverla al redil. No se trata de un comportamiento paternalista, sino de vivir en verdad la encarnación. 

- Señor Jesús, Pastor bueno, sabemos y creemos que tú has dado tu vida por tus ovejas. La fe nos dice que cuidas de nosotros. La esperanza nos lleva a seguirte por el camino. Y la caridad nos invita a acercarnos a nuestros hermanos hasta compartir su suerte y dejarnos impregnar por su olor. Bendito seas, Señor. Amén. Aleluya.   

José-Román Flecha Andrés

 
 


TOMÁS Y LA COMUNIDAD
Domingo 2ª de Pascua. C
7 de abril de 2013


“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Este texto (Hech 2, 42) suele ser conocido como uno de los “sumarios de los Hechos”. En él se resumen los puntos básicos que configuran una comunidad cristiana.  

El texto continúa subrayando la buena impresión que los hermanos causaban entre sus vecinos de Jerusalén. Y recuerda que los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común”. Muchos grupos han tratado a lo largo de los siglos de vivir “como los primeros cristianos”. 

Y no está mal ese deseo. Compartir los bienes con los hermanos, celebrar la fracción del pan y alabar a Dios con alegría y de todo corazón es un excelente resumen de la vida cristiana. La vida de los que han renacido para una esperanza viva y para una herencia incorruptible, como dice la primer carta de Pedro (1 Pe 1, 3-4). 

Un comportamiento semejante no dejaría de llamar la atención también en nuestro tiempo. En realidad, ese sería el principio de la evangelización, como afirmó Pablo VI.

COMPARTIR LA FE

El evangelio que se proclama en este segundo domingo de Cuaresma es muy conocido (Jn 20, 19-31). El lugar en el que se desarrolla la escena es una casa cerrada por miedo a los judíos. Y el tiempo es el primer día de la semana. El mismo día en que Magdalena y las otras mujeres, Pedro y el discípulo amado habían encontrado vacía la tumba de Jesús. 

• Jesús se resucitado se hace presente entre sus discípulos. Mostrar las llagas de sus manos y su costado equivalía a asegurarles de su identidad. El resucitado era el mismo que había sido crucificado. Y, por otra parte, significaba que el camino de Jesús a la gloria pasaba necesariamente por el abajamiento hasta la muerte y muerte de cruz. 

• Hay un segundo detalle importante en el relato. Los discípulos de Jesús lo habían abandonado en la hora triste de su prendimiento en el Huerto de los Olivos. Ahora Jesús no viene a reprenderlos. Ni siquiera les menciona aquel abandono. Con su presencia viene a ofrecerles el don de su paz y su perdón. Y la misión de pasar ese perdón a los demás.

• Un tercer punto merece ser subrayado. Nadie cree de verdad si no comparten su fe con los demás. Los que han descubierto al Señor resucitado no se reservan esta experiencia como un honor y un privilegio. La comunican gozosamente a Tomás, cuando éste se reincorpora a la comunidad: “Hemos visto al Señor”.

DESCUBRIR LAS LLAGAS

El evangelio que hoy se proclama nos presenta dos escena. En la primera no está presente el apóstol Tomás. A primera vista parece un incrédulo, cuando era el único apóstol que había demostrado su decisión de subir con Jesús a Jerusalén y aceptar su pasión. 

En la segunda escena, Tomás se ha reintegrado en el grupo cuando se les revela el Señor Resucitado. Descubrir las llagas de Cristo no es para el motivo de escándalo, sino apoyo para su fe. Tres frases marcan el diálogo que centra el encuentro.   

• “No seas incrédulo, sino creyente”. Estas palabras de Jesús recuerdan a Tomás que el misterio de la cruz no era el final del camino. Si hace falta fe para aceptar la muerte de Jesús, es preciso mantenerla y avivarla para aceptar su resurrección.

• “¡Señor mío y Dios mío!” La respuesta de Tomás refleja la confesión de la fe de todos los cristianos. Las palabras y las acciones de Jesús revelaban ya su dignidad y su misión. Pero el misterio de su muerte y resurrección nos empuja a confesar su señorío y su divinidad.

• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Con esas última bienaventuranza del evangelio, Jesús constituye a Tomás en el primer eslabón de una larga cadena. Los que le seguimos en la fila apoyamos nuestra fe en la fe de los que han visto al Señor resucitado. 

- Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, te agradecemos el don de tu paz y el ministerio de tu perdón. Que el descubrimiento de tus llagas y de las llagas de tu Iglesia no sea para nosotros una tentación en el camino de la fe. Que podamos reconocerte como nuestro Dios y anunciar a nuestros hermanos que hemos visto al Señor. Amén. ¡Aleluya!

José-Román Flecha Andrés
LA ENTRADA EN JERUSALÉN
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
24 de marzo de 2013


Como tantos otros viajeros, guardo todavía en los ojos y en el alma el precioso recuerdo de un domingo de Ramos vivido en la ciudad de Jerusalén. Colocado, junto a mi grupo de peregrinos, en una pequeña altura junto a la Puerta de los Leones, podía ver el gozoso serpentear de la procesión que bajaba de Betfagé por la ladera del Monte de los Olivos.

Aquella multitud de cristianos, llegados de toda la Tierra Santa, y de muchos países del mundo, cantaba en lenguas diversas la gloria del Señor. Cruzado el vallecito del Cedrón y pasada ya la puerta, la procesión iba a terminar en la iglesia cruzada de Santa Ana, dentro ya de los muros de la vieja ciudad.

Una celebración muy semejante fue descrita ya en el siglo IV por la virgen Egeria, probablemente procedente de las tierras del Bierzo. Aquella procesión recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, el entusiasmo de los discípulos que le seguían, pero también el rechazo de la ciudad a la que él venía a traer la paz.


ENTUSIASMO Y RECHAZO

Recordamos al ciego Bartimeo, que pedía limosna a la vera del camino de Jericó. Enterado de que pasaba Jesús hacia Jerusalén, comenzó a llamarlo a gritos: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” (Lc 18, 38). Gracias a Jesús recobró la vista y, unido a la peregrinación, “le seguía glorificando a Dios”.

Es interesante el comentario de Benedicto XVI a este pasaje: “De repente, el tema ‘David’, con su intrínseca esperanza mesiánica, se apoderó de la muchedumbre: este Jesús con el que iban de camino, ¿no será acaso verdaderamente el nuevo David? Con su entrada en la Ciudad Santa, ¿no habrá llegado la hora en que Él restablezca el reino de David?”

El evangelio de Lucas recoge las aclamaciones de los peregrinos a las que añade el eco del mensaje de los ángeles a los pastores: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19,38). Aquella entrada de Jesús suscitaba los mejores recuerdos de las gentes y enardecía las esperanzas de los peregrinos.

Pero al mismo tiempo, aquellos gritos de entusiasmo no dejaron de alarmar a los habitantes de la ciudad de Jerusalén, que se preguntaban alborotados: “¿Quién es éste?” Una pregunta que encontró una respuesta gozosa en las gentes que llegaban con él: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea” (Mt 21,10s).

EL SILENCIO Y EL MENSAJE

Dos actitudes: el entusiasmo de los que peregrinan con Jesús y el escándalo de los habitantes de Jerusalén. Dos actitudes que se repiten a lo largo de los tiempos. Algunos fariseos de entre la gente, inquietados por aquellos gritos, pidieron a Jesús que reprendiera a sus discípulos. La respuesta de Jesús nos interpela también en nuestros días. 

• “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras”. Esas palabras del Maestro son una advertencia para una sociedad que, en diversas partes del mundo, trata de silenciar por todos los medios el mensaje de Jesús y de rechazar al Mensajero. 

• “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras”. Pero esa promesa de Jesús es también un aviso para la Iglesia. Ella ha de saber que, muerto el cantor, no muere el cantar. Son muchas las voces que le recuerdan cada día las palabras y los gestos de Jesús. 

• “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras”. Esa profecía del Señor interpela a cada uno de los cristianos. Hemos sido llamados a confesar a Jesucristo, como ha dicho el nuevo Papa Francisco en la misa con los cardenales. Si nosotros callamos, el Señor buscará otros mensajeros que sean más fieles a su vocación.

- Señor Jesús, creemos que tú llegas también hoy a nuestra vida. Queremos reconocer el tiempo de tu visita. Queremos acogerte como el enviado de Dios que nos trae la paz. ¡Bendito seas, Señor!

José-Román Flecha Andrés

 

MEMORIA Y ESPERANZA
Domingo 5º de Cuaresma C
17 de marzo de 2013


“No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” Es hermoso y siempre actual este oráculo del Señor, recogido por el profeta Isaías (Is 43, 16-21).

En él no se invita al pueblo de Israel a ignorar el largo camino que sus antepasados recorrieron por el desierto. Dios los había liberado de la esclavitud que habían sufrido en Egipto. Los había guiado por la estepa. Y los había conducido a la patria de la libertad.

Nadie podía olvidar aquella epopeya. Pero con ella no se había agotado la providencia de Dios, ni su poder ni su compasión. Ahora había llegado la hora de mirar al futuro. Y de prestar atención a la nueva liberación. Dios podía liberar a su pueblo de los sufrimientos padecidos durante la deportación a Babilonia. 

Entonces como ahora, al tiempo de la memoria ha de suceder el tiempo de la esperanza. Re-cordar el pasado es un aprendizaje para reunirnos como hermanos y a-cordar el itinerario que hemos de seguir en el futuro.

UN ESCRITO EN EL SUELO

Una idéntica llamada a la esperanza resuena en el evangelio que hoy se proclama (Jn 8, 1-11). Una mujer, sorprendida en adulterio, es llevada ante Jesús. Todos observan la actitud del Maestro. Si no la condena, contraviene el mandato de la Ley de Moisés. Si la condena, se manifiesta como un falso profeta sin capacidad de compasión. 

• Nos encontramos ante un relato que parece una parábola en acción. De hecho, hay en él muchos detalles que nos sorprenden. En primer lugar, se acusa a la mujer, pero no se menciona al cómplice de su adulterio. ¿Es que el pecado es más pecado en ella que en el varón? ¿O es que al pretender juzgar a la mujer, interesa más bien juzgar a Jesús?

 • En segundo lugar, el texto contrapone el pecado manifiesto de la mujer con los pecados secretos de sus acusadores. ¿Es que el pecado se determina por su publicidad o por su resonancia social? ¿No será que con la acusación que lanzamos contra los pecadores públicos tratamos de esconder nuestros pecados secretos?

• En tercer lugar llama la atención que Jesús se incline por dos veces para escribir algo en el suelo. ¿Es que pretendía distraer la atención de los presentes o ganar tiempo para responderles como se merecían? ¿Escribía en la arena los pecados ocultos de los acusadores? ¿O trataba de evocar que también la ley de Moisés había sido escrita dos veces por el dedo de Dios?

PECADO Y PERDÓN

El relato se nos presenta como el evangelio de la misericordia de Dios que se manifiesta en Jesús. A los gestos corresponden sus palabras. En dos frases se revela quién es él y cuál es su misión.

• “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Estas palabras de Jesús suenan como una provocación y un desafío. En realidad, revelan la conciencia manchada de los que presumen de cumplir la letra de la Ley cuando no han asumido su espíritu. Pero, sobre todo nos revelan la grandeza del mismo Jesús. Él es el único que está sin pecado. El único que podría juzgar y no juzga. 

• “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. Una vez quebrantada la le Ley, entra en juego la misericordia. Jesús es el único que podría condenar y no condena. La sociedad niega la seriedad del pecado, pero aplasta al pecador. No lo ve como persona, sino como ladrón, adúltero o asesino. Jesús no trivializa el mal. No niega la gravedad del pecado ni la seriedad de la culpa. Pero ofrece el perdón. No mira tanto al pasado como al futuro.   

- Padre de los cielos, tú conoces nuestra debilidad y nuestro pecado. Pero sabemos que en Jesús nos revelas tu misericordia y nos concedes tu perdón. Tú no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Tu perdón nos llama de nuevo a la vida. Bendito seas por siempre. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 









 EL PADRE Y LOS HIJOS
Domingo 4º de Cuaresma. C
10 de marzo de 2013

Generalmente pensamos que es difícil aprender a amar. Reconocer la dignidad única del otro. Descubrir que si es verdad que necesitamos del otro, también el otro nos necesita. Aprender a entregarnos totalmente. En libertad y gratuidad. Con generosidad y definitividad. 

Pero también es difícil aprender a ser amado y dejarse amar. Siempre queda en nosotros un último reducto de altanería. Pensamos que al entregarnos nos perdemos. En el fondo no confiamos totalmente en la bondad del otro. No esperamos que los brazos del otro se nos abran gratuitamente. 

Según el libro bíblico de Josué, Dios mismo tiene que recordar a su pueblo que lo ha liberado sin condiciones de la esclavitud. El texto describe a grandes rasgos el final del peregrinaje de Israel por el desierto. Al acercarse a la tierra que Dios les había prometido pudieron disfrutar de los frutos esperados. 

El pueblo que había vivido como esclavo puede al fin empezar a vivir como un hijo. Su Padre lo ha guiado por el camino, lo ha alimentado en el desierto y le ha preparado los frutos con los que ha de celebrar su libertad.

DOS HIJOS Y UNO MÁS

Según la parábola evangélica, hay dos hijos que parecen incapaces de reconocer y aceptar el amor de su padre. El hijo pequeño se siente oprimido en el hogar y decide ir a gozar de una libertad que no encuentra. Lejos de su padre, se ve obligado a servir a un amo que lo emplea como a un esclavo. 

Es verdad que un día decide regresar a la casa paterna. Pero desea integrarse en ella como un empleado más. Quiere trabajar por un salario. Desea que sea reconocido el valor de su dedicación. Esa es la última demostración de su error. El Padre no está dispuesto a recobrarlo como un empleado, sino como un hijo. 

El hijo mayor permanece en el hogar, pero no ha descubierto la libertad que le proporciona el amor de su padre. Al regresar el hermano perdido, no sólo proyecta sobre él la suciedad de su propio corazón, sino que juzga y critica la misericordia con que el padre lo recibe. 

En la misa de los niños dije una vez que en la parábola falta un tercer hijo. Un hijo que no abandone el hogar. Un hijo que, al regreso de su hermano se adelante a organizar un recibimiento festivo. Un niño de la parroquia levantó la voz para decir que ese tercer hijo existe ya. Es el que cuenta la parábola. Jesús. 

LA ALEGRÍA DEL HALLAZGO

Es interesante descubrir que a las palabras del hijo menor, el padre no responde con un discurso, sino con los gestos de la fiesta y la alegría. El hijo mayor sí que necesita una interpelación. 

• “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”. Esa palabra se dirige hoy a todos nosotros. Aun cuando no seamos consciente de estar con Dios, nuestro Padre está siempre con nosotros.

• “Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Esa invitación a la alegría, pronunciada en medio de la cuaresma, da el tono de nuestra fe. Y de esa fraternidad que nos une. 

• “Estaba perdido y lo hemos encontrado”. Esa alusión a la pérdida y al hallazgo nos recuerda a todo hombre que, como Adán, se pierde en elecciones equivocadas. Pero subraya que la pérdida del hombre no es irreparable. 

- Padre de los cielos, te damos gracias por ese amor con que nos sigues y nos alimentas, por la paciencia con que nos esperas y por la alegría con que nos recibes. Amén.


José-Román Flecha Andrés



CONVERSIÓN Y COMPASIÓN
Domingo 3º de Cuaresma. C
3 de marzo de 2013

El domingo tercero de cuaresma ofrece muchos puntos para nuestra meditación: el diálogo entre Dios y Moisés, el recuerdo de la infidelidad de Israel en el desierto y los acontecimientos dramáticos en tiempos de Jesús. La clave que los une se encuentra en el salmo responsorial, que nos invita a proclamar: “El Señor es compasivo y misericordioso”.

Efectivamente, Moisés había pretendido liberar a su pueblo. Pero la violencia no era el modo adecuado. Huido en el desierto, trata de olvidar a su agente y su propio arrebato. Pero Dios no ignora el dolor y la opresión que sufren los esclavos. Dios se acuerda de ellos. Dios ha visto a su pueblo y ha oído su lamento. Su palabra es promesa de salvación. 

La compasión y misericordia de Dios con relación a los hebreos marcan el camino que ha de seguir Moisés. La escucha de la fe, exige el compromiso concreto a favor de los humillados. Moisés ha de abandonar su tranquilidad y volver cerca de su gente, como un enviado por el Dios de la liberación y de la esperanza (Éx 3, 1-15). 

PEREGRINOS Y OBREROS
El evangelio de Lucas nos presenta en este domingo tercero de Cuaresma unos hechos que solemos olvidar con frecuencia. Unos peregrinos galileos fueron masacrados en Jerusalén por orden de Pilato. Y, por el mismo tiempo, unos obreros murieron aplastados por el derrumbe de una torre junto al estanque de Siloé (Lc 13, 1-9).

Las gentes debieron de juzgar aquellos sucesos de acuerdo con la interpretación habitual que considera que los males físicos corresponden a la maldad moral de las personas. Nosotros seguimos pensando del mismo modo. Cuando sucede una catástrofe, solemos preguntarnos: “¿Qué mal habían hecho éstos para morir de ese modo?”

Pero Jesús desconecta esa presunta relación de causa a efecto. Según él, las desgracias no siempre atrapan a los más culpables. Si fuera así, muchos de sus oyentes habrían sido alcanzados por el derrumbe de la torre. Jesús no se fija ni en las apariencias ni en los prejuicios. Sabe que todos somos pecadores y a todos nos exhorta a la conversión. 

LA HIGUERA Y EL PERDÓN
Pero junto a las noticias de crónica diaria, Jesús añade una pequeña parábola: la de la higuera estéril. El dueño ha decidido arrancarla, pero el viñador intercede por ella. Si las noticias nos acusan como pecadores, la parábola nos ofrece la esperanza del perdón.

• “Señor, déjala todavía este año”. Nuestro pecado comporta siempre la esterilidad de la vida. Éste es el tiempo para el reconocimiento humilde de nuestros pecados. Este es el tiempo para la esperanza.

• “Yo cavaré alrededor…a ver si da fruto”. La esperanza no es una virtud ociosa. No puede llevarnos a la evasión ni a la pereza. Exige de nosotros un esfuerzo. La conversión requiere el trabajo del cultivo. 

• “Si no, el año que viene la cortarás”. De todas formas, la esperanza del perdón tampoco puede llevarnos a la irresponsabilidad. El fracaso no es una fatalidad, pero es siempre una posibilidad pendiente.  

- Padre nuestro que estás en los cielos, ten piedad de nuestras culpas y muéstranos tu perdón y tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor y Redentor. Amén.

José-Román Flecha Andrés 

EN LA MONTAÑA
Domingo 2º de Cuaresma. C
24 de febrero de 2013

“Dios sacó afuera a Abraham y le dijo: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes”. (Gén 15,5). Abraham es conocido como el padre de los creyentes. Las Escrituras recuerdan su fe. Confió en Dios, aunque lo sacaba de su casa y lo enviaba a caminos desconocidos. Confió en Dios, aunque le prometía una descendencia imposible. 

Para Abraham le fa se sustentaba en la escucha de Dios. Efectivamente, su oración consistía en escuchar a Dios, en aceptar los planes de Dios sobre él. La fe le exigía mantenerse fiel al proyecto de Dios. Pero esa fe hacía posible su fidelidad al proyecto que Dios le garantizaba con su alianza. 

El modelo de Abraham es válido también para los cristianos. También en nosotros la fe genera esperanza. San Pablo nos exhorta a vivir aguardando al Señor y Salvador Jesucristo. A mantenernos en la esperanza, puesto que sabemos que Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa (Flp 3,17 – 4,).  

LA ORACIÓN Y LA NUBE

La transformación de nuestra condición humana encuentra su modelo definitivo en la transfiguración de Jesús en lo alto del monte. El evangelio de Lucas (Lc 9,28-32) nos ofrece algunos detalles que conviene meditar:

• Jesús se transfiguró mientras estaba en oración. Cambió el aspecto de su rostro. Bien sabemos que el rostro refleja a la persona. En la oración, el rostro humano de Jesús nos reveló de una vez para siempre el rostro invisible de Dios. 

• Con Jesús aparecen Moisés y Elías conversando sobre la muerte que iba a consumar en Jerusalén. Jesús escucha la Escritura. En ella se anuncia su suerte y su muerte. La transfiguración no es la meta. Es un indicador del camino que le lleva al Calvario.

• Los discípulos preferidos que lo acompañan se caen de sueño. Espabilándose vieron la gloria del Maestro. Estos mismos discípulos se dormirán también en el huerto de los Olivos. Y al despertarse verán la angustia de Jesús. Esta “visión” les prepara para aquella.

• David quiso construir un templo para Dios, pero Dios preparó a David una casa y una dinastía. Pedro quiere construir tres tiendas para retener a Jesús, Moisés y Elías en el ámbito de lo humano. Pero Dios responde introduciendo a los discípulos en la nube de lo divino.

LA PALABRA Y EL SILENCIO

Desde el seno de la nube resuena una voz: “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. La niebla espesa que nos rodea en lo alto de la montaña, nos priva de ver los rebaños, pero acerca a nuestros oídos el sonido de sus esquilones. La nube representa a Dios, siempre invisible, pero siempre cercano a cada uno de nosotros con el misterio de su palabra.
• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. La transfiguración es la revelación de Jesús, como hijo eterno de Dios. Nosotros participamos de alguna manera de su filiación y estamos llamados a vivir el espíritu de la filialidad.

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. La transfiguración nos anuncia la elección de Jesús como mensajero de la bondad y misericordia de Dios. Nosotros hemos sido elegidos para colaborar en su misión liberadora.

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. La transfiguración nos presenta a Jesús como el profeta que transmite las palabras de Dios. Nosotros somos invitados a prestar atención a su mensaje de vida y esperanza.

- Señor Jesús, tú nos conoces bien. Y sabes que de la palabrería insensata de Pedro, hemos de pasar a escuchar la voz de Dios para terminar recogidos en el silencio que conserva tu palabra. Bendito seas por siempre, Señor. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 


EN EL DESIERTO
Domingo 1º de Cuaresma. C
17 de febrero de 2013

“Clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión…Nos sacó de Egipto con mano fuerte. Nos introdujo en este lugar y nos dio esta tierra”. Esa secuencia de cinco verbos resume la fe de Israel, que los fieles confiesan al ir a presentar en el templo las primicias de los frutos de esa tierra. 

Ahora bien, en la profesión del “credo” de Israel, los creyentes no proclaman verdades abstractas, sino que cuentan una historia. Una historia en la que se menciona el recuerdo de la opresión que sufrieron en Egipto. Y en la que se hace memoria, sobre todo de la intervención liberadora de Dios (Dt 26,4-10).

Además, esta profesión de fe no se limita a evocar el pasado. Aquel “credo”, incluido en el libro del Deuteronomio miraba ya al futuro. De hecho pedía a los hebreos que acudieran al templo a presentar sus ofrendas al Señor. El don de Dios requería una respuesta de gratitud. Y una actitud de adoración al Señor su Dios. 

Por cierto, la meditación sobre la fe, retorna en la segunda lectura de la misa. San Pablo escribe a los Romanos que “por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación”. La fe en el Señor Jesús, resucitado de entre los muertos continúa para nosotros la salvación experimentada por Israel.  

LAS PRUEBAS DEL DEMONIO
Este primer domingo de cuaresma volvemos todos los años al desierto. Allá fue llevado Jesús por el Espíritu. Y allí permaneció durante cuarenta días, como hicieran en otro tiempo Moisés y Elías. El desierto es para el creyente la metáfora del encuentro con la verdad de sí mismo. Es el símbolo de la prueba de la fidelidad a esa verdad (Lc 4, 1-13).

• En la primera prueba, Jesús se enfrenta con la necesidad de subsistir. Pero él sabe que esa necesidad no puede ni debe solucionarse con el recurso a la magia. El sustento se debe al trabajo humano, no a fáciles milagros. 

• En la segunda prueba, Jesús se enfrenta con la falsa ilusión de reducir la dignidad humana al dominio sobre los demás o sobre el ambiente. Pero él sabe que el demonio miente al ofrecer algo que no tiene. El poder es demoníaco cuando no es justo.

• En la tercera prueba. Jesús se enfrenta con el ansia de la apariencia y del triunfo fácil sobre las situaciones. Pero él sabe dónde se sitúan los límites del ser humano y los acepta. Los mensajeros de Dios no son enviados para alimentar la ostentación humana.

LA PALABRA DE DIOS
Las tentaciones de Jesús son las pruebas a las que fue sometida una y otra vez su dignidad de Hijo de Dios. Y resumen también las pruebas a las que es sometida cada día la fe de los creyentes, que tratan de seguirlo por el camino. También ellos han de apelar a la palabra de Dios:

• “No sólo de pan vive el hombre”. Es preciso buscar lo esencial. “Tener” más medios o recursos no significa ser más felices.

• “Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto”. Sólo Dios es Dios. Adorar a los hombres, las instituciones o las cosas es una burda idolatría. 

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Sólo Dios es el Señor. Hemos sido llamados a aceptar su voluntad. Tratar de imponerle nuestra voluntad es tentar a Dios. 

- Señor Jesús, queremos repetir con fe las palabras que tú nos enseñaste: “No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”. Amén 

José-Román Flecha Andrés

 



EN ALTA MAR
Domingo 5º del Tiempo Ordinario. C
10 de febrero de 2013

 Alguien ha dicho recientemente que la religión pretende instalar en las conciencias el sentido de culpa por el pecado para después ofrecer el perdón de Dios. La afirmación se lanza con ironía no disimulada y con un dogmatismo irrefutable. Y que nadie se atreva a discutir esa tesis, porque será puesto en el más vergonzoso ridículo.

Quizá en algún círculo religioso haya ocurrido alguna vez algo semejante. Pero el texto de Isaías que hoy se lee en la liturgia desmiente esa idea (Is 6, 1-8). Según el profeta, el proceso es exactamente el contrario. Isaías recuerda una experiencia sensorial que, después de afectar a la vista, al oído, al tacto y al olfato, suscita en él un sentimiento no esperado.

En efecto, Isaías “ve” al Señor y a los serafines. “Oye” los gritos con que proclaman la gloria del Señor, tres veces santo. “Siente” el temblor de las jambas de las puertas del templo. Y, al parecer, “huele” el humo que lo llena. Y ante la grandeza de Dios descubre su propia distancia y su in-dignidad: es un hombre de labios impuros.

LOS TÍTULOS DE JESÚS
 Simón Pedro se encuentra en un marco diferente. No está en el templo, sino en el escenario habitual del lago de Galilea. No hay serafines que proclamen la gloria de Dios, sino una extraordinaria redada de peces. Y no ve al Dios de los astros del cielo, sino a Jesús de Nazaret, un nuevo profeta que ha aparecido por la ribera del lago. Sin embargo Pedro pasa por una experiencia semejante, según las dos frases que se atreve a pronunciar (Lc 5, 1-11):

 • “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. El discípulo constata el fracaso de una fatigosa tarea, a la que está acostumbrado. Y, al mismo tiempo, hace ver la confianza que pone en las palabras de un maestro, al que ha decidido seguir.

• “Apártate de mi, Señor, que soy un pecador”. La confianza ha dado un fruto insospechable. Ante la enorme captura de peces, Simón cambia el título con el que se dirige a Jesús. El Maestro es reconocido ahora como Señor. También ahora el camino es el inverso. Frente al poder de Jesús, Simón descubre su distancia y su in-dignidad, es decir su pecado.


 LAS PROPUESTAS DE JESÚS
Pero, en ambos relatos hay algo aún más importante. A pesar de la indignidad de Isaías, el Dios Santo lo elige como su profeta. Y a pesar de la conciencia de pecado de Simón Pedro, Jesús lo elige como su apóstol. En ambos casos, a la llamada responde la disponibilidad del llamado.

 • “Rema mar adentro y echad las redes para pescar”. En la primera frase, Jesús requiere la colaboración del amigo pescador, suscita en él un dinamismo nuevo e interpela al mismo tiempo sus capacidades y su confianza. El resultado responde más a la iniciativa de Jesús que a la pericia de Simón y sus compañeros pescadores.

• “No temas: desde ahora serás pescador de hombres”. En la segunda frase, Jesús reconoce que el asombro ante el misterio puede provocar el temor, pero tranquiliza al amigo. El presente se convierte en signo profético para una misión de futuro. Jesús no ignora la historia ni las aptitudes del amigo. Las valora y les confiere un nuevo destino.

 - Señor Jesús, gracias por que te has fijado en nosotros, porque has solicitado nuestra colaboración y porque nos envías a una misión que es la tuya. Amén.

José-Román Flecha Andrés

EL PROFETA EN SU TIERRA
Domingo 4º del Tiempo Ordinario. C
3 de febrero de 2013

“Antes de formarte en el vientre te escogí…Te he nombrado profeta de los gentiles…No les tengas miedo…Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”. Sobre este oráculo del Señor se asienta la vocación profética de Jeremías (Jer 1, 4-5. 17-19). 

Su misión no brota de una decisión personal, sino que se debe a la elección gratuita e incondicional por parte de Dios. A la elección sigue el envío para anunciar la palabra de Dios a los paganos. Y el envío es sostenido por una protección continua de Dios. Elección, misión y protección. Tres tiempos de la misma vocación. 

Muchos creyentes han llegado a descubrir en su propia vida esos tres momentos de la presencia de Dios. Por supuesto, la Iglesia entera se sabe destinataria de esa vocación profética de anuncio y de denuncia. Y de alguna forma, en ese camino se encuentran todas las personas que buscan un sentido para su vida y luchan por una sociedad más justa. 

PALABRAS DE GRACIA
Pero la misión del profeta no es fácil. En la sinagoga de Nazaret, Jesús leyó un texto que se encontraba en el libro de Isaías. Y tuvo la osadía de añadir: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21). Se suele decir que, admirando sus palabras llenas de gracia, las gentes de su pueblo primero lo aceptaron y después lo rechazaron. 

Pero tal vez hay que revisar esa traducción. Los vecinos de su pueblo, dieron testimonio contra él, escandalizados por su pronunciamiento a favor de una gracia universal. Jesús se arrogaba la misión de pregonar el jubileo de la reconciliación, pero había que omitir las palabras proféticas que anunciaban la venganza de Dios. 

Jesús se presentaba como el profeta de un Dios misericordioso. Un Dios que acogía también a los extranjeros y a los paganos. Se comparaba a sí mismo con Elías, que atendió a una viuda de las tierras de Sidón, y con Eliseo, que curó al leproso Naamán, llegado de Siria. El Dios de Jesús era incompatible con las fronteras de los nacionalismos.

MENSAJE Y MENSAJERO

Las gentes de la aldea en la que Jesús se había criado no podían soportar que el hijo de José les cambiara su idea de Dios. Evidentemente, lo consideraron como un blasfemo. Y, según la Ley de Moisés, los blasfemos habían de ser castigados con la muerte (Lev 24,16).



• “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. El evangelio pone en boca de Jesús este refrán. Él fue rechazado en el pueblo donde se había criado y por las gentes con las que había convivido. También hoy los pueblos cristianos rechazan su doctrina y hasta su nombre.



• “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. A lo largo de los tiempos, el refrán ha podido aplicarse a la Iglesia. Por fuerza habría de ser perseguida la comunidad que trata de predicar la reconciliación entre las gentes y las comunidades divididas y enfrentadas.



• “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. Bien lo saben los evangelizadores de hoy. Sus vecinos y parientes, por al no aceptar el mensaje de la gracia, rechazan también al mensajero que lo anuncia.



- Señor, Jesús, te reconocemos como el enviado de Dios y el profeta de un Dios que nos llama a superar nuestra diferencias gracias a la universalidad de la fe. Ayúdanos a ser fieles a tu evangelio a pesar de todas las dificultades. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 

LEYENDO LA ESCRITURA

Domingo 3º del Tiempo Ordinario. C

27 de enero de 2013

“Andad, comed buenas tajadas y bebed vino dulce”. Sacadas de su contexto, esas palabras parecen una exhortación al disfrute de una fiesta abundante en manjares. Y así es. Sin embargo, estas palabras no son el pregón de una fiesta egoísta, sino abierta a los demás y a Dios: “Enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios”.

Así hablan Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y letrado y los levitas que enseñan al pueblo y sirven al Señor. El pueblo ha regresado del exilio padecido en Babilonia. Se celebra con júbilo la fiesta de los Tabernáculos. Con esa ceremonia se puede decir que nace el Judaísmo (Neh 8, 2-10).

Proclamado en la liturgia cristiana de hoy, este relato subraya la importancia de proclamar y escuchar en la asamblea la palabra de Dios. En ella encuentra la comunidad la luz del Señor y la fuerza para recorrer el camino de la vida. Con razón añade el texto: “No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

EL UNGIDO Y ENVIADO
También el evangelio nos introduce en una escena semejante, aunque mucho más humilde. Jesús ha empezado a enseñar en las sinagogas de la comarca de Galilea, acompañado por la buena acogida y la alabanza de las gentes. 

Un día regresa a Nazaret, la aldea donde se había criado. Como era su costumbre, también allí acudió el sábado a la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura. El texto del evangelio de Lucas reconstruye minuciosamente la escena (Lc 4, 16-21). Jesús lee un pasaje contenido en el libro de Isaías en el que se contienen tres puntos de una misma profecía:

• El Espíritu de Dios reposa sobre el Mesías y lo unge para la misión. No se olvide que “Mesías” y “Cristo” se pueden traducir precisamente por el “Ungido”. 

• La unción del Espíritu lo prepara para una triple misión: liberar a los cautivos, sanar a los enfermos y anunciar una buena noticia a los pobres. 

• El Mesías es enviado a proclamar ante su pueblo la celebración del jubileo, es decir, el año de gracia del Señor y de condonación de las deudas.


LA PALABRA Y LA VIDA

El texto evangélico todavía nos hace imaginar a los fieles que han acudido a la sinagoga. Conocen a Jesús desde que era un niño. Lo reconocen como el hijo del carpintero. Permanecen atentos esperando el comentario que habrá de hacer uno como él que no ha tenido especiales estudios de los textos sagrados.

Para asombro de todos, Jesús se limitó a decir: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. El evangelio anotará a continuación las reacciones de la asamblea a esta declaración. Pero, por ahora, la liturgia de este día nos invita a detenernos ahí. 

• “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Estas palabras contienen una revelación. Efectivamente, en Jesús se cumplían las antiguas profecías. Él era y es el Mesías enviado por Dios. Su misión es liberadora y sanadora. 

• “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Estas palabras se cumplen también en la realidad presente de la Iglesia. Enviada por Dios, ha de hacerse cargo de los marginados anunciar a los pobres el mensaje de su dignidad y propiciar la reconciliación universal.

• “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Estas palabras nos recuerdan que la Escritura Santa no es una reliquia del pasado. Es una voz que nos invita a la escucha. Es un mensaje que resuena vivo y activo para cada uno de nosotros.

- Señor Jesús, te reconocemos como el Mesías enviado por Dios para nuestra salvación. Que la lectura de la Palabra de Dios, alimente nuestra fe, llene de gozo nuestra fiesta, nos lleve a compartir nuestros bienes con los demás y nos ayude a descubrirte presente entre nosotros. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

EL SIGNO DE CANA
Domingo 2º del Tiempo Ordinario. C
20 de enero de 2013

 “Como un joven se casa con su novia, así se desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” (Is 62,5). Un anónimo profeta del tiempo posterior al exilio dedica estos hermosos versos a la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén. 

La idea de la alianza de Dios con su pueblo era antigua y persistente en la historia de Israel. Podía ser entendida según el modelo de los pactos entre un rey poderoso y otros reyes vasallos que buscaban protección en él. Pero con mucha frecuencia esa alianza se entendió como una entrega esponsal, en la que Dios se entregaba a su pueblo y exigía de él fidelidad.

Como hicieran Oseas, Jeremías y Ezequiel, este anónimo profeta no tiene empacho en emplear la imagen del amor matrimonial para referirse a las relaciones de Dios con la Ciudad Santa. La elección y la ternura, el amor y la fecundidad son ideas que han de reforzar la conciencia de todos los que viven en Jerusalén o peregrina hasta ella.

 EL AGUA Y EL VINO
Pues bien, la imagen del amor esponsal había de perdurar también en el Nuevo Testamento para reflejar las relaciones de Jesús con la nueva comunidad. En el evangelio de Juan y sólo en él se encuentra el relato de la participación de Jesús en una boda celebrada en el pueblo de Caná de Galilea (Jn 2, 1-11). En él sobresalen algunos detalles significativos:

• El texto sitúa esta fiesta “a los tres días” a contar desde el encuentro de Jesús con Natanael. La referencia al tercer día, recuerda la manifestación de Dios en el monte Sinaí (Ex 19,16) y anticipa la definitiva manifestación de Dios en la resurrección de Cristo. En medio se sitúa esta “hora” de Jesús que preanuncia su gloria.

 • En Caná, ocupa un puesto central el vino. Cuando llega a faltar, Jesús no lo crea de la nada. Convierte en vino el agua de las purificaciones de los judíos. No empieza a existir el vino de la nueva alianza sin el agua de la fe de Israel. El don de Dios viene en ayuda del esfuerzo humano, como escribió Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” (I, 299). 

• Con este primer “signo” Jesús manifestó su gloria, como Dios había manifestado su gloria en el Sinaí. Y sus discípulos creyeron en él. El camino de la fe se había iniciado ya gracias a la indicación del Bautista sobre Jesús. Se había manifestado en el seguimiento. Ahora, “al tercer día”, se afianza la fe en quien renueva la alianza con el vino de la fiesta.

MARÍA Y LA FE
La meditación del relato de las bodas de Caná no puede prescindir de la presencia de María. No se puede olvidar que en él sitúa el evangelio de Juan las dos únicas frases que a ella le atribuye.

• “No les queda vino”. María está atenta a las necesidades de sus amigos y conocidos. En ella se ha visto reflejada la Iglesia, según afirma el Concilio Vaticano II. También ella ha de prestar atención a una humanidad insatisfecha y dolorida, que ha perdido las razones para vivir y las razones para esperar.


• “Haced lo que él diga”. María sabe que la salvación, como la fiesta de la vida, es siempre don de Dios. Pero sabe que la humanidad ha de estar preparada para acoger esa salvación y hacer posible la alegría. La fe es un don de Dios, pero sólo crecerá si ponemos las condiciones humanas para que eche raíces en nuestra vida y en nuestra sociedad. 

- Señor Jesús, tú conoces nuestras necesidades. Queremos estar atentos a tu presencia en nuestra vida. Estamos dispuestos a poner de nuestra parte el agua que hará posible la fiesta de la vida. Deseamos ardientemente que tu gloria aumente nuestra fe. Amén. 

José-Román Flecha Andrés



EL BAUTISMO DEL SIERVO DE DIOS
Fiesta del Bautismo del Señor
13 de enero de 2013

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones” (Is 42,1). Esas palabras del primer canto del Siervo de Yahvéh, que encontramos en el libro del profeta Isaías, nos introducen en la liturgia de hoy.

La imagen es al mismo tiempo misteriosa y elocuente. El anónimo “siervo” de Dios parece referirse a un discípulo predilecto. Es elegido por el Señor como profeta. Escucha atentamente la voz de lo Alto. Actúa como testigo de la voluntad de Dios. Y parece destinado a un martirio que resulta salvador para los demás.

Esas palabras podrían referirse hoy a todos los creyentes. También nosotros hemos sido elegidos y llamados por Dios. Sabemos que sobre nosotros descasa su espíritu. Y creemos que hemos sido enviados a difundir por el mundo un ideal que nos trasciende, un mensaje que es superior al mensajero. El de la justicia que el Dios justo espera de esta tierra.

EL ANUNCIO

Pero estas palabras del libro de Isaías nos hacen pensar en el Bautismo de Jesús. En el evangelio de Lucas (Lc 3, 15-16. 21-22) escuchamos una vez más la voz de Juan el Bautista. Alejado de la algarabía de Jerusalén, se ha retirado a las orillas del Jordán para anunciar la próxima venida del Mesías. Tres puntos resumen ese anuncio.

 • “Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo”. El bautismo de Juan recuerda a su pueblo la figura de Josué, el paso del Jordán y el don de la tierra prometida. Y le recuerda también la voz ardiente del profeta Elías, defensor del único Dios. Y sobre todo anticipa la llegada de Aquel que asumirá la misión de Josué y la de Elías.

• “Yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias”. Ante el Mesías que ha de venir, Juan se considera más indigno que un esclavo. Él es tan sólo una voz que resuena en la soledad del desierto.

 • “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. El Mesías Jesús, en efecto, sumerge a los creyentes en el baño del Espíritu, Señor y dador de vida. Y los ilumina con el fuego del amor que unifica las lenguas


LA REVELACIÓN

Con todo, el evangelio de Lucas pasa por alto el ministerio de Juan: “En un bautismo general, Jesús también se bautizó”. El precursor ha cumplido su misión. De acuerdo con la teología de Lucas, importa subrayar la oración de Jesús. Una oración que es revelación y escucha: “Mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto”.

• “Tú eres mi hijo”. La fe cristiana nos lleva a recordar las palabras del salmo: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). Como Jesús, nosotros reconocemos a Dios como Padre al escuchar su palabra.

• “El amado”. En el libro del Génesis leemos la orden de Dios a Abraham: “Toma a tu hijo único, Isaac, al que amas…y ofrécelo en holocausto” (Gén 22,2). Como Isaac, también Jesús descubre en su bautismo un camino que lleva al sacrificio.

 • “El predilecto”. En el primer poema del Siervo de Yhavéh, Dios lo llama “mi elegido en quien se complace mi alma” (Is 42,1). La predilección de Dios afianza la confianza de Jesús en su Padre y sustenta la nuestra.

Como ha escrito Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” (I,47), en su bautismo Jesús “se presenta ante nosotros como el Hijo predilecto, que si por un lado es totalmente Otro, precisamente por ello puede ser contemporáneo de todos nosotros”.

- Señor Jesús, que nuestro propio bautismo nos ayude a vivir el camino de la fe como hijos de Dios para que podamos escuchar con atención su palabra y anunciarla con decisión a nuestros hermanos. Amén.

José-Román Flecha Andrés




ENCUENTRO Y PROFECÍA

Domingo 4º de Adviento. C

23 de diciembre de 2012
A Belén había llegado Ruth en el tiempo en que se segaba la cebada. Con la llegada de aquella extranjera se preparaba un futuro glorioso. De su familia había de nacer el rey David. Pero el profeta Miqueas no mira al pasado cuando ve en aquel lugar el origen de un reinado futuro. De Belén, pequeña entre las aldeas de Judá, saldrá el jefe de Israel.

Esta profecía de Miqueas no puede ser olvidada. De hecho, la encontraremos de nuevo en el Evangelio según San Mateo. A ella se remiten los sabios, cuando el rey Herodes les consulta sobre el lugar de nacimiento del Rey de los judíos. Un misterioso rey al que vienen buscando los Magos llegados del Oriente.

Belén es más que una pequeña aldea perdida en el recuerdo. Belén es también la esperanza de un mundo renacido. Belén es la promesa de la paz y de la justicia. También es la promesa de la vida. No en vano el profeta Miqueas alude de forma misteriosa a la madre que da a luz, para situar el tiempo del jefe de Israel.

 EL DON DE LA VIDA

La vida se hace especialmente presente en el Evangelio que hoy se proclama (Lc 1, 39-45). En él se narra la visita de María de Nazaret a su pariente Isabel. Las dos mujeres llevan la vida de un bebé en sus entrañas. Una vida que es en primer lugar un don exclusivo de Dios, dadas las condiciones de sus madres. 

Para María y para Isabel, por otra parte, la vida de sus hijos es un signo de la escucha y de la acogida de la palabra de Dios. Es la palabra de Dios la que marca los plazos del tiempo. Y la que hace posible lo imposible. Ellas han sabido escuchar la voz de lo Alto. Y por eso han entrado en la órbita de la vida y de la salvación.

Las dos mujeres están llenas del Espíritu de Dios. Así le había dicho el ángel a María: “el Espíritu de Dios te cubrirá con su sombra”. Ahora, se dice de Isabel que, llena del Espíritu Santo, proclama a María como la bendita entre las mujeres y como madre del fruto más bendito de la tierra.

 LA CREENCIA Y LA FE

 El Evangelio de hoy se cierra con otra frase inolvidable de Isabel:: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Es ésta la primera de todas las bienaventuranzas de la nueva era de la salvación. 


 • “Dichosa tú que has creído”. La creencia de María no era una simple credulidad. Ante el anuncio del Ángel, ella había querido saber. Mostraba sus dudas. No era fácil comprender el anuncio. Ni aceptar una responsabilidad no esperada. Y, sin embargo creyó.

• “Dichosa tú que has creído”. La creencia de María no obedecía a un deseo de sobresalir entre las gentes de su pueblo. Sospechaba ella lo que aquella maternidad podía costarle. El ángel parecía adivinar sus temores. Y sin embargo creyó.

• “Dichosa tú que has creído”. La creencia de María no se basaba en su conocimiento de la realidad. Ni en su propio saber y entender. No se guardó para sí misma las preguntas que bullían en su interior. No era fácil aceptar una misión imposible. Y sin embargo creyó.

La fe de María era una sencilla pero difícil confianza en el Dios que habla y propone horizontes inesperados. La fe de María se apoyaba sólo en la palabra de Dios. Ahora Isabel le decía que lo dicho por Dios se cumpliría.

- Padre de los cielos, Al prepararnos para celebrar el nacimiento de Jesús, queremos escuchar tu palabra que genera la vida y desencadena la esperanza. Sabemos que tu palabra transformará nuestra vida y hará posible la vida, la salvación y la paz. Por todo ello te damos gracias. Amén.
José-Román Flecha Andrés




LA SALVACIÓN DE DIOS
Domingo 2º de Adviento. C
9 de diciembre de 2012

Ya estamos convencidos de que la crisis económica que estamos padeciendo es un pequeño reflejo de la crisis moral y cultural en la que nos hemos ido enredando desde hace tiempo. Desde todas partes surge la pregunta por la solución. Todos buscamos una salida decorosa: una salvación para la persona y para la sociedad. 

¿Dónde se encuentra la salvación? Unos la buscan en unas reformas económicas que al fin terminan por aplastar más a las víctimas. Otros apelan a una revolución pendiente que trata de hacernos olvidar su propio fracaso. Otros miran a los poderosos de la tierra y a las nuevas economías emergentes esperando que nos compren como esclavos. 

Pero nos cuesta entender que la salvación no es solo obra nuestra. En el texto del profeta Baruc que hoy se proclama, se insiste en recordar la iniciativa de Dios. Es Dios quien elige a Jerusalén. Es Dios quien la reviste de un manto de justicia. Es Dios quien trae a sus hijos del destierro. Es Dios quien les allana los senderos del desierto (Bar 5, 1-9).

LA CONVERSIÓN DEL HOMBRE
El desierto es también el ambiente en el que se mueve Juan el Bautista. No deberíamos olvidar que había nacido en el seno de una familia y de una tradición sacerdotal. Habría podido disfrutar de una situación de privilegio. Sin embargo, Juan había roto con aquel sistema para retirarse al desierto. De allí viene la salvación.

El evangelio de Lucas evoca con fuertes rasgos la situación social que estaba viviendo el pueblo de Israel (Lc 3,1-6). En lo político, estaba dominado por los tentáculos poderosos del Imperio Romano. En lo religioso, se recordaba que, habiendo sido sumo sacerdote durante nueve años, Anás seguía controlando el templo por medio de sus hijos y de su yerno Caifás.

Cualquiera había pensado que había que comenzar por cambiar de un golpe las estructuras del poder. Pero Juan descubre que las dificultades para que amanezca el día de la salvación no están sólo en la situación política o eclesiástica. Están sobre todo en el interior de cada persona. Juan se retira al desierto para poder invitar a todo hombre a la conversión.

Haciéndose eco de las palabras de Baruc y de Isaías (2, 12-18), Juan insiste en la necesidad de allanar barrancos y precipicios para facilitar el camino de la salvación. Hay que rebajar los montones de nuestro orgullo. Y hay que rellenar los socavones de nuestros desalientos. A la esperanza se oponen tanto la presunción como la desesperación.

EL ANUNCIO DE DIOS
“Que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale, y todos verán la salvación de Dios”. El mensaje de Juan Bautista no era sólo moral. Era profundamente religioso. No sólo invitaba a los hombres a la conversión. Anunciaba la intervención de Dios. 

• “Todos verán la salvación de Dios”. Bien sabemos que si es preciso observar la Ley de Dios, es más necesario aún descubrir y amar al Dios de la Ley. A los que esperar la salvación de Dios es hora de anunciarles con humildad y valentía el verdadero rostro del Dios de la salvación.

• “Todos verán la salvación de Dios”. Se dice que para la fe de Israel era importante el verbo “escuchar” la voz de Dios. Pero los peregrinos que subían al templo de Jerusalén deseaban también “ver” el rostro de Dios. Los creyentes de hoy están llamados a dar un testimonio que haga visible a Dios en este mundo. 

• “Todos verán la salvación de Dios”. El pregón del Bautista va dirigido a “todos”: los de cerca y los de lejos. La salvación tiene una dimensión universal. Dios quiere la salvación de todos. Los que sólo en él encuentran consuelo y apoyo. Y los que hacen alarde de su autosuficiencia. 

- Señor Jesús, tu nombre significa que “Dios es salvación”. En las palabras de Juan el Bautista hemos descubierto que en ti podemos ver el camino por el que Dios llega a salvar a nuestra pobre humanidad. Bendito seas por siempre, Señor.

José-Román Flecha Andrés

LOS ASTROS TEMBLARÁN
Primer domingo de Adviento. C
2 de diciembre de 2012

El primer domingo de Adviento repite las ideas que veníamos meditando durante las dos semanas anteriores. Se diría que el nuevo año litúrgico empalma directamente con el final del año anterior. El eslabón que une esos dos extremos es la esperanza. La pequeña y tenaz esperanza que supera el temor ante la caducidad de las cosas de este mundo.

En muchas culturas antiguas los astros eran objeto de adoración. De ellos dependía la vida. Eran lejanos e inaferrables. Y sin embargo, su luz iluminaba a los hombres y marcaba el ritmo de la vida y de los tiempos. No podemos extrañarnos de ellos. También hoy hay mucha gente que mira a los astros tratando de leer en ellos su propia suerte.

Además, en nuestro tiempo, se suele calificar como astros y estrellas a quienes sobresalen en el mundo del espectáculo. Son personas que atraen las miradas de los demás. Se crean perfumes que llevan su nombre. Las gentes tratan de imitarlas en la forma de vestir. Y hasta en las opciones religiosas que las caracterizan.

SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN
El evangelio que hoy se proclama (Lc 21, 25-28.34-36) anuncia que un día los astros temblarán. Con ellos se insinúa que es inútil depositar la confianza en lo que parece más estable en todo el universo. El verdadero creyente no puede atribuir a las cosas creadas un valor absoluto y definitivo. 

Es muy interesante la observación de los sentimientos humanos que el texto revela. Ante el temblor de los astros, es decir, de lo que se considera más firme, la reacción espontánea es el temor: “Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán”.

Ante ese sentimiento, el evangelio contrapone una actitud de confianza: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Es verdad que la confianza requiere vigilancia y ascetismo. No dejarse embotar por el vicio, mantenerse despiertos y pedir la fuerza necesaria.

Pero nadie se esfuerza por nada y para nada. El evangelio concluye dirigiendo la mirada hacia la venida del Hijo del Hombre. La manifestación del Señor de la historia nos libera del temor, orienta nuestra esperanza y nos proporciona una razón más que suficiente para la rectitud moral, para la vigilancia y la oración. 

EL HIJO DEL HOMBRE
“Suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra”. Esas palabras de Jeremías (33, 14-16) son la promesa clave de este primer domingo del Adviento. Este tiempo litúrgico nos recuerda que nuestra vida esta marcada por el signo de la esperanza. 

• “Suscitaré a David un vástago legítimo”. El profeta Natán había prometido al rey David que Dios le dará una casa y una descendencia real. La tradición cristiana ha visto en Jesús la realización de aquella promesa. Jesús es el descendiente de David que los siglos esperaron. Y cuya venida anunciamos y preparamos cada día. 

• “Hará justicia y derecho en la tierra”. La experiencia nos dice que en nuestro mundo parecen triunfar la impostura y la corrupción, la maldad y la mentira. Pero nuestros corazones no se dejan seducir. Anhelamos un futuro de libertad y derecho, de justicia y de paz. Pero ese amanecer ha de ser don de Dios y fruto de nuestra responsabilidad. 

-Señor Jesús, te esperamos como el Hijo del Hombre prometido. Aguardamos tu manifestación final como Señor de la historia y como príncipe de la paz. Que la celebración de tu nacimiento nos lleve a acoger tu mensaje y a colaborar con nuestras obras a su realización. Amén. 

José-Román Flecha Andrés


SU REINO NO TENDRÁ FIN
Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. B
25 de noviembre de 2012.

También en esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, la primera lectura de la misa está tomada del libro de Daniel. El profeta ve como un hijo de hombre que recibe de Dios poder real y un dominio que se extiende en el espacio y en el tiempo, para alcanzar a todo el universo y nunca tendrá fin (Dn 7,13-14).

El texto nos dice que el reino de Dios es concedido a los humanos, en contraposición con las bestias, antes mencionadas, Frente al poder salvaje, los santos del Altísimo recibirán el Reino. Los que han dado testimonio de su fe hasta el martirio serán coronados por Dios. Los hombres podrán recuperar su dignidad y su libertad frente a lo inhumano de este mundo. 

Ahora bien, la tradición cristiana ha atribuido a esa visión un significado mesiánico. Según esa interpretación, el profeta anunciaría la llegada de un mesías salvador. Elegido por el mismo Dios, sometería la arrogancia de los poderes de este mundo. Su autoridad aportaría a la humanidad una paz estable y universal. 

EL REINO Y LA VERDAD
El evangelio de Juan que hoy se proclama recoge un momento culminante del proceso romano a Jesús (Jn 18,33-37). Pilato le dirige cuatro preguntas para tratar de averiguar qué tipo de realeza se atribuye aquel judío que han traído hasta su tribunal. Las preguntas del gobernante se sitúan en un nivel político. Le interesa mantener la calma en aquella tierra. 

Las respuestas de Jesús van más allá del alcance de las preguntas. Jesús afirma haber venido al mundo para ser testigo de la verdad. No olvidemos que en griego el testigo se llama “mártir”. No es extraño que en los escritos paulinos se diga que Cristo hizo una hermosa confesión dando testimonio ante Pilato (1 Tim 6,13).

Cristo es testigo de la verdad que es él mismo (Jn 14,6). Por eso su reino no es impone a nadie. Es acogido por quienes aman la verdad. Todo el que es de la verdad escucha su voz (Jn 16, 37). No es la imposición el medio como se extiende su Reino, sino el ejercicio de la libertad del hombre y su responsabilidad ante la verdad que salva.

EL REINO Y EL MUNDO

Pero en la respuesta de Jesús hay otra frase que ha creado muchas dificultades a los creyentes: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Siempre habrá que volver a repensar estas palabras. 

• “Mi reino no es de este mundo”. A veces se entiende esta frase como si la fe alejase a los creyentes de las realidades de esta tierra. Y no es verdad. Jesús había dicho a Nicodemo que Dios había amado al mundo hasta entregarle a su Hijo. Como dice San Agustín, su Reino se encuentra en esta tierra, pero no es de esta tierra. Los discípulos del Maestro aman este mundo con sinceridad, con responsabilidad y con una admirable libertad.

• “Mi reino no es de aquí”. Jesús no tiene una guardia armada para defenderlo. Su mensaje no se impone por la fuerza. La pasión con la que Pedro desenvaina una espada es reprendida por Jesús (Jn 18,10). No pertenecen al reino de Jesús los que antes o ahora tratan de imponer la verdad por medio de la violencia o de la coacción. O por medios más sutiles, como la concesión de beneficios y prebendas.

Señor Jesús, sabemos que el tuyo es el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. Que hagamos tu voluntad para que venga a nosotros tu reino. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 
LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE
Domingo 33 del Tiempo Ordinario.B
18 de noviembre de 2012

              La justicia humana no siempre responde a la verdad. En tiempos de persecución, la profecía del libro de Daniel invita a los creyentes en el Dios de la alianza a vivir aguardando la justicia de Dios: “Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por la eternidad” (Dn 12,3).

Esa sabiduría no es la erudición de los estudiosos. No es cuestión de saberes, sino de sabores. Los sabios son los que han sabido escuchar la voz de Dios y vivir de acuerdo con sus orientaciones. Los que enseñaron a otros la justicia, son quienes les ayudaron a descubrir al Dios justo y misericordioso. 

En los tiempos antiguos, en muchas culturas se adoraba a los astros del cielo. La antigua profecía sugiere el fin de toda idolatría. De hecho, sustituye a las estrellas del cielo por los que aceptaron la voluntad de Dios, la cumplieron y enseñaron a otros a cumplirla. Su luz brilla con más fulgor que la de los astros. 

SEÑOR Y JUEZ DE LA HISTORIA

En el evangelio que hoy se proclama, Jesús orienta la atención de sus discípulos hacia un futuro de plenitud y de gracia (Mc 13, 24-32). El Señor se manifestará un día como Señor y juez de la historia. En el Credo afirmamos que Jesucristo “vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”.  

La expectación de esa venida-manifestación anunciada por Jesús desencadena actitudes contrapuestas de temor y de esperanza, de curiosidad y de paz. Sobre todo, ha de motivar algunas actitudes como la conversión, la vigilancia y la oración. Los amigos de Jesús son continuamente exhortados a vivir siempre aguardando la venida de su Señor.  

El texto evangélico anuncia también la caída de los astros: “El sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”. Los cristianos de Roma, a los que se dirigía este mensaje, debieron de entender que había llegado el fin de toda idolatría. 

EL UNIVERSO Y LA PALABRA
Los cristianos de todos los tiempos se han preguntado con curiosidad cuándo se manifestará el Señor. Temen que el mundo tenga un final, en lugar de alegrarse por el fin y la finalidad que el Señor indica a nuestra actividad en el mundo. 

A nuestras inquietudes, Jesús responde con la parábola de la higuera. Cuando brotan las yemas en sus ramas, entendemos que está cerca el verano. Cuando en el mundo veamos la caída de nuestros ídolos es que está cerca el Reino de Dios. Jesús ha empeñado su palabra: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

• “El cielo y la tierra pasarán”. Hemos puesto nuestra confianza en el universo, en la naturaleza, en el progreso, en la técnica que manipula cielos y tierra. Pero todo es efímero y caduco. La espera del Señor orienta nuestra vida y juzga nuestras estructuras. 

• “Mis palabras no pasarán”. La palabra del Señor es luz para el espíritu. Y es también antorcha que nos ayuda a discernir los logros y fracasos del progreso. Su palabra nos juzga y nos alienta. No hay salvación sin Salvador. 

- Señor, Jesús, nuestra fe en ti no nos aleja de este mundo. Nos ayuda a comprometernos activamente para hacer de él una morada digna del hombre. Fortalece tú nuestra esperanza y nuestro amor. Ven, Señor Jesús. 

José-Román Flecha Andrés

 

EL ICONO DE LA VIUDA
Domingo 32 del Tiempo Ordinario. B.
11 de noviembre de 2012


En el mundo pretendidamente desarrollado hay numerosas viudas que acaparan la atención de los medios de comunicación. Y no sólo por el relieve social que hayan tenido sus maridos o por las circunstancias dramáticas o heroicas de su muerte. No. Ellas son las verdaderas protagonistas por su brillante papel en los negocios o en el mundo del arte.

Pero en las sociedades antiguas, la viuda era el símbolo de la pobreza, del abandono social y de la incapacidad de decisiones importantes. Por eso en el mensaje bíblico se insiste con frecuencia en la necesidad moral de prestar atención y ayuda al huérfano y a la viuda. Esa atención había de ser el signo de la providencia divina sobre los más débiles.

Al acoger a Elías, la viuda de Sarepta se convierte en una imagen de la fe. Vive en una región pagana, pero reconoce al profeta como un enviado del único Dios. Su disponibilidad para la acogida hace de ella un modelo de humanidad. Su don parece un preludio de la muerte, pero es en realidad un signo de vida y de esperanza (1Re 17, 10-16).

LA VISIÓN DEL PROFETA

El evangelio presenta a Jesús como un verdadero profeta. Lo manifiesta, en primer lugar, con sus palabras sobre los escribas. Dicen ocuparse de la Ley del Señor, mientras que sólo se ocupan de sí mismos. Parecen servir a Dios cuando en realidad se sirven de Dios para alcanzar privilegios sociales. No son religiosos, son ateos disfrazados (Mc 12,38-44).

Sin embargo, Jesús se manifiesta como profeta sobre todo por su forma de “ver la realidad”. Sentado en la estancia donde se reciben las ofrendas al templo de Jerusalén, escucha un día las declaraciones de los oferentes. Los ricos depositan grandes cantidades de dinero. Una viuda se acerca y entrega dos monedas insignificantes.

Los asistentes ven el exterior. Pero Jesús ve los hechos y su significado. Sabe que las grandes cantidades de los ricos son parte de lo que les sobra en la vida. La humilde oblación de la viuda es “todo lo que tiene para vivir”. Como la viuda de Sarepta, también esta viuda anónima acepta el riesgo de muerte que supone toda verdadera donación.

LA POBREZA Y LA MISIÓN

En un momento en el que se plantea la necesidad y la urgencia de una nueva evangelización, es posible ver en la viuda del templo el icono de la Iglesia. A ella han de aplicarse las palabras proféticas de Jesús: “Esta que pasa necesidad ha echado todo lo que tenía para vivir”.

• “Esta que pasa necesidad”. Los medios de comunicación presentan a la Iglesia como una inmensa potencia económica. Y con frecuencia airean asuntos de dineros que resultan escandalosos. Al tullido que pedía limosna a la puerta del templo de Jerusalén, Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar” (Hech 3,6). La pobreza forma parte de la vocación y la misión de la Iglesia.

• “Ha echado todo lo que tenía para vivir”. En la tarea de la evangelización no son más eficaces las grandes cantidades y los extraordinarios medios de la publicidad y de la técnica. La Iglesia sabe que está llamada a entregar todo lo que tiene para vivir. Cree que el humilde óbolo de la viuda es observado por el Señor de la historia. Y repite una y otra vez que el gesto más humilde de un verdadero creyente se semilla de evangelio.

- Señor Jesús, que no nos engañen las apariencias ni el brillo de los bienes y el dinero. Danos generosidad para descubrir el valor del don y de la entrega de nosotros mismos. Y acoge la ofrenda más pobre como signo y camino de tu gracia. Amén.

José-Román Flecha Andrés

 

EL PRIMER MANDAMIENTO
Domingo 31 del Tiempo Ordinario. B.
4 de noviembre de 2012


Nos pasamos la vida hablando del amor y tenemos la impresión de no haber llegado nunca a comprenderlo. El amor humano es siempre un misterio difícil de entender, de vivir y de explicar. Igualmente difícil –y mucho más- es el amor que decimos profesar a Dios. Tal vez por eso, el texto del Deuteronomio que hoy se proclama (Dt 6, 2-6) usa tres palabras:

- “Escucha Israel”. La escucha es ya una apertura al otro. Al escuchar salimos de nosotros mismos y entregamos al otro nuestro tiempo, que es nuestra vida. Le ofrecemos hospedaje. La escucha es ya una forma de amor. 

- “Teme al Señor tu Dios”. Hay un temor que confundimos con el miedo. Temer al Señor significa reconocerlo como “otro”, es decir, como diverso y trascendente. Sin el temor, el amor a Dios sería una simple proyección de nosotros mismos y nuestros deseos.

- “Guarda sus mandatos”. El mandato del Señor no es una imposición por la fuerza. Tampoco refleja un pacto social o un compromiso interesado. Es el don de sí mismo. En el mandato se revela su voluntad. Cumplir su mandato es manifestarle nuestra entrega.

DIOS Y EL PRÓJIMO

 “Amarás al Señor tu Dios”. Esa es la frase que une las dos alianzas. El amor es como la suma de las tres actitudes que subrayaba el Deuteronomio. Y es para Jesús, el mandato principal. Dios nos ha amado con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Y eso es lo que nos pide a cambio: una vida compartida. 

Un escriba piensa que debe de haber una jerarquía entre los mandamientos que se encuentran en la Ley de Moisés. Y se acerca a Jesús a preguntarle cuál es el primero de todos ellos (Mc 12, 28-34). Sospecha que, cumpliendo este mandamiento, seguramente quedarán cumplidos todos los demás. Por una pregunta, Jesús le da dos respuestas:

- Según Jesús, el mandamiento primero ordena amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Es decir con toda la existencia. La radicalidad es la garantía de la fidelidad. Frente a la dispersión de los pensamientos, los sentimientos y las acciones, sólo el amor a Dios reconduce al ser humano a la unidad 

- Pero Jesús menciona al escriba un segundo mandamiento, contenido en el libro del Levítico (Lev 19,18): “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Para muchas culturas ésta es la regla de oro. Con ella se supera todo egoísmo, puesto que pone al “tú” al nivel del “yo”. Un día Jesús se pondrá a sí mismo como modelo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esa es la definitiva superación del egoísmo.


ADORACIÓN Y FRATERNIDAD

El evangelio prosigue con una respuesta del escriba que ratifica la propuesta de Jesús. En ella se percibe la reflexión de la comunidad. Y se nos dan dos razones para aceptar esa prioridad del mandamiento del amor.

• “El Señor es uno solo y no hay otro fuera de él”. La unidad de la persona que ama a Dios es un regalo que brota de su amor a Dios. Y es también un efecto de la unicidad de Dios. Si no puede haber dos dioses, tampoco puede estar dividida la persona que dice amarlo con toda su existencia.

• “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo vale más que todos los sacrificios”. En una cultura que trata de reflejar su fe en los sacrificios rituales, es una provocación afirmar que la misericordia vale más que los holocaustos ofrecidos en el templo. Las antiguas palabras del profeta Amós (Am 5,21) se convierten para siempre en evangelio.

• “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. El evangelio pone en labios de Jesús la última palabra del diálogo. El Reino de Dios es Jesús mismo. Quien reconoce la primacía del amor a Dios y al prójimo, como signo de adoración del único y de la fraternidad universal no está lejos de la vida y del mensaje del Señor. 

- Señor Jesús, no permitas que nos dejemos prender en las redes de las normas que nos apartan de tu evangelio. Ayúdanos a amar a Dios con toda nuestra existencia y a nuestros hermanos con el amor con que tú nos amas. Amén.

José Román Flecha Andrés

EL CIEGO Y EL CAMINO
Domingo 30 del Tiempo Ordinario. B
28 de octubre de 2012



Después de habernos exhortado en los tres últimos domingos a revisar nuestras actitudes ante el placer, el tener y el poder, la liturgia nos presenta la imagen de los ciegos. A lo largo de las páginas bíblicas son con frecuencia la metáfora de la pobreza y el desvalimiento. En este día son como un grito de esperanza en medio de la oscuridad.

El profeta Jeremías pone en boca de Dios un oráculo de esperanza dirigido al pueblo de Israel, deportado en Babilonia (Jer 31, 7-9). El Señor de la historia se acordará de él y lo guiará de nuevo hasta su tierra. Al ir iban llorando, pero ahora regresarán entre consuelos.

Se anuncia la hora del retorno. Se anuncia un nuevo Éxodo. Dios traerá a los suyos y los congregará de los confines de la tierra. En ese resto de Israel, recobrado y liberado del exilio habrá ciegos y cojos y habrá preñadas y paridas. 

Dios se presenta a sí mismo como el protector de los enfermos y de las débiles. Él es el Señor de la vida. Es más, Dios quiere ser reconocido por Israel como un padre. 

LOS CONTRASTES HUMANOS

Dedicado a revisar las actitudes humanas más profundas, este capítulo del evangelio de Marcos se cierra con un relato profundo. Una especie de evangelio dentro del evangelio. Un resumen del itinerario de los que han sido alcanzados por la bondad del Señor (Mc 10,46-52). Un relato en el que, una vez más, se agrupan al menos tres contrastes.  

- En primer lugar, también aquí aparece la figura de un ciego. Es ciego y pobre, como ocurría generalmente en aquel tiempo. Pero es uno de los pocos enfermos curados por Jesús que tiene nombre propio. Se llama Bartimeo, es decir, “el hijo de Timeo”. Es claro que para el evangelio el pobre tiene dignidad.

- Es ciego, pero el oído le lleva a descubrir el paso de la gente. Y, sobre todo, el paso de Jesús. Mientras los que acompañan al Maestro quieren hacerle callar, el ciego lo invoca a gritos con un título mesiánico: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Evidentemente ése puede ser un verdadero discípulo.

- Hay un tercer detalle. Antes del encuentro con Jesús, el ciego es un mendigo sentado al borde del camino y pidiendo limosna. Después del encuentro es un hombre que ha recobrado la vista y sigue a Jesús por el camino. Mendigar al borde del camino y seguir por el camino al que se reconoce como el Maestro: he ahí la diferencia que marca la fe.

LAS PALABRAS DEL MAESTRO

El relato evangélico recoge tres frases de Jesús que reflejan lo que Él es y lo que aporta a quien se acerca a Él.

• “Llamadlo”. Esa es la voluntad de Jesús. Él vino a buscar a los pobres, a los enfermos y marginados. Y vino a buscar colaboradores para esa misión de sanación y salvación. Todos los cristianos somos invitados a hacer llegar esa llamada a los que buscan al Señor. 

• “¿Qué quieres que haga por ti?” Es la misma pregunta que Jesús dirigió a Santiago y Juan, hijos del Zebedeo. Ellos querían que Jesús les concediese honores y poder. Bartimeo sólo quiere la luz que puede conceder el que es la luz del mundo.

• “Anda, tu fe te ha curado”. La sanación viene del Señor. Es absolutamente gratuita. Pero el Señor valora la fe de los que se acercan a él con humildad y confianza. La que lo confiesa como hijo de Dios es la que lleva a descubrirlo como guía del camino.


- Señor, Jesús, tú conoces bien nuestra ceguera y nuestra pobreza. Ayúdanos a reconocerte cuando pasas a nuestro lado. Que no nos domine la cobardía. Y que, en medio de las tinieblas, podamos invocarte diciendo: “Maestro, que pueda ver”. Amén.  

José-Román Flecha Andrés




PODER Y SERVICIO
Domingo 29 del Tiempo Ordinario. B
21 de octubre de 2012


En los dos últimos domingos la liturgia nos ha invitado a reflexionar sobre las apetencias humanas del “placer” y del “tener”, representadas en la cuestión sobre el matrimonio y en la pregunta del rico que desea poseer la vida eterna. La tríada se completa en este domingo con la referencia al deseo del “poder”, reflejado en la petición de Santiago y Juan.

Esos tres deseos son tan naturales que se manifiestan ya en nuestra más tierna infancia. Seguramente los necesitamos para poder vivir. Sin embargo, hay que advertir que son medios, pero no fines de la existencia. Por eso es necesario aprender a encauzarlos debidamente para que no se conviertan en objetivos únicos de la persona.  

En la primera lectura de la misa de hoy (Is 53, 10-11) se evoca la figura doliente del Siervo del Señor. No hay en él ansia de poder. Sin embargo, en su aparente debilidad está su fuerza. Humillado hasta el extremo se revela como salvador: “Mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos”. 

LA REVOLUCIÓN

El relato evangélico que hoy se proclama en la eucaristía (Mc 10, 35-45) podría dividirse una vez más en tres actos. 

- En el primer acto los protagonistas son Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Nos llama la atención la frase que dirigen a Jesús: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. En la oración del Padrenuestro, Jesús nos enseña a aceptar la voluntad de Dios. Pero es falsa la oración en la que pretendemos imponer nuestra voluntad a Dios. Con ella revelamos nuestro egoísmo. Y convertimos a Dios en un ídolo a nuestro servicio. 

- En el segundo acto el protagonista es Jesús. Santiago y Juan piden puestos de honor en la gloria del Mesías. Jesús les desvela el futuro de pasión y de muerte que le espera. Y, de paso, les anuncian que un día compartirán el cáliz de amargura que él ha de beber y el bautismo de dolor y de sangre con que él va a ser bañado. 

- Como en los relatos de los dos domingos anteriores, en el tercer acto entran en escena los demás discípulos. A la reflexión sobre el hombre y sobre Cristo, sucede una reflexión sobre la Iglesia. Los jefes de los pueblos los tiranizan y oprimen. En la comunidad del Mesías, sólo es grande quien acepta el puesto del servidor. Esa es la gran revolución en la comprensión cristiana del poder.


El RESCATE

Ese cambio de papeles puede parecer inhumano. Así lo han proclamado los que, a lo largo de la historia, han identificado el cristianismo con una religión de esclavos. Pero hay quien piensa que ese cambio es interesado. Como si el evangelio aconsejara la astucia que ha llevado a muchos a vestirse de corderos hasta alcanzar un poder que los reveló como tiranos. 

• “El hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan”. Jesús es en realidad el Siervo de Dios. Por eso es también el siervo de sus hermanos los hombres. Si en el momento de su despedida lava los pies a sus discípulos, quiere que ese gesto revele su misión. Y pretende que ese servicio identifique para siempre a sus seguidores.

• “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”. Sirve a los demás quien adivina sus necesidades. Quien está disponible. Quien se entrega en vida y quien entrega su vida. Como el Siervo de Dios, anunciado por el profeta, con su muerte Jesús justifica a todos los que confían en él, a todos los que creen en él y siguen sus pasos. 

- Señor, Jesús, tú conoces nuestra sed de poder y de prestigio. Perdona nuestra altanería. Sabemos que muchos de nuestros hermanos necesitan corazones bondadosos y manos dispuestas a servirles con humildad y eficacia. Ayúdanos a imitar tu ejemplo de entrega y de servicio. Amén.

José-Román Flecha Andrés

 


LA VIDA ETERNA
Domingo 28 del Tiempo Ordinario. B
14 de octubre de 2012

Si el domingo pasado la liturgia nos proponía una catequesis sobre el “placer”, hoy nos invita a meditar sobre la tendencia a “tener” bienes. En realidad se nos pregunta en qué ponemos nuestra seguridad.

Ya la primera lectura de la misa de hoy (Sab 7,7-11) nos enseña que el tesoro más importante es la sabiduría. El texto la compara con tres bloques de deseos que habitualmente mueven a los seres humanos. Cada uno de nosotros se identifica con aquello que desea.

 - El primer bloque se refiere a los cetros, los tronos y las riquezas. Ahí buscan el honor y la honra los que desean sobresalir. Sin embargo, ante la sabiduría, son como nada.

- El segundo bloque incluye las piedras preciosas, el oro y la plata. Ya no se trata del ser del hombre sino del tener. Esos aparentes tesoros quedan fuera de él, No pertenecen a su vida. Frente a la sabiduría, su valía se compara a la del barro y la arena.

 - En el tercer bloque se sitúan otros bienes más importantes, como la salud y la belleza. De ellos depende el ser-así de la persona. La definen. Pero son perecederos, mientras que la sabiduría es duradera como un sol sin ocaso.


LA CONFIANZA


 El relato evangélico menciona a un personaje anónimo que se acerca a Jesús deseando heredar la vida eterna (Mc 10, 17-30). Es la narración de una triple frustración: la de la riqueza, la de la bondad y la del amor.

- El que se acerca a Jesús “era muy rico”. Pero Jesús trata de ayudarle a entender que no es tan rico como parece. “Una cosa te falta”. Tiene todo, pero le falta el verdadero tesoro, que sólo puede ser alcanzado mediante la caridad.

- El personaje busca la bondad. Es más, la ha estado cultivando durante toda su vida, mediante el cumplimiento de los mandamientos. Parece estar satisfecho de ello. En realidad busca la bondad, pero no es capaz de seguir al que es Bueno y modelo de la bondad.

- Jesús se le quedó mirando con cariño, pero él no percibió el sentido de aquella mirada. El amor, como la fe y la esperanza, implica la alteridad. El amor de Jesús ha quedado frustrado al dirigirse a un personaje que no estaba dispuesto a hacerse eco de aquel amor.

En un segundo acto, Jesús afirma con claridad que los ricos tendrán una gran dificultad en admitir a Dios como su rey, si han puesto su confianza en la riqueza. Y los discípulos se escandalizan, al identificar el reino de Dios con la salvación. Más de una vez habrán de oír que no se puede servir a Dios y al dinero.


EL SEGUIMIENTO

En un tercer acto toma Pedro la palabra, como para afirmar que los discípulos están ya en el camino de la salvación. Pero, de nuevo Jesús desmonta esa seguridad humana.

 • “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Nos asombra la generosidad de los llamados por Jesús. Pero nos inquieta pensar que ese seguimiento ha de ser renovado cada día. Porque aun los que han dejado todo por seguir a Jesús, un día lo dejarán a Él.

 • “Quien deje “todo” por mí, recibirá en este tiempo cien veces más, con persecuciones”. Los bienes fundamentales no son los tesoros materiales, sino los amores familiares. Quien sigue al Señor los valora como nadie, pero sabe que no son el último bien. Y sabe que entre los bienes prometidos entra también la persecución.

• “Y recibirá en la edad futura vida eterna”. El relato termina como empezó. La vida definitiva que buscaba aquel personaje rico no queda asegurada por las riquezas. Y tampoco por el cumplimiento fiel de los mandamientos. Sólo llega a esa vida sin ocaso quien sigue al que es el Viviente y es la Vida.

- Señor, Jesús, tú conoces nuestra buena voluntad y también nuestro apego a los bienes, honores y tesoros de este mundo. Queremos seguirte por el camino. Que nada nos aparte de ti. Amén.

José-Román Flecha Andrés
 
PREGUNTA POR EL DIVORCIO
Domingo 27 del Tiempo Ordinario. B
7 de octubre de 2012


Durante cuatro domingos -que este año coinciden con los del mes de octubre- vamos a leer el capítulo 10 del Evangelio según San Marcos. En él encontramos tres catequesis sobre las tendencias básicas del ser humano: el placer, el tener y el poder y su revisión a la luz del evangelio, que concluye con el encuentro de Jesús con el ciego de Jericó.

Esas catequesis determinan la elección de las cuatro lecturas, tomadas del Antiguo Testamento. La lectura del Génesis incluye hoy al menos tres lecciones sobre el amor sexual:

 - La sexualidad humana ha sido querida por Dios como signo y medio del encuentro interpersonal (Gén 2,21). La mujer es creada durante un sueño que habitualmente es el espacio de las revelaciones divinas. Con ello se insinúa que el "tú" representado en el otro sexo es el camino de acceso al Tú trascendente de Dios.

- La sexualidad humana parece marcar la diferencia entre los seres humanos y los demás vivientes. Sólo ante la mujer, puede Adán salir de su soledad y encontrar una ayuda adecuada que no le pueden proporcionar los demás seres de la creación (Gén 2, 18. 22).

 - La sexualidad humana significa y realiza la igualdad entre las personas, expresada por el mismo origen material, a partir de la carne viviente; por la semejanza del nombre de la mujer en simetría con el nombre del varón; y por la identidad de destino y de misión: "serán una sola carne", es decir una unidad de proyectos y de vida (Gén 2,23-24).


UNA HISTORIA COMÚN

En el evangelio de hoy se presenta la cuestión del matrimonio y el divorcio (Mt 10, 2-16). Los fariseos preguntan a Jesús si es lícito a un hombre divorciarse de su mujer. El relato incluye unas diferencias importantes muy bien resumidas por la Comunidad de Bose.

 - En primer lugar, los fariseos parecen interesados solamente por el aspecto legal. Lo que importa es estar bien con la ley. En realidad reducen la relación entre los esposos a un asunto de licitud. Jesús en cambio se coloca en el terreno de la verdadera relación con Dios y con la otra persona.

- Los fariseos no tienen en cuenta la situación en que queda la mujer. Consideran el “acta de repudio” como un derecho del varón, cuando en realidad era un deber para que la mujer pudiera volver a contraer matrimonio, sin quedar reducida a la pobreza y la marginalidad a la que la condenaba una sociedad patriarcal.

- Los fariseos se colocan en el punto de vista del esposo. Jesús les invita a redescubrir el proyecto original de Dios. Con ello Jesús considera el amor no sólo como un enamoramiento, sino como una historia común. Una historia hecha de gozos y esperanzas, de proyectos y de pruebas, de fidelidad y de perdón.


UNA FIDELIDAD AGRADECIDA


“Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Jesús parece recoger un proverbio sobre la seriedad de las alianzas. Pero, a su vez, la comunidad cristiana ha convertido la palabra de Jesús en un proverbio.

• “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Los no creyentes verán tal vez el matrimonio como un contrato. O como un proyecto de vida compartido. Los que siguen a Jesús no niegan la validez de esos planteamientos, Pero han de tratar de descubrir el proyecto de Dios. Dios es amor. Y Dios es fiel. De él viene todo amor que aspire a durar en el tiempo.

• “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Los cristianos habrán de preguntarse siempre, con sinceridad, si su matrimonio ha sido realmente unido por Dios. Cuando es así, descubrirán también la mano de Dios en la continuidad de su amor. Y darán gracias todos los días por el don de la fidelidad.

• “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. En su primera encíclica “Dios es amor”, Benedicto XVI ha escrito que el amor incluye el sentimiento, pero no es sólo un sentimiento. Es, sobre todo, un compromiso. Si esto vale para el voluntariado y para el compromiso social, vale sobre todo para el amor conyugal.

- Señor Jesús, tu mirada sobre el matrimonio era necesariamente una mirada a Dios. Que a él se vuelvan los esposos cristianos buscando las raíces y las fuerzas que sostienen su alianza. Y que nuestro afecto y nuestras instituciones colaboren a apoyar eficazmente a todos los esposos que pasan por horas de dificultad. Amén.


José-Román Flecha Andrés

 


POR EL CAMINO
Domingo 24 del Tiempo Ordinario. B
16 de septiembre de 2012

Hoy se lee en la liturgia un texto del libro de Isaías que nos lleva a recordar los días de la Semana Santa (Is 50, 5-9). Nos impresiona siempre escuchar ese tercer canto del Siervo de Dios: “Ofrecí la espalda a los que me apaleaban y la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”.

En nuestra peripecia particular, todos hemos experimentado las espinas que siempre vienen mezcladas con las rosas. Pero bien recordamos que no hemos estado dispuestos a prestarnos a la burla, al desprecio o a las zancadillas de los demás. Nos hubiera parecido una vergonzosa renuncia a nuestra dignidad personal.

Seguramente, el secreto de esta actitud del Siervo de Dios se encuentra en el versículo siguiente: “El Señor me ayudaba, por eso no sentí los ultrajes”. La confianza en la cercanía y en la ayuda de Dios transforma totalmente el sufrimiento. No suprime de golpe las ofensas. Pero nos lleva a comprender el sentido que encierran.

LAS PREGUNTAS

 El evangelio de hoy nos sitúa en la zona de las fuentes del Jordán (Mc 8, 27-35). A veces imaginamos a Jesús descansando a la sombra fresca que allí acoge al peregrino. Pero el texto incluye una frase en la que pocas veces reparamos: “Por el camino preguntó a sus discípulos”. Es en medio de la rutina de cada día cuando Jesús nos dirige sus dos preguntas.

 - La primera pregunta parece fácil: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Para responder no hace falta fe. Basta con prestar atención al ambiente. En el momento actual, sobre Jesús se oyen las opiniones más dispares. Y hay cada vez más despreocupación e ignorancia. Hasta en los países de vieja cristiandad son muchos los que no saben quién es Jesús.

- La segunda pregunta nos interpela directamente: “Y vosotros, quién decís que soy?” La respuesta exige silencio y reflexión. Se trata de confesar la identidad de aquel en quien creemos. Pero con esa confesión se revela también la identidad del que dice creer. Al ver las reacciones de Pedro, entendemos que no basta con reconocer a Jesús como Mesías. Hay que aceptar su mesianismo como es, no como nosotros queremos que sea.

EL SEGUIMIENTO

“El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. El texto evangélico supone que hay una relación entre el que pregunta y quienes responden. La relación entre el Maestro y sus discípulos. Una relación que comporta tres decisiones muy serias y radicales:

 • Negarse a sí mismo. No es fácil reconocer que uno tal vez no tiene siempre la razón, que se ha equivocado en el pasado y se equivoca en el presente. Ahora bien, el error puede ser casual e imprevisto. Jesús pide tener el valor de revisar los propios criterios y renunciar a ellos de forma radical.

 • Cargar con la cruz. Ya la sola mención de la cruz nos pone nerviosos. La cruz era un instrumento de suplicio. Cargar con ella significaba reconocerse a sí mismo como un malhechor justamente condenado. Y compartir de alguna manera la suerte del Justo injustamente ajusticiado.

 • Seguir al Señor. En el itinerario cristiano seguir al Señor significa en principio mirar a Jesús como Maestro de doctrina y como modelo de vida. En el texto evangélico se sugiere que seguir a Jesús es hacer nuestro su propio camino de entrega y de muerte. Justo lo que no quería aceptar Pedro después de haber confesado a Jesús como Mesías.

- Señor Jesús, escuchamos las preguntas que nos diriges sobre ti mientras vamos de camino. Ayúdanos a interrogarnos cada día quién eres tú para nosotros y a plantearnos con verdad las razones que nos llevan a seguirte. Amén.

José-Román Flecha Andrés




LOS OÍDOS Y LA LENGUA
Domingo 23 del tiempo ordinario, B
9 de septiembre de 2012


“Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Estos versos cantan y anuncian la promesa de un futuro apenas imaginable. Lo imposible se hará posible. Y las utopías más increíbles se harán realidad.

Esas promesas y otras semejantes hoy se atribuyen a la ciencia y a la técnica. De hecho, el progreso se entiende precisamente como la superación de las deficiencias humanas. El buen funcionamiento de los sentidos es señal de salud y de juventud. Recuperar la vista, la audición o la palabra y caminar con agilidad son los milagros que hoy se esperan de la medicina.

Con esas promesas, el profeta Isaías anunciaba a su pueblo la liberación de la esclavitud que había padecido en Babilonia. Junto a la recuperación de los sentidos, anunciaba él que brotarían aguas en el desierto y que el páramo se convertiría en un estanque. Pero tampoco esos prodigios se atribuían a la técnica, sino a la acción del Señor (Is 35, 4-7)

LOS SENTIDOS Y EL SENTIDO

El evangelio que hoy se proclama parece recoger aquellas aspiraciones de siempre. Hasta Jesús traen un sordo que tiene grandes dificultades parar hablar correctamente. En Jesús encontrará la curación. El que es la Palabra de Dios capacita al hombre para oír las palabras humanas y para recobrar la capacidad de expresarse.

No sabemos si conocía a Jesús. De hecho son otros los que lo conducen hasta el Señor. Los que piden que le imponga las manos. El discapacitado depende de los demás. Pero Jesús lo aparta por un momento de la gente. El relato incluye una dialéctica interesante. Son los demás los que nos acercan al Señor, pero nuestra salvación depende sólo de Él.

El sordo balbuciente tiene muy limitada la capacidad de comunicación con los demás. Y esa discapacidad, limita sus posibilidades de disfrutar de la vida. Como han escrito los hermanos de la Comunidad de Bose, Jesús tiene que despertar sus “sentidos” para que él pueda redescubrir el “sentido” del vivir.

El evangelio no deja de señalar el modo de la curación. Jesús mete sus dedos en los oídos del sordo y con la saliva le toca la lengua. Son los gestos los que hacen inteligible la acción del Señor. Pero los gestos no lo dicen todo, si no van acompañados por la orden de Jesús: “Effetá”, esto es “ábrete”.

OÍR Y HABLAR

El relato evangélico concluye con un vibrante comentario: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Ese es precisamente el eco que la acción de Jesús suscita en las gentes, asombradas al ver al sordo oír y hablar sin dificultad.

• Jesús hace oír a los sordos. En tierra de paganos Jesús cura a este sordo. El puede oír al Señor, mientras sus propios discípulos parecen sordos a sus mensaje. También hoy Él puede hacernos oír su Palabra. De ella depende la vida y la fe. Pero es preciso que nos acerquemos y nos dejemos tocar por Él.

• Jesús hace hablar a los mudos”. Tanto el que fue sordo como las gentes que lo contemplan se desatan en alabanzas del Señor. También hoy, quien ha escuchado con fe la palabra de Señor ha de anunciar su mensaje con diligencia y esperanza. El evangelizado ha de convertirse en evangelizador.

- Señor Jesús, tú conoces nuestra dificultades y resistencias para escuchar tu palabra y convertirla en lámpara que alumbre nuestros pasos. Ayúdanos a prestarle atención y a pregonarla a los cuatro vientos. Porque sólo tú tienes palabras de vida eterna. Amén. 
José-Román Flecha Andrés 


LA PREGUNTA POR EL BIEN Y EL MAL
Domingo 22 del tiempo ordinario
2 de septiembre de 2012

No es normal que las gentes ya no se pregunten qué es el bien y que es el mal. Una sociedad así habría perdido la brújula. Sería una sociedad desorientada. La pregunta por lo que es bueno o malo nos ayuda a ser personas y a vivir en comunidad. A fin de cuentas, esa pregunta puede conducirnos a la felicidad. 

Ahora bien, lo difícil es encontrar los criterios para marcar los límites del bien y del mal. En la historia de la moral cristiana se recuerda que una corriente de tono antropológico, representada por Santo Tomás, diría que una acción ha podido ser mandada porque, en realidad, era buena para el ser humano. Y lo contrario habría que decir del mal.

Pero otra corriente, que se sitúa en la línea del nominalismo radical, ha dado la vuelta al esquema. De hecho, afirma que una acción es buena precisamente por haber sido mandada u ordenada. En este caso, la prioridad se concede a la ley positiva antes que al ser mismo del hombre.. 

En la primera lectura de hoy, Dios no presenta sus mandamientos como una decisión arbitraria. En realidad, son la clave de la racionalidad y del buen sentido: “Estos mandatos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia”. (Deut 4,6).


NORMAS Y MANDAMIENTOS

Pero, a lo largo de los siglos, todos hemos encontrado mil artimañas para decidir por nuestra cuenta los límites del bien y del mal. Y para burlarnos de los mandamientos de Dios. Jesús lo dice en el evangelio que hoy se proclama: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres” (Mc 7,8).

La lectura del texto evangélico nos lleva a pensar solamente en los lavatorios y en las prácticas higiénicas. Pero los ejemplos pueden multiplicarse de forma sorprendente. De hecho, en muchas ocasiones ponemos nuestras propias normas y manías, nuestras costumbres y tradiciones por encima de los mandamientos del Señor. 

Basta pensar en costumbres de nuestra familia, en tradiciones de nuestro pueblo o nuestro barrio, en refranes que parecen sabios y son inmorales, en estatutos anticuados de asociaciones y hermandades, en prácticas típicas de la religiosidad popular. Todo nos sirve como escudo para defendernos del doble mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

LO DE FUERA Y LO DE DENTRO

 “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Esta otra frase de Jesús se refiere todavía a los lavatorios. Pero también ella puede ser aplicada a todos los ámbitos de nuestra vida. 

• “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro”. No somos perfectos: eso es claro. Pero nos cuesta aceptar nuestra responsabilidad. Así que nos limitamos a descargarla sobre “lo de fuera”. La crisis, el gobierno, nuestra familia, la educación que nos dieron en el colegio, la jerarquía de la Iglesia. Todo ha contribuido a robarnos nuestra limpieza y transparencia. Todos tienen la culpa de nuestra maldad. Todos menos nosotros mismos. 

• “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Jesús nos invita a enfrentarnos con nuestra propia verdad. “Lo de dentro” es lo que nos mancha y oscurece. Es preciso revisar el fondo más tenebroso de nuestra conciencia. Y examinar la raíz de nuestros malos deseos, de nuestros prejuicios, de nuestras hipocresías. Ningún lavado superficial, ninguna acusación a los demás, ninguna proyección de nuestra iniquidad puede justificarnos. 

- Señor Jesús, te reconocemos como el profeta que nos recuerda la bondad y santidad de los mandamientos de Dios y nos invita a vivir en la coherencia y la verdad. Purifica tú nuestra conciencia y crea en nosotros un corazón puro. Amén.



José-Román Flecha Andrés









PALABRAS DE VIDA
Domingo 21 del Tiempo Ordinario. B
26 de agosto de 2012

Eliseo, Moisés, Elías, la Sabiduría. Durante cuatro domingos consecutivos, la liturgia nos ha ido presentando tres grandes personajes de la historia de Israel, más la personificación de la sabiduría. Tres testigos de la fe y un ideal de vida que nos han ilustrado sobre el hambre y el pan, sobre las carencias humanas y la respuesta divina. 

Hoy se cierra el ciclo con la evocación de Josué (Jos 24), el elegido por Dios para suceder a Moisés e introducir a su pueblo en la tierra prometida. Pero hoy Josué no es el explorador que regresa con Caleb, trayendo a su gente los racimos primeros de aquella tierra. No es el guerrero que vence las batallas. No es el estratega que cruza el Jordán. 

Josué se nos presenta hoy como un testigo de la fe, como un profeta. Casi un predicador, que invita a su pueblo a asumir una opción fundamental. ¿Adorar a los dioses de los extranjeros o adorar al Dios que lo ha sacado de la esclavitud? Esa es la alternativa. Él y su familia ya han optado por servir al Señor. Y el pueblo promete seguir su elección. 

CARNE Y ESPÌRITU
Esa situación se nos hace asombrosamente actual en un momento en el que muchos creyentes dudan de su fe. Es decir, dudan del Dios que les ha entregado el don de la fe. Y del Mesías en el que habían de creer. Se parecen a aquellos discípulos de Jesús, que juzgaron inaceptable su discurso sobre el pan de la vida (Jn 6, 60-69).

En el evangelio que hoy se proclama, Jesús afronta esa situación. No son los jefes de los judíos los que lo critican. Son “los discípulos” los que se escandalizan de sus palabras y “vacilan”. A ellos –y a nosotros- se dirige abiertamente Jesús, estableciendo una distinción entre la carne y el Espíritu. 

• La carne no es el compuesto orgánico que hemos de alimentar cada día. La carne es una dimensión de nuestra existencia. Una actitud. Esa que juzga de las cosas con criterios de inmediatez y de interés. La carne refleja nuestros cálculos y nuestra mezquindad. De ella dice Jesús que “no sirve de nada”. No es capaz de captar la verdad de la entrega del Señor. 

• El Espíritu no es un fantasma. Es el viento de Dios que creó el mundo y dio vida al ser humano. Es el aliento divino que habló por los profetas. Es la presencia misma de Dios que nos guía por los caminos de la verdad y del amor. Del Espíritu dice Jesús que “es quien da vida” y nos hace comprender que las palabras del Maestro “son espíritu y son vida”.

MANSEJERO Y MENSAJE

El evangelio señala que muchos discípulos abandonaron a Jesús. Y que él se dirigió a los Doce preguntando: “¿También vosotros queréis marcharos?” Jesús, hijo de María, interpela a los suyos como Josué, hijo de Nun interpelara a los hebreos. En ambos casos se plantea la opción fundamental. Ahora es Pedro quien responde con una doble confesión:

• “Señor ¿A quien vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. En medio de la algarabía de las palabras de los hombres, habla el que es la Palabra misma de Dios. Entre tantas palabras efímeras y enfermizas, las palabras de Jesús brotan de la vida sin principio y llevan a la vida sin final. 

• “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En el mundo de hoy se establece con frecuencia un abismo entre el saber y el creer, entre la ciencia y la fe. El apóstol de Jesucristo sabe y cree que Jesús es el Mesías. Del enviado de Dios proviene la posibilidad de la realización integral del hombre y de lo humano.

Señor Jesús, te reconocemos como el Mensajero y el Mensaje último y definitivo de Dios sobre Dios mismo y sobre el hombre. Optar por ti significa acertar con el sentido de la existencia. Porque tú eres el Santo y el Salvador. Bendito seas por siempre. Amén.

José-Román Flecha Andrés
 

LA CARNE Y LA SANGRE
Domingo 20 del Tiempo Ordinario. B
19 de agosto de 2012

“Venid a comer mi pan y a beber mi vino que he mezclado” Esas palabras parecen apropiadas para la publicidad de una posada medieval. El mesonero ofrece a los caminantes su pan y su vino. Bien sabe él que esos son los ingredientes fundamentales para iniciar un banquete. O al menos, lo primero que requiere el peregrino que llega hasta sus puertas.

Pero en la liturgia de hoy, el mesonero que así habla no es otro que la Sabiduría personificada. Como es habitual en la poesía hebrea, el texto del libro de los Proverbios (Pr 9, 1-6), incluye una segunda frase que explica la primera: “Dejad la inexperiencia y viviréis; seguid el camino de la prudencia”.  

Ya sabemos que la sabiduría no es simple erudición. Es el discernimiento que nos ayuda a jerarquizar los valores. Es la sintonía con el proyecto de Dios. Así pues, es la Sabiduría quien nos alimenta y reconforta. Sólo ella marca el camino verdadero y orienta y guía a los caminantes. Sin el pan y el vino de la Sabiduría podemos extraviarnos y perecer agotados. 

LA VIDA ETERNA
El relato evangélico que hoy se proclama (Jn 6, 51-58) recoge un texto importante del discurso de Jesús que sigue a la multiplicación de los panes y los peces. El Maestro se ha comparado previamente con el maná que alimentó a los hebreos en el desierto. Y se ha presentado a sí mismo como el pan bajado del cielo para dar la vida a los hombres. 

En un paso sucesivo, identifica su pan con su propia carne y sangre: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Para escándalo de los judíos que le oyen, Jesús explica su pensamiento con dos frases complementarias.  

• “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Con la expresión negativa se nos advierte del riesgo de vivir junto a la fuente y morir de sed. En la totalidad reflejada por el cuerpo y la sangre, Jesús se nos entrega como el alimento imprescindible, que no puede ser despreciado.

• “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día”. Con una expresión afirmativa se nos propone el gran don de una vida que supera los límites del tiempo y de la muerte. Jesús es la resurrección y la vida para todo el que se alimenta de su mensaje.

LA INTIMIDAD
Hay todavía otra frase afirmativa en el discurso del Maestro: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. La oferta de la vida se completa ahora con la oferta de la intimidad.

• “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Nos pasamos la vida cambiando de vivienda, y no sólo en el sentido material de la casa. Buscando un lugar espiritual en el que echar raíces. Un espacio que pueda ser nuestra morada. Un corazón en el que descansar. Eso y más es Jesús para el que se alimenta de su vida.

• “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Jesús dijo una vez que no tenía donde reclinar su cabeza. En el Apocalipsis se dice que Él está a la puerta y llama para compartir nuestra mesa. Quien se alimenta de su cuerpo y de su sangre le ofrece, casa y descanso. Y comparte su intimidad. 

- Señor Jesús, tú conoces nuestra necesidad de vivir de verdad, de convivir en intimidad y de pervivir para siempre. Al entregarte en cuerpo y sangre, Tú nos ofreces esa posibilidad. Bendito seas por siempre, Señor. Amén. 

José-Román Flecha Andrés



EL PAN Y LA VIDA
Domingo 19 del Tiempo Ordinario. B
12 de agosto de 2012


Elías fue elegido para ser el defensor del Dios único frente a la imposición política de los ídolos extranjeros. Pero fue elegido también para ser el defensor del pobre aplastado por los poderosos. Esa doble misión del profeta no había de ser fácil. De hecho lo lanzó a los caminos del desierto para defender su propia vida. 

Gracias al pan y el agua que el ángel le muestra, Elías puede seguir su camino durante cuarenta días hasta el Horeb, el monte de Dios (1 Re 19,4-8). El profeta es el icono del creyente que sigue con fidelidad al Señor. El pan y el agua significan aquí la providencia y la fidelidad de Dios al que ha elegido para una importante misión. 

El desierto es la tierra del despojo. Y de la más profunda verdad del ser humano. El desierto fue para el pueblo de Israel el lugar del encuentro con su Dios. También lo es para Elías. En un caso y el otro, el pan y el agua son los medios imprescindibles para vivir y afrontar la vida con valentía y disponibilidad ante el Señor. 

VENIR A JESÚS

En el evangelio de hoy se recoge la reacción de los judíos a las palabras con las que Jesús se había revelado como el pan bajado del cielo. “¿Cómo dice que ha bajado del cielo?” Los judíos no pueden reconocer como venido del cielo a un hombre cuyos orígenes terrenos creen conocer. Se repite ahora la reacción de las gentes de Nazaret. 

Jesús no parece extrañarse por esa desconfianza. Conoce bien de donde brota. No se la reprocha, pero marca el camino recto para llegar a Él. El texto emplea para ello una frase negativa y otra positiva, en las que se contraponen el “nadie” y el “todos”: 

• “Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me ha enviado”. Es imposible llegar a reconocer y aceptar por las propias fuerzas el mesianismo de Jesús. Venir a Jesús es la clave y el sentido de la fe cristiana. 

• “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí”. Escuchar humildemente al Padre celestial y dejarse guiar por su voluntad: ése es el requisito y la condición para venir a Jesús. 

VIVIR PARA SIEMPRE 

El enviado por el Padre se presenta a sí mismo como el pan de la vida: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. Cuando se escribe este evangelio, esa revelación cristológica forma ya parte de la conciencia y la celebración de las comunidades cristianas.

• “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. En la memoria permanece el recuerdo del maná del desierto. Jesús es el nuevo maná que el Padre ha entregado al pueblo de la nueva alianza. Gracias a él puede sostenerse en su peregrinación. 

• “El que coma de este pan vivirá para siempre”. Los que se alimentaron del maná pudieron satisfacer su hambre, pero al fin murieron. En cambio, quien se alimenta del pan del Señor vive para siempre. 

• “El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. El pan que Jesús ofrece a su pueblo es su propia carne. Es su propia vida que entrega por él. Es decir, por su pueblo y por todo el mundo.

- Señor Jesús, te reconocemos como el Mesías enviado por el Padre. Que el don de la fe nos ayude a buscarte y encontrate. Y que tu pan nos mantenga en la vida sin fin que brota de ti. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

EL PAN Y EL HAMBRE
Domingo 18 del tiempo ordinario
5 de agosto de 2012


“Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad”. Así suena la queja del pueblo de Israel, como se contiene en el texto bíblico que hoy se proclama (Éx 16, 2-4.12-15). Es una queja airada e injusta contra Moisés y Aarón, que se han jugado la la fama y la vida para librar a su pueblo de la esclavitud. 

Pero el hambre es mala consejera. Contribuye a ver la realidad como una amenaza. Favorece la inquietud social. Y lleva a las gentes a la rebelión. 

El libro del Éxodo recuerda hoy el paso de Israel por el desierto. Atrás queda la opresión sufrida en Egipto. Por delante, se promete el país de la libertad. Pero, en medio, se vive entre una nostalgia siempre tentadora, y una esperanza siempre difícil de alcanzar. 

El desierto es soledad y austeridad. El desierto es hambre y sed. Y esa sensación de abandono y orfandad que lleva a los peregrinos a preguntarse si Dios se cuida de ellos. De ahí que el mana que aparece en la mañana sea más que un medio para saciar el hambre. Es la señal de que Dios es el Señor. Su Señor.

El evangelio de hoy (Jn 6, 24-35) continúa el relato de la multiplicación de los panes y los peces. Las gentes siguen a Jesús, pero él pretende cuestionar la sinceridad del seguimiento. Entonces y ahora se puede seguir al Señor por un interés inmediato. No es esa la actitud que corresponde a la fe. 

El evangelio de Juan juega con tres palabras cargadas de espesor y de sentido: el trabajo, el signo y el pan. 

• El trabajo que Dios quiere y espera es el de la fe. Creer en el que El ha enviado es la verdadera respuesta del creyente. 

• El signo de la cercanía de Dios ya no es el maná de los tiempos del éxodo, sino su Hijo, enviado como alimento para el nuevo éxodo.

• El maná aparecía en la tierra. Pero el verdadero pan de Dios ha bajado del cielo y da la vida al mundo.

 En este contexto, el evangelio pone en boca de Jesús una de esas frases con las que se nos revela su ser y su misión: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre”. Una revelación que había de atravesar el bosque de los siglos. 

• “Yo soy el pan de vida”. Jesús es el pan que sostiene nuestro diario vivir. Nos alimenta ya con el ejemplo de su vida, entregada al servicio de los pobres y los humildes. Nos alimenta con sus palabras, nacidas de la honda y eterna verdad de la que vino a dar testimonio. Y nos alimenta con su presencia-eucaristía, memoria de su entrega y de su pascua. 

• “El que viene a mí no pasará hambre”. Ir a Él. No es posible detenerse, después de saber dónde está el horno del pan. Bien conocía Él nuestra insatisfacción. Mi los tesoros ni los honores pueden calmar nuestra hambre. Para saciar nuestro apetito de amor y de esperanza, hemos de ir a Él. 

- Señor Jesús, te reconocemos como el pan de la vida. Te damos gracias por entregarte para saciar nuestras hambres. Y te presentamos la necesidad de los que no te conocen. A ti que vives, reinas y nos alimentas por los siglos de los siglos. Amén.

                                                                          José-Román Flecha Andrés
EL REPARTO DE LOS PANES
Domingo 17 del Tiempo Ordinario. B
29 de julio de 2012


Veinte panes de cebada y grano tierno de espiga. Eso es lo que trae un hombre al profeta Eliseo (2 Re 4, 42-44). Es un gesto con el que reconoce como enviado por Dios a aquel profeta heredero del espíritu de Elías. 

Pero Eliseo descubre inmediatamente una necesidad a su alrededor, vuelve a su criado y le ordena: “Dáselos a la gente para que coman”. El texto recoge el titubeo del criado: “¿Cómo voy a repartir estos panes entre cien hombres?” Pero el profeta insiste en su propósito. Según el relato, el criado repartió los panes a la gente, todos comieron y todavía sobró, como había dicho el Señor”.

Más que hacer resaltar el hambre de las gentes, el texto bíblico trata de poner de relieve la autoridad del profeta. Dios está con él. En Eliseo se hace visible la providencia de Dios y el poder de su palabra cuando el profeta la acepta sinceramente y la convierte en norma de su vida y objeto de su predicación. 

EL ALIMENTO

En este año B del ciclo litúrgico, se lee siempre el capítulo 6 del evangelio según San Juan, que va a acompañar nuestra celebración en los próximos domingos. Es fácil descubrir algunos paralelismos con la lectura anterior. 

* En primer lugar, también aquí Jesús se compadece de la multitud que le sigue para escuchar su palabra. Se sugiere que esa palabra de Jesús es el verdadero alimento que los panes y los peces significan y hacen visible. Y se identifica su gesto con el rito de la eucaristía que la comunidad ya conoce y celebra.

* El hombre que traía los panes y las espigas a Eliseo se sustituye ahora por un muchacho. Parece que él mismo ha revelado a Andrés que trae consigo cinco panes de cebada y dos pescados. El joven representa la ingenuidad y la esperanza. La creatividad del amor y el desprendimiento de la generosidad.

* El siervo de Eliseo se sustituye aquí por dos de los discípulos de Jesús: Felipe y Andrés. Al principio del ministerio de Jesús, le habían anunciado a otros futuros discípulos. Y al final de su misión, le acercarán a unos griegos que llegan a Jerusalén. Su misión es la de ser puente entre Jesús y los demás.


EL PROFETA

“Este es en verdad el profeta que había de venir al mundo”. Esa es la exclamación que recoge la admiración de las gentes que han sido alimentadas por Jesús. Como en tantas otras ocasiones, el evangelio pone una confesión de fe en la boca de los que parecen más alejados del Señor. 

* “Este es el profeta”. En Jesús encuentra la Iglesia la palabra de Dios. Sabe y confiesa que esa palabra eterna ha entrado en el tiempo. Y se ha encarnado en un hombre concreto para nuestra salvación.

* “Este es en verdad el profeta”. Los seguidores de Jesús oímos todos los días proclamas y doctrinas aparentemente novedosas, que tratan de salvarnos y llevarnos a la felicidad. Pero nuestros ojos y nuestros oídos están fijos en el Señor.

* “Este es el profeta que había de venir al mundo”. No hemos de esperar a otro. En Jesucristo se cumplen las antiguas profecías. Él es la definitiva revelación de Dios. Y la más bella revelación del hombre al mismo hombre.

 - Señor Jesús, Tú conoces las necesidades de la humanidad y muestras tu compasión hacia los hambrientos y desposeídos. Gracias por tu cercanía. Ayúdanos a colaborar contigo en el reparto de tus panes y en la proclamación de tu palabra. Amén.

 José-Román Flecha Andrés














OVEJAS SIN PASTOR
Domingo 16 del Tiempo Ordinario. B
22 de julio de 2012


El pastor y las ovejas aparecen muchas veces en las páginas de la Biblia. Su imagen había de convertirse necesariamente en parabólica para un pueblo que se había ido formando siguiendo a sus rebaños.

En el texto del profeta Jeremías que hoy se proclama como primera lectura de la misa (Jer 23,1-6), Dios se lamenta de los pastores que pierden y dispersan el rebaño de sus pastizales. Frente a ese proceder, el mismo Dios promete reunir el resto de sus ovejas y suscitar para ellas pastores más responsables.

 Por una parte, este oráculo refleja una situación histórica, en la que los gobernantes y los sacerdotes se habían desentendido de las auténticas necesidades de su pueblo. Por otra, orienta la mirada de las gentes hacia un futuro mesiánico en el que habrían de cumplirse las mejores esperanzas del pueblo de Israel.


LOS PROTAGONISTAS

El evangelio que hoy se proclama (Mc 6,30-34) nos recuerda el envío de los discípulos, que se anunciaba el domingo anterior. Este relato nos parece dividirse en tres escenas y presenta ante nuestros ojos a tres protagonistas: los discípulos, las gentes que acuden hasta Jesús y, en tercer lugar, el mismo Jesús.

Los discípulos han cumplido su misión y dan cuenta de ella a Jesús que los invita a descansar un poco.

La multitud reconoce a Jesús como Maestro y acude continuamente hasta él de todas las ciudades.

Jesús encarna la figura del pastor bueno prometido por el profeta Jeremías. Se compadece de las gentes porque parecen ovejas sin pastor.

Este texto es, ante todo, una revelación de la identidad y la misión de Jesús. Pero puede leerse, además, como una indicación moral que puede orientar el comportamiento de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Jesús es el Maestro solícito que cuida de sus discípulos y el pastor que se compadece de la multitud. La enseñanza del mensaje y la cercanía a las gentes son orientadoras para el quehacer de la Iglesia.


EL SALMO

La liturgia de este domingo nos invita a repetir el hermoso salmo 22 (23). En él se refleja la fe de Israel. Y también la confianza de todos los que han descubierto la bondad y la misericordia de Dios. 

· “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”. Esa es la oración de una Iglesia que no pone su confianza en sí misma. Sus propios medios y sus estrategias nunca serán suficientes para el anuncio del evangelio. 

· “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”. Esa es la confesión del verdadero creyente. En medio de sus tinieblas y de las pruebas de la vida, confía en el Señor, que va orientando sus pasos.

· “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”. Y ésa es la nostalgia, a veces inconsciente, de la humanidad. Con demasiada frecuencia se ve defraudada por los guías de este mundo que le ofrecen paraísos engañosos.

 - Señor Jesús, te reconocemos como el Maestro que enseña la verdad, y como el Pastor bueno y verdadero que nos conduce hacia las fuentes de la vida. No permitas que nos apartemos de ti. Amén.

 José-Román Flecha Andrés.

 
ELEGIDOS Y ENVIADOS
Domingo 15 del Tiempo Ordinario, B
15 de julio de 2012


Siempre nos llama la atención el episodio de la profecía de Amós que se lee en la celebración de este domingo XV del tiempo ordinario (Am 7,12-15). Amasías, el sacerdote de Betel, se enfrenta con malos modales al profeta y le exige que deje de profetizar en aquel santuario del reino de Israel, y que se vuelva al reino del sur, es decir a su tierra de Judá.

Evidentemente, el profeta ha debido experimentar un rechazo frontal. Su denuncia de la corrupción no es políticamente correcta en un santuario real. Amós responde con unas palabras que nos impresionan por su sinceridad: “Yo no soy profeta, ni hijo de profetas, sino pastor y cultivador de sicómoros; pero el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel”.

 Entre las muchas lecciones que nos transmite este texto, es preciso subrayar al menos una. La que nos recuerda que el profeta no es un aventurero: es un enviado. La iniciativa no viene de sí mismo, sino de Dios. Es Dios el que llama, el que suscita el carisma y el que da fuera al profeta, al misionero, al evangelizador.

 UN ESTILO PROPIO
En el texto del evangelio que hoy se proclama (Mc 6,7-13) nos encontramos con una figura paralela. Al profeta llegado de Judá hasta las tierras de Israel, suceden ahora los Doce discípulos elegidos por Jesús y enviados a anunciar su buena noticia. Tampoco ellos se han arrogado esa misión. La iniciativa ha venido de Jesús. 

Y de Jesús viene también la instrucción que marca el estilo de los evangelizadores. Un estilo que se caracteriza por la pobreza, la sencillez y la libertad. 

- La pobreza no es un fin en sí misma. En este caso es un signo de la importancia del mensaje. Eso es lo que importa. Para anunciarlo con rapidez y de forma convincente, es preciso viajar ligeros de equipaje.

- La sencillez aconsejará a los evangelizadores aceptar el alojamiento que se les ofrezca, sin remilgos ni exigencias de tratos especiales.

- Y la libertad les llevará a ponerse de nuevo en camino, sin nostalgias ni resentimiento, cuando sean rechazados por los que no aceptan el mensaje que ellos anuncian.

UNA TRIPLE TAREA
El texto evangélico se cierra constatando que los discípulos de Jesús salieron efectivamente a predicar el mensaje que les había confiado su Maestro. Lo que ellos hicieron marca el estilo de la actuación de toda la Iglesia y de cada uno de los cristianos. 

· Exhortar a la conversión. Si el Reino de Dios es un buen anuncio de gracia y de salvación, es también una invitación al cambio de actitudes. No ha de ajustarse el mensaje a la vida, sino la vida al mensaje.

· Expulsar demonios. El anuncio de la verdad siempre resultará incómodo a los que han decidido vivir en la mentira. El evangelizador sabe que habrá de enfrentarse con frecuencia a las fuerzas del mal.

· Sanar a los enfermos. Y, con todo, siempre habrá personas vulnerables, enfermas y marginadas que requieren una palabra de compasión. Y no sólo una palabra, sino el compromiso de quien sabe que la salvación es una fuerza de sanación integral. 

- Señor Jesús, tú nos has elegido sin mérito nuestro y nos envías por los caminos del mundo a anunciar tu palabra y dar testimonio de tu vida. Que tu luz oriente nuestros pasos para que seamos fieles al mensaje que nos confías. Amén. 

José-Román Flecha Andrés

 
LA MUERTE DE UNA NIÑA
Domingo 13 del Tiempo Ordinario. B
1 de julio de 3012

Vivir es convivir. Por eso mismo, morir es en cierto modo conmorir. La muerte es un fenomeno natural, pero nunca terminamos por acostumbrarnos a su venida, sobre todo cuando arrebata de nuestro entorno a las personas más queridas. Cuando se mueren, se “nos mueren”. Con ellas se va algo de nuestra propia vida. Recuerdos, afectos y esperanzas. 

Es verdad que cuando las personas queridas llevan mucho tiempo imposibilitadas para hacer una vida normal, muchos se preguntan si merece la pena seguir viviendo de esa forma. Pero también es verdad, que ante la muerte de las personas más jovenes, nuestros sentimientos parecen sublevarse. La muerte viene entonces a cortar una esperanza.

En otros tiempos, la muerte de los niños era muy frecuente. Y lo es todavía en algunos espacios de pobre desarrollo socioeconómico. En los países desarrollados, en los que la natalidad ha disminuido considerablemente, la muerte de un joven es una auténtica tragedia. Los medios de comunicación recogen siempre ese drama.


EL LAMENTO DE UN PADRE

El evangelio que hoy se proclama nos da cuenta de la la grave enfermedad de una niña. Tiene sólo doce anos. Su padre, Jairo, es un judío jefe de la sinagoga. Seguramente ha oído hablar de Jesús y de su cercanía a los enfermos. Y a él se dirige con una súplica directa y confiada: “Mi hija está en las ultimas. Ven, pon las manos sobre ella para que se cure y viva”. 

· “Mi hija está en las ultimas”. He ahí la constatación de la realidad. La traducción popular de esta frase nos permite imaginar la angustia de toda su familia. Y también la de una sociedad en la que la enfermedad y la muerten nos hacen caer en la cuenta de nuestra fragilidad. 

· “Ven y pon las manos sobre ella”. Estas palabras evocan una tradición que recordaba a los grandes profetas de Israel. Detrás de la petición se intuye la fe de un pueblo en el poder de Dios. Pero también la orfandad de una sociedad que ha decidido vivir como si Dios no existiera.

· “Para que se cure y viva”. En esa expresión se revela el deseo más intimo de un padre. Y los mejores proyectos que alberga en su corazón. El amor suscita la esperanza. Y con la esperanza brota la imaginacion de lo mejor de la existencia. También la sociedad actual ha de aprender a valorar la salud y la vida. 

Por un momento, nos parece que en la súplica de Jairo, se resume el clásico esquema de la catequesis cristiana. La mirada a la realidad, tan dramática en este caso, exige una mirada de fe y alimenta las esperanzas que podrían hacer más humana y asumible la realidad más dolorosa. 

LA RESPUESTA DE JESÚS
Merece la pena leer y meditar todo el relato evangélico (Mc 5, 21-43). Frente a la fe de Jairo, se descubre la incredulidad de las gentes y el cinismo de los profesionales del llanto. Pero también se nos revela la serena respuesta de Jesús:

• “La niña no esta muerta, esta dormida”. Estas palabras revelan ya la dignidad y la misión de Jesús. Él es el Señor de la vida y el triunfador sobre la muerte. El resucitado es también el resucitador. 

•“La niña no está muerta, está dormida”. Estas palabras pueden resumir la misión de la Iglesia de todos los tiempos. Ella ha sido enviada a anunciar el evangelio de la vida, a celebrarla y a ponerse a su servicio.

• “La niña no está muerta, está dormida”. Esas palabras dejan al descubierto el pesimismo de la humanidad. Su confianza en la técnica no soporta el desafío de la muerte. Todos tendremos que aprender a bucar lo esencial.

- Señor Jesús, vuelve los ojos a nuestras familias, a nuestros enfermos y a nuestros jóvenes. Ayúdanos a amar la vida, a valorarla por encima de nuestras posesiones y nuestros logros, a no ponerla en peligro y a descubrir su íltimo sentido. Amén.


José-Román Flecha Andrés

 

JUAN O EL FAVOR DE DIOS
Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista
24 de junio de 2012

La liturgia habitual de este domingo cede el paso a la solemnidad de la natividad de San Juan Bautista. A lo largo del año, sólo se nos propone la celebración del nacimiento de Jesús, el de María, su Madre y el de Juan, el Bautista que parece reflejar la figura profética de Elías.

Y no es extraño que el Precursor sea celebrado con tanta solemnidad. La figura de Juan el Bautista ha sorprendido siempre a los discípulos de Jesús, Tanto que los textos evangélicos parecen insistir una y otra vez en afirmar que el Mesías esperado no es Juan sino Jesús. 

De una forma y de otra, los textos evangélicos subrayan la providencia de Dios que guía el nacimiento de Juan. Y la luz que le lleva a preparar el camino del Mesías, reconociendo la superioridad del que viene detrás de él y cuyas sandalias no es digno de desatar. 

UN NOMBRE NUEVO
En el evangelio que hoy se proclama, contemplamos la escena del nacimiento de Juan (Lc 1, 57-66.80). Y asistimos a una simpática discusión familiar sobre el nombre que se ha de imponer al niño. Aparentemente es una discusión como tantas otras que tienen lugar en torno al nacimiento de un bebé.

Pero algo nos llama la atención, ya desde el punto de vista social. Hasta hace muy poco tiempo, muchas familias ponían al niño el nombre de alguno de sus parientes. De alguna forma, se intentaba que el recién llegado encarnase la imagen y los valores de su antepasado. El nombre parecía marcar su identidad.

Para el niño de Isabel habían soñado ya un futuro calcado sobre el pasado inmediato. Habría de llamarse Zacarías, como su padre. Seguramente muchos esperaban que fuera sacerdote del templo de Jerusalén, como su padre. Y que llegase a una pacífica y serena ancianidad, como su padre.

Pero Dios le impone el nombre de Juan que significa “Dios ha concedido favor”. Ninguno de sus parientes lo había llevado. Dios le confía una misión única. No ha de servir en el santuario antiguo: ha de preparar el camino al Santo de Dios. No envejecerá en paz. Será condenado a muerte por su fidelidad a la Ley del Señor.


CREYENTE Y CREÍBLE

El relato evangélico recoge el asombro de las gentes y los comentarios que se repiten por las montañas de Judea.

  • “¿Qué va a ser este niño?” Contra toda apariencia va a ser un hombre fiel a la Ley de Moisés. No tanto en las prescripciones rituales, como en la llamada a la conversión y en la promoción de la justicia.

• “¿Qué va a ser este niño?” Va a ser el precursor del Mesías. No tanto por su aislamiento en el desierto como por su valiente predicación. Juan anunciará su próxima llegada y lo descubrirá después entre los hombres. 

• “¿Qué va a ser este niño?” Va a ser un profeta libre y leal, creyente y creíble. Como todo todos los profetas anunciará el bien y la verdad y denunciará el mal y la corrupción. Aunque ello le cueste la vida.

- Señor Jesús, tú nos dijiste que entre los nacidos de mujer ninguno fue mayor que Juan. Que su mensaje nos ayuden a descubrir tu propia misión y nuestra vocación. Amén. 

José-Román Flecha Andrés


 
LA ÚLTIMA LECCIÓN
Solemnidad de la Santísima Trinidad
3 de junio de 2012

No podemos vivir sin creer y si alguien no cree en nosotros. No podemos vivir sin esperar y si alguien no espera algo de nosotros. No podemos vivir sin amar y ser amados. En la misma estructura personal se encuentra la capacidad de creer y confiar en alguien, la necesidad de vivir en apertura confiada a un futuro que se percibe como plenificador, y la posibilidad y el gozo de descansar en una persona amada.    

Esas virtudes son profundamente humanas. Por eso pueden ser divinas. Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad son don de Dios. Y por eso son también revelación de Dios. Su sujeto y objeto primario es el Dios trascendente. El Dios Trinidad cree en el hombre que ha creado, espera su respuesta a la llamada que le ha dirigido por medio del Hijo y lo ama en el Espíritu de la verdad y la unidad.  

Por otra parte, el hombre creado puede creer y confiar en el Dios Trinidad. Puede esperar la felicidad que es Él mismo. Y puede amarlo en el tiempo, amando a los hijos de Dios, con la confianza de vivir en la eternidad de una comunión gratuita y divinizante. Las tres grandes virtudes quedan así elevadas a la altura del Padre, según el modelo del Hijo Encarnado, gracias a los dones del Espíritu.

VOCACIÓN Y REUNIÓN

En esta solemnidad de la Santísima Trinidad se proclamar el texto final del evangelio según San Mateo (Mt 28, 16-20). Jesús se despide de los once discípulos. De entre ellos, unos se postran ante Él y otros vacilan. Es la última hora. Pero en el camino de la fe nada está garantizado. Siempre es posible la inseguridad.

Con todo, hay algo que nos llama la atención. Jesús confía en todos ellos, en los que creen y en los que dudan. No los ha llamado porque eran perfectos, pero espera que lo sean. A pesar de la resistencia y la debilidad de que han dado pruebas, Jesús sigue confiando en ellos. 

A unos y a otros, Jesús los deja como continuadores de su misión y de su obra. A todos les encomienda una triple misión: hacer discípulos, bautizarlos y enseñarles a guardar lo mandado por Él. La evangelización, la celebración de la fe, y la catequesis sobre el comportamiento cristiano responden al envío del Señor. 

En el centro del programa misionero está la referencia al Dios Trinidad. La vocación personal y la reunión de la comunidad nacen de ahí. Bautizar a las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo no es sólo una fórmula ritual. Es el resumen de la revelación del Maestro. Su última y definitiva lección.

 EL MISTERIO DE SU PRESENCIA 

El texto termina con una advertencia inolvidable: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Al principio del evangelio de Mateo, Jesús había sido anunciado como el Emmanuel, el Dios con nosotros. Al final del mismo evangelio Jesús promete estar con nosotros por siempre. Él es el Dios definitivamente cercano al hombre.

• “Sabed que yo estoy con vosotros”. Gracias al don de la fe, descubrimos entre la niebla esa presencia del Señor entre nosotros y vivimos con la serena confianza que nos da su cercanía.  

• “Todos los días” . Gracias al don de la esperanza, recibimos la capacidad de mantener la vista fija en el horizonte de las promesas divinas y de prestar atención cada día a los signos de los tiempos. 

• “Hasta el fin del mundo”. Gracias al don del amor que en Jesús se nos ha revelado, tratamos de verlo en el hambriento y el sediento hasta que Él examine nuestra responsabilidad. 

- “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

 José-Román Flecha Andrés

 
 
EL CIELO Y LA TIERRA
Solemnidad de la Ascensión del Señor
20 de mayo de 2012

En un sermón pronunciado en la fiesta de la Ascensión, San Juan de Ávila decía que esta fiesta nos invita a la vez a la alegría y al llanto. “Nuestro deseo parece que se inclina a tener presente a Jesucristo en forma mortal, para que lo viéramos con ojos de carne y gozáramos de su conversación; mas Él a otra parte parece que tira”. 

A veces tenemos la impresión de vivir abandonados. Se desvanece la certeza de la presencia de Dios en nuestra vida. Y todo nos parece un signo escandaloso de su ausencia. Es como si, de pronto, tuviéramos que experimentar el dolor de la orfandad. Y permanecemos mudos y desganados. 

Lo dramático es que esta sensación no es el castigo de los incrédulos o los ateos. También los creyentes parecen obligados a pasar alguna vez por el valle de tinieblas. Dios se oculta y no se deja percibir en el horizonte de nuestra vida. Si somos “buscadores de Dios”, no lo somos por gusto. Como Magdalena, “no sabemos dónde lo han puesto”.


ENVÍO Y RESPONSABILIDAD
Nuestra fe confiesa que Jesús ha subido a los cielos en cuerpo y alma. Con esa expresión, de cuño semítico, se nos dice que toda su persona ha entrado definitivamente en el ámbito de la divinidad. El que se abajó y humilló tomando la forma de siervo, ha sido glorificado como Señor. Es más, la humillación parece reclamar para Él la gloria. 
Pero la ascensión de Jesús a los cielos no puede ser para los cristianos el comienzo de una triste y quejumbrosa orfandad. Es la toma de conciencia de una gozosa y activa responsabilidad. El Señor ha dicho y dice siempre a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. 
Si Él vivió limitado a un rincón de la tierra, a sus discípulos se les abren todos los caminos del mundo. Si Él proclamó la buena noticia del Reino de Dios, sus discípulos han recibido el don y la tarea de completar aquella misión. Si Él era el Señor de la creación, sus discípulos se saben enviados a toda la creación.

EL SEÑOR Y LOS DISCÍPULOS
Es muy interesante el final del Evangelio según San Marcos (Mc 16, 15-20). Entre otras razones, porque concluye vinculando la misión de los discípulos a la misión misma del Mesías:

• “Después de hablarles, el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Al principio fue la palabra. Al principio de la vida de Jesús. Y al principio de la misión de la Iglesia. Antes de subir al cielo, Jesús fue sembrando la semilla de su palabra

• “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes”. Los discípulos de Jesús no fueron llamados para permanecer en la holganza. Su patria son los caminos. Y su trabajo, la proclamación de una buena noticia que nos salva y hace comunidad.

• “El Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban”. Jesús anunció a los discípulos que siempre estaría con ellos. Ahora sabemos que siempre estará en el mundo por medio de ellos.

- Padre nuestro, tu Hijo Jesús ha subido a los cielos, llevando con él toda nuestra humanidad, con sus logros y sus fracasos, con nuestro cansancio y nuestra esperanza. Que por medio de él baje sobre toda la humanidad la lluvia de tu gracia y de tu misericordia. Amén.


 José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca

 

DEL AMOR Y LA AMISTAD
Domingo 6º del Tiempo Pascual. B.
13 de mayo de 2012


La llamada “regla de oro” de todas las éticas establece una conexión entre el sujeto y las personas con las que entra en relación. Puede expresarse de forma negativa: “No hagas a los demás lo que no quieras que ellos hagan contigo”. Y puede también formularse en positivo: “Haz a los demás lo que quieres que ellos hagan contigo”.

 La tradición de Israel había asumido esta regla, como se ve por la prescripción del libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Este principio se manifiesta en numerosas aplicaciones, sobre todo cuando se pide a los israelitas que tengan piedad de los esclavos, puesto que ellos fueron esclavos en otro tiempo.

Es cierto que esta norma ética parece fundarse en el amor propio. Pero el amor a uno mismo no es un mal moral. Al contrario, sólo puede amar a los demás quien ha aprendido a amarse a sí mismo. Hay que ponerse en el lugar del otro. Y poner al otro en nuestro propio lugar. Necesitamos sabernos amados para aprender a amar.


EL PADRE Y LOS HERMANOS
En el evangelio que hoy se proclama en la liturgia encontramos un cambio significativo (Jn 15, 9-17). En otra ocasión Jesús había subrayado el valor de la norma tradicional del amor al prójimo como a uno mismo (Mc 12, 28-34). Pero en el contexto de la última cena, introduce una doble referencia en la relación del amor.

 • La primera referencia nos lleva a volver los ojos al Padre celestial: "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn 15,10). Jesús puede hablar del amor a los hermanos porque ha permanecido en el amor del Padre y en el amor al Padre.

• La segunda referencia nos lleva a él mismo: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12; Jn 13,34-35). El verdadero modelo del amor a los demás ya no lo encontramos en nosotros mismos, sino en el Señor y Maestro que ha dado la vida por nosotros.

Es importante ese “como”. Por dos veces se repite esa partícula de comparación. Somos invitados a amar a los demás como Jesús ama al Padre y como nos ama a nosotros. Ahí está él haciendo de puente entre el Padre y nosotros. Es esa doble orientación de su amor la que nos libera de la ramplonería y del egoísmo.


EL AMIGO Y LOS AMIGOS

El texto evangélico es muy rico. Baste recordar las dos frases de Jesús sobre la amistad. Es decir, sobre los amigos que somos y hemos de ser con relación a él.

 • “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jesús ha dado vida a nuestra existencia, con su palabra y con sus gestos. Y finalmente ha dado la vida por nosotros para que tengamos vida eterna.

 • “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. La verdadera amistad requiere la concordia en las ideas y en los pensamientos, pero sobre todo, en las actitudes últimas y en los actos que las manifiestan.

• “Ya no os llamo siervos… os llamo amigos”. Así sólo puede hablar el que se ha hecho siervo, hasta lavar los pies a sus discípulos. Su amistad se manifiesta en los secretos que les ha revelado. En la vida que comparte con nosotros.

- Señor Jesús, tus palabras nos desvelan la hondura de tu corazón. Y nos revelan también la dignidad de nuestra persona y de nuestra vocación. Que tu amistad nos enseñe a vivir en obediencia al Padre y en amor a nuestros hermanos. Amén. Aleluya.

José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca

 
EL BUEN PASTOR
Domingo 4º de Pascua. B
29 de abril de 2012

 El cuarto domingo de Pascua ofrece siempre a nuestra meditación la figura de Jesús como Buen Pastor, tomada del evangelio de Juan. A un mundo urbano no le sugiere nada. Pero es ésta una imagen que ya los cristianos de Roma pintaron con trazos rápidos e ingenuos sobre los sepulcros de las catacumbas.  

Hoy vivimos en una especie de adolescencia prolongada. Queremos ser independientes y dejar que el instinto o el azar dirijan nuestros pasos. Pero esa pretensión de libertad es engañosa. No es libre quien hace lo que quiere, sino quien sabe dirigir sus pasos hacia unos valores realmente humanos y humanizadores. 

Por todas partes percibimos la orfandad que atenaza la vida de muchas personas. Son muchos los que caminan por el mundo sin modelos de referencia. Y lo que es peor, sin la figura de una persona que se cuide de ellos. La imagen de Jesús como Pastor nos recuerda que no estamos solos en la vida. Somos importantes para Alguien.  

LA ORIENTACIÓN

“Yo soy el buen Pastor”. No podemos olvidar esta primera frase del evangelio que hoy se proclama (Jn 10, 11). De hecho, es una buena orientación para nuestra fe, para nuestra conciencia de Iglesia y para nuestra oración.

• En primer lugar, orienta nuestra fe. Nos recuerda que, por un lado, Jesús conoce al Padre y es conocido por él. Y, por otro, conoce a sus seguidores y es conocidos por ellos. Así que la fe ha de ser concebida como una relación personal, que incluye el conocimiento mutuo y el amor mutuo. 

• Además, ilumina nuestra conciencia de Iglesia. Nos enseña que nadie puede creer a solas y nadie puede caminar a solas. La referencia al Pastor nos ayuda a descubrir la comunidad eclesial. Y, de paso, a desconfiar del que no puede ser calificado como buen pastor. Sólo es buen pastor el que da la vida por sus ovejas. 

• En tercer lugar, alimenta nuestra oración. El pueblo hebreo ha rezado durante siglos confesando humilde y gozosamente: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”. El cristiano reza confiada y agradecidamente, sabiendo que, con la entrega de su vida, Jesús ha demostrado su amor a los que le siguen.. 

LA ESCUCHA

“Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a estas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”. Con estas palabras, Jesús anuncia la dimensión universal de su misión. Y también la de su Iglesia. 

• “Tengo además otras ovejas que no son de este redil”. La Iglesia sabe que en ella no se agota la verdad, ni la bondad, ni la belleza. Pero es enviada para anunciar que esos valores se encuentran reflejados para siempre en Jesucristo.  

• “También a estas las tengo que traer”. Ni la Iglesia universal ni la última parroquia pueden encerrarse en sí mismas. La vocación a la universalidad impulsa a todos los cristianos a buscar y “reunir a todos los hijos de Dios dispersos”.

• “Escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”. No es nuestra voz la que salva. Es la escucha del buen Pastor la que puede reunirnos en una comunidad de fe, de esperanza y de caridad. 

- Señor Jesús, tú has entregado tu vida por nosotros. Te reconocemos como nuestro Pastor y Salvador. Queremos escuchar siempre tu voz en medio de la algarabía de las voces de este mundo. Amén. Aleluya.


José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca





LOS SENTIMIENTOS Y EL ENVÍO
Domingo 3º de Pascua. B.
22 de abril de 2012

 Con frecuencia nos vemos encarados con una contraposición que nos hace difícil la armonía personal. Es la que enfrenta la razón a los sentimientos. Es interesante ver cómo presumimos de nuestro pretendido control sobre la una y sobre los otros. Nos pasamos la vida tratando de razonar con madurez y de sentir con una cierta coherencia.

En el evangelio que se proclama en este tercer domingo de Pascua (Lc 24, 35-48) se evoca de nuevo el primer día de la semana: aquel en el que dos discípulos caminaban desconcertados cuando fueron alcanzados por un peregrino. En la aldea de Emaús reconocieron en él a Jesús y regresaron a toda prisa para dar cuenta de ello a los demás discípulos. 

Si ellos estaban agitados por una tormenta de sentimientos encontrados, también lo estaban sus compañeros. El texto evangélico nos dice que se veían zarandeados entre el miedo y la duda, entre la alegría y el estupor. Seguramente ése es y será siempre el clima de la comunidad cristiana. Y no habrá que alarmarse por ello.


CREYENTES

El relato evangélico es de un realismo casi escandaloso. Se podría pensar que, atenazados por el miedo y la nostalgia, los apóstoles caerían con facilidad en alucinaciones. Pero no. No estaban preparados para imaginar la resurrección de su Maestro. El texto acumula verbos como “ver y escuchar, tocar y comer”. Es claro que los apóstoles necesitaban pruebas.

Efectivamente, el Señor resucitado no rehuye las pruebas que atestiguan su triunfo sobre la muerte. Con todo, el tono del relato nos remite a la experiencia cristiana de todos los creyentes, de todos los siglos. Dos importantes indicaciones de Jesús marcan el itinerario de nuestra fe y el estilo de la misión de la Iglesia. 

- “Mirad mis manos y mis pies”. Nosotros pensamos que se nos reconoce por nuestro rostro. Sin embargo, los primeros discípulos no reconocen a Jesús por su rostro. Al mostrarles sus manos y sus pies, Jesús les presenta sus llagas, es decir su carne humana herida. Y les recuerda el servicio y el cansancio que lo habrían de definir para siempre.  

- “Así estaba escrito”. El Señor sabe que sus gestos no serán comprendidos si los discípulos no recuerdan las Escrituras. También la Iglesia ha de saber que sus acciones y pasiones, sus logros y sus heridas no suscitan la fe hasta que las gentes se acerquen humildemente a la Escritura. En ella se hace viva y audible la Palabra del Señor.


TESTIGOS
Aún queda una frase final que resume el mensaje de Jesús. Esa es la advertencia definitiva del Maestro a los discípulos que se bandean entre la duda y la fe. 

• “Vosotros sois testigos de esto”. Los discípulos de la primera hora estaban llamados a extender por todo el mundo la enseñanza recibida. Pero, sobre todo, eran enviados como testigos de una vida entregada por amor. 

• “Vosotros sois testigos de esto”. Ya el papa Pablo VI nos decía que el mundo de hoy no necesita tanto de maestros como de testigos. Las doctrinas se valoran y se aceptan cuando van acompañadas por el compromiso concreto de quien las profesa. 

• “Vosotros sois testigos de esto”. Se dice que para ser testigos hace falta “estar ahí y ser diferentes”. Si nos alejamos de la sociedad no podremos ofrecerle una verdad que libera. Pero si no somos diferentes, el mensaje que anunciamos no será interpelante ni creíble. 

- Señor Jesús, muerto por nosotros y resucitado para nuestra salvación, tú conoces nuestras dudas, pero también nuestro deseo de hacerte presente en nuestro mundo. Ayúdanos a reconocerte cada día y a darte a conocer a nuestros hermanos. Amén. Aleluya. 

José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca


 


LA BÚSQUEDA DEL RESUCITADO
Domingo de Pascua
8 de abril de 2012

Esta es la Pascua del Señor. Es la solemnidad de las solemnidades. La celebración de la Resurrección del Señor es el centro de la vida cristiana. Esta es la fuente de nuestra fe, el estímulo para nuestra esperanza y el alimento de nuestra caridad. Este es para los cristianos “el primer día de la semana”. 

Para el pueblo de Israel, la búsqueda de Dios era una categoría fundamental de la fe. Los mejores creyentes son presentados en el Antiguo Testamento como los “buscadores de Dios”. Todos ellos deseaban “ver a Dios”. Su anhelo los llevaba a peregrinar para encontrarse con Él en el templo. 

En el nuevo tiempo de la historia de la salvación, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo orienta a sus discípulos de la primera hora y los de todos los tiempos. También ellos han de ser sinceros buscadores de Dios, sabiendo que lo encontrarán en Jesucristo. El evangelio que hoy se proclama nos marca un itinerario de búsqueda del Señor (Jn 20, 1-9).

VER Y CREER
El relato evangélico no es un compendio de verdades abstractas. Nos presenta las actitudes de tres personajes. Son como iconos de un proceso de fe. En ellos reconocemos los primeros pasos de la fe cristiana. 

• María Magdalena es movida por sus afectos. No podía aguardar hasta la llegada del nuevo día. Fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro. Vio la losa quitada del sepulcro. Pero esa experiencia sólo produce en ella desaliento e inseguridad.

• Pedro recibe el anuncio de Magdalena. El sepulcro de Cristo está vacío. La noticia es alarmante y no deja indiferentes a los discípulos de Jesús. De Pedro se dice que “vio las vendas y el sudario”, pero nada más. Se intuye su desconcierto.

• El discípulo amado adelanta a Pedro en la carrera, pero le deja la precedencia. Después entra también él. El texto anota escuetamente que “vio y creyó”. Al fin, la ausencia del cuerpo del Señor suscita la fe. 

Es evidente que la fe en el Resucitado no nace de la visita al sepulcro sino de la memoria de la palabra del Señor. El sepulcro es el signo de la ausencia. Pero la Escritura indica su presencia.

AUSENCIA Y PRESENCIA
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Ése es el mensaje que María Magdalena trasmite a los discípulos de Jesús. Ése es el principio de la evangelización. Lo que parecía el anuncio de una tragedia es el núcleo de la “buena noticia”. 

• “Se han llevado del sepulcro al Señor”. Efectivamente, Cristo no se encuentra en el sepulcro. El lugar de la muerte no puede contener al Señor de la vida. El sepulcro es sólo un “monumento”, es decir un recordatorio.

• “No sabemos dónde lo han puesto”. El Jesús de cada día era fácilmente ubicable. Sus amigos y enemigos podían informarse y averiguar dónde estaba. El Cristo resucitado ha de hacerse encontradizo para ser encontrado.

• “Se han llevado del sepulcro al Señor”. También hoy, los creyentes vivimos con frecuencia la experiencia de la ausencia de nuestro Maestro. Pensamos que nos lo han arrebatado. Tendremos que preguntarnos si lo buscamos con curiosidad o con fe.   

• “No sabemos dónde lo han puesto”. También hoy son muchos los que tratan de decirnos que el Señor está aquí o allá. Pero él nos enseñó a desconfiar de los que intentan amarrarlo a un lugar preciso. La fe es siempre búsqueda y esperanza.   

- Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, sabemos que estás vivo. Ayúdanos a recordar tu palabra para que los signos que vemos nos lleven a la fe. Amén. 

José-Román Flecha
Universidad Pontificia de Salamanca

 

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