OPINIÓN







CADA DÍA SU AFÁN Diario de León,7.3.2015
LA VIDA POR LA LIBERTAD DE LA FE



El asesinato de los dibujantes de una publicación satírica a manos de los musulmanes ha suscitado en el mundo occidental una inmensa ola de protesta. Por una parte y por otra se han multiplicado los discursos en defensa de la libertad de expresión.

Poco tiempo después unos egipcios han sido asesinados a sangre fría al borde mismo de las aguas del Mediterráneo en una playa de Libia. Apenas unos murmullos han venido a lamentar la suerte de estos cristianos coptos, muertos contra la libertad de la fe.

Es claro que no se pueden comparar los dos casos. Pero llama la atención el contraste entre el clamor por la muerte de los primeros y la indiferencia ante la muerte de los segundos. Y, sin embargo, la sangre de unos y de otros tiene el mismo color. Y la libertad tiene los mismos derechos.

¿Cuál es la causa de la diferencia abismal entre las reacciones ante un caso y el otro? ¿Quién mueve los hilos de la opinión pública? ¿Quién agita los sentimientos, mueve las voluntades y enchufa los altavoces? ¿Quién tiene derecho a imponer una religión y a asesinar a los que creen de otra manera:

“No hay apremio en la religión; la rectitud se distingue de la aberración”. Esta observación no se debe a un agnóstico o un laicista. Este pensamiento se encuentra en El Corán (Al-Baqara, 256). La idea es muy clara: no se debe apremiar u obligar a nadie en materia religiosa. No se puede imponer la fe. Y tampoco se puede impedirla.

El cardenal Javierre decía que los obispos entraron en el Concilio Vaticano II con una idea muy restrictiva de la libertad religiosa, pero allí cambiaron de mentalidad. Baste recordar el documento del Concilio sobre este tema: “Esta libertad [religiosa] consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos” (DH 2).

El panorama de la persecución religiosa es vasto como el mundo y largo como la historia. Cualquiera puede evocar todo un rosario de pueblos y países donde los creyentes han sido perseguidos, encarcelados y asesinados tan solo por serlo.

Mientras encomendamos al Dios único y misericordioso la suerte de los mártires, y también la de sus asesinos, leemos con esperanza unas palabras que pueden devolvernos la serenidad y la cordura, la tolerancia y la fraternidad: “Si tu Señor lo quisiera, todos los hombres de la tierra tendrían la fe. Pero, ¿puedes tú obligar a las personas a creer?”

Se dirá que es esta una pregunta inquietante. Y ciertamente lo es. Nos obliga a examinar nuestra conciencia. Y a evaluar comportamientos y criterios habituales.

Por cierto, esa frase se encuentra también en El Corán (Yunes, 99).



José-Román Flecha Andrés
















CADA DÍA SU AFÁN Diario de León 21.2.2015



LA TENTACIÓN SEGÚN PABLO VI



La palabra “tentación” parece relegada al lenguaje piadoso de otros tiempos. Y sin embargo la actualidad nos la presenta todos los días en sus formas más crudas y escandalosas, como los atentados terroristas, la corrupción política o económica, la violencia familiar, las cien adicciones que destruyen a la persona.

Pero junto a los males morales más terribles aparece hoy otro mal, más subjetivo, que consiste en justificar la tentación. Es muy habitual afirmar con Oscar Wilde “puedo resistir cualquier cosa excepto la tentación”. Tal vez el ser humano no puede resistir la fascinación del mal porque lo ignora o lo niega.

El primer domingo de cuaresma del año 1965, en la iglesia romana de Todos los Santos, Pablo VI trazaba una precisa definición de la tentación: “La tentación es el encuentro entre la buena conciencia y el atractivo del mal; y en la forma más insidiosa de todas (…) La tentación es la simulación del bien; es el engaño por el cual el mal asume la máscara del bien; es la confusión entre el bien y el mal”.

Es interesante esa vinculación de la tentación con la mentira o, para ser más benévolos, con la confusión. Como intentando buscar la causa de este error, Pablo VI apuntaba al deseo de libertad que bulle en el corazón humano. Una libertad que ya no se entiende solo como capacidad de decisión a la hora de elegir los valores morales, sino también como la posibilidad de crear esos mismos valores éticos:

“El hombre moderno se adapta a todas las cosas. Es capaz de hacerse el abogado de las cosas malas con tal de sostener la libertad del propio placer (…), una libertad indiscriminada para lo que es ilícito. Se acaba así por autorizar todas las expresiones de la vida inferior: el instinto se impone a la razón, el interés al deber, la ventaja personal al bienestar común”.

El Papa sabía que los errores de la conciencia nacen precisamente del olvido de la ley de Dios: “Quien ya no tiene en cuenta la ley del Señor, sus mandamientos y preceptos y no los siente ya reflejados en la propia conciencia, vive en una gran confusión y se convierte en enemigo de sí mismo. Muchos males nuestros están procurados por nuestras mismas manos, por la insensata malignidad obstinada en buscar no lo que conviene, sino lo que es nocivo para la existencia”.

De todas formas, Pablo VI no pretendía solo denunciar esta autonomía moral, sino que indicaba el camino para superar el fracaso al que podía conducir:

“Es preciso renovar, revigorizar nuestra capacidad de juzgar, de discernir el bien y el mal. Siempre que el mal (…) se presenta atrayente, lisonjero, seductor, útil, fácil, agradable, debemos demostrar energía y prudencia para decir, tajante y resueltamente, no. Este es el modo de rechazar y superar la tentación”.

Han pasado cincuenta años desde que fueron pronunciadas aquellas palabras sobre la tentación. Seguramente nos ayudarán a examinarnos al comienzo de la cuaresma.





José-Román Flecha Andrés


CADA DÍA SU AFÁN Diario de León 14.2.2015



SABIDURÍA DEL CORAZÓN



La Jornada Mundial del Enfermo, instituida por san Juan Pablo II en 1992, se celebra el 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes. En este año 2015, el mensaje del Papa Francisco, dirigido a los enfermos, a los profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario, lleva por título “Sabiduría del corazón para reconocer en los enfermos la imagen de Dios”.

Esta sabiduría no es un conocimiento teórico, abstracto, fruto de razonamientos. Es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconocer en ellos la imagen de Dios. A la luz de este don de Dios, se pueden aprender al menos cuatro lecciones importantes.

• Sabiduría del corazón es servir al hermano. A veces el enfermo necesita ayuda para lavarse, vestirse o alimentarse. “Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer”. Sin embargo, esa ayuda es camino de santificación, experiencia de la cercanía del Señor, y manifestación de la misión integral de la Iglesia.

• Sabiduría del corazón es estar con el hermano. Ese tiempo que se pasa junto al enfermo es alabanza a Dios y concreción del seguimiento de Cristo que se hizo nuestro servidor. Ese acompañamiento, con frecuencia silencioso, expresa al enfermo nuestro amor y nuestro consuelo. En este contexto descubrimos la mentira de las palabras sobre la calidad de vida, cuando se sugiere “que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas”.

• Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. En este mundo, marcado por la prisa, se olvida la belleza de la gratuidad, del ocuparse del hermano, del hacerse cargo del paciente. “En el fondo, detrás de esta actitud hay con frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor, que dice: ''A mí me lo hicisteis''.

• Sabiduría del corazón es ser solidarios con el hermano sin juzgarlo. La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos con una caridad que no juzga, que no pretende convertir al otro y que no busca la aprobación ajena ni la autocomplacencia por el bien realizado.

En la cruz de Jesús se nos revela la solidaridad de Dios con nosotros y su misericordia gratuita. A esa luz, también la experiencia del dolor puede ayudarnos a percibir la gracia y a lograr y reforzar la sabiduría del corazón. El mensaje del Papa Francisco termina con una hermosa oración que habrá que repetir con frecuencia:

“Oh María, Sede de la Sabiduría, intercede, como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que en el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor, podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón”.



José-Román Flecha Andrés





CADA DÍA SU AFÁN DIARIO DE LEÓN 7.2.2015



HAMBRE Y SOLIDARIDAD



En los primeros días de febrero se nos presenta con una cierta insistencia la campaña contra el hambre. Con demasiada frecuencia pensamos que el hambre se debe a la escasez de alimentos, causada a su vez por la falta de agua o por el avance de los desiertos. Ciertamente son fenómenos preocupantes.

Pero caben también otras reflexiones. En una homilía en un tiempo de hambre, ya en el siglo IV decía San Basilio: “Nosotros recibimos, pero no damos a nadie… Cuando tenemos hambre comemos, pero pasamos de largo junto al necesitado… Nuestros graneros y depósitos son estrechos para tanto como metemos en ellos, pero nosotros no nos compadecemos de los que padecen estrecheces”.

Aquel clamor se ha repetido muchas veces a lo largo de los siglos. Más cerca de nosotros, San Juan de Ávila escribía en el siglo XVI que “si solos los necesitados hubiesen de ser socorridos, y tan limitadamente como nosotros queremos socorrer solamente a los pobres, bien podríamos olvidar cómo nos socorre Dios”.

Así pues, no se trata sólo de hacer beneficencia. En su exhortación “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco ha hecho suyo este pensamiento de los obispos brasileños: “Nos escandaliza el hecho de saber que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta. El problema se agrava con la práctica generalizada del desperdicio” (EG 191).

Al tema del desperdicio y del descarte se ha referido el Papa con mucha frecuencia. Una parte de la humanidad parece ocupada en mantener un consumo desenfrenado y preocupada tanto por mantener los precios como por llevar una dieta equilibrada. Pero tres cuartas partes de la humanidad están preocupadas por no morir de hambre.

El día 16 de octubre de 2014 el Papa Francisco enviaba un mensaje al director general de la FAO, con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación, que había de hacerse eco “del grito de tantos hermanos y hermanas que en diversas partes del mundo no tienen el pan de cada día”.

Frente a este dato tan grave, el Papa pensaba “en la enorme cantidad de alimentos que se desperdician, en los productos que se destruyen, en la especulación con los precios en nombre del dios beneficio”. Según él, no basta promover un reparto más justo. Hay que pensar que “quienes sufren la inseguridad alimentaria y la desnutrición son personas y no números, y por su dignidad de personas, están por encima de cualquier cálculo o proyecto económico”.

Hay que aprender la solidaridad. Pero la obligación de la solidaridad “no puede limitarse a la distribución de alimentos, que puede quedarse sólo en un gesto técnico, más o menos eficaz, pero que se termina cuando se acaban los suministros dedicados a tal fin”. Hace falta un cambio de mentalidad y de estructuras, y una mayor educación de los pueblos en vías de desarrollo y de las personas que forman las bolsas de pobreza en los países ricos.



José-Román Flecha Andrés









CADA DÍA SU AFÁN Diario de León 31.enero.2015
 

CONSAGRADOS A DIOS Y AL HOMBRE



El día 2 de febrero se celebra la presentación del niño Jesús en el Templo y la purificación de María, de acuerdo con lo prescrito por la Ley de Moisés. Ambos acontecimientos evangélicos son un motivo suficiente para celebrar en ese día la Jornada de la vida consagrada, de especial relieve en este año dedicado precisamente a la Vida Consagrada.

Esa opción de vida nos es bien conocida. O debería serlo. Como ha dicho el Concilio Vaticano II, “desde los principios de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se propusieron seguir a Cristo con mayor libertad por la práctica de los consejos evangélicos, e imitarle más de cerca, y cada uno a su manera llevaron una vida consagrada a Dios.”

Seguramente hemos leído algo sobre el monacato antiguo. Recordamos el nacimiento de las órdenes mendicantes, el heroísmo de las órdenes dedicadas a la redención de los cautivos o al cuidado de los enfermos. Conocemos las modernas congregaciones religiosas y su dedicación a las misiones y a la enseñanza, Y somos testigos de las nuevas formas de consagración que el Espíritu ha suscitado en la Iglesia.

A veces se oye preguntar qué hacen los religiosos y religiosas o, más en general, las personas consagradas. La pregunta por lo que hacen no es la más adecuada, porque hacen de todo en la Iglesia y en la sociedad. Sería más oportuno preguntarse cómo y por qué lo hacen, para descubrir que lo hacen todo siguiendo el espíritu de Jesucristo.

Las personas consagradas dedican su vida a afirmar a Dios y su señorío. Viviendo a la escucha de la Palabra de Dios, nos ayudan a comprender al hombre como una unidad fundamental de cuerpo y espíritu, nos proponen el ideal del triunfo sobre las apetencias nocivas y nos muestran la vida fraternal de la comunidad como maqueta para una sociedad justa.

Las personas consagradas dedican su vida a la afirmación de la verdad, la bondad y la belleza, a la transmisión de la fe en culturas diversas. Nos exhortan a la conversión a lo esencial y nos indican los caminos de la evangelización y de la liberación, de la paz y del progreso.

Su amor a Dios y su fidelidad a la llamada de Dios nunca han apartado a las personas consagradas de su fidelidad y amor a las personas concretas. Han colaborado como nadie en la transmisión de la cultura, aprendiendo las lenguas de todos los pueblos, promoviendo las ciencias, la técnica y las artes.

Las personas consagradas nos enseñan a escuchar la voz de los sin-voz, a redescubrir la dignidad de la persona, la fraternidad humana y la comunión eclesial. Por medio del anuncio, la denuncia y la renuncia nos muestran el valor de la gratuidad y la gratitud, dan razón de la esperanza y dan esperanza a la razón.

Y, prestando atención al Espíritu, nos recuerdan, con su palabra y sus silencios, con su vida y su testimonio, que Cristo es el verdadero modelo para la vida del hombre y la fuente de la verdadera alegría.



José-Román Flecha Andrés




  






CADA DÍA SU AFÁN Diario de León, 17.1.2015



EMIGRANTES Y REFUGIADOS



El domingo, día 18 de enero de 2015 se celebra la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado. En su mensaje para esta jornada el Papa Francisco ha elegido un lema que evoca una idea muy querida por el Concilio Vaticano II: “Una Iglesia sin fronteras, madre de todos”.

El Papa sabe que “en una época de tan vastas migraciones, un gran número de personas deja sus lugares de origen y emprende el arriesgado viaje de la esperanza, con el equipaje lleno de deseos y de temores, a la búsqueda de condiciones de vida más humanas”.

La exhortación a acogerlas no nace de un oportunismo político o publicitario, sino de la misma fidelidad al evangelio. Jesús nos juzgará por nuestra capacidad para hospedarle a él en los que llegan a nosotros como forasteros (Mt 25,35-36). Misión de la Iglesia es acoger a Jesucristo en los más pobres y desamparados, como son los inmigrantes y los refugiados.

El Papa reconoce que las migraciones de hoy suscitan desconfianza y rechazo, también en las comunidades eclesiales. Pero “esos recelos y prejuicios se oponen al mandamiento bíblico de acoger con respeto y solidaridad al extranjero necesitado”.

Sin embargo, hasta los medios más reticentes reconocen la gran labor que realiza la Iglesia Católica en la acogida y la ayuda a los inmigrantes que llegan a Europa o a los Estados Unidos de América. Lo mismo se puede decir respecto a los refugiados que abandonan sus casas en Irak o en Siria para evitar una muerte anunciada.

Pero no se trata solo de ofrecer una ayuda puntual, sino de promover un espíritu de fraternidad y de crear instituciones y estructuras que la reflejen en la práctica. Como escribe el Papa, “la Iglesia sin fronteras, madre de todos, extiende por el mundo la cultura de la acogida y de la solidaridad… alimenta, orienta e indica el camino, acompaña con paciencia, se hace cercana con la oración y con las obras de misericordia”.

Muchos emigrantes y refugiados, víctimas de la miseria, de la violencia y de la explotación, encuentran acogida precisamente en las instituciones de la Iglesia. Esta actitud es desconocida por los que no se atreven a ridiculizar al Islam por miedo a las armas y, entre tanto, prefieren dirigir sus burlas a la Iglesia Católica.

Una inmensa tarea se abre ante todos nosotros: evitar las causas que generan estos movimientos de masas, defender los derechos de las personas, luchar contra el tráfico de seres humanos y contra toda forma de violencia, vejación y esclavitud. “A la solidaridad con los emigrantes y los refugiados es preciso añadir la voluntad y la creatividad necesarias para desarrollar mundialmente un orden económico-financiero más justo y equitativo, junto con un mayor compromiso por la paz, condición indispensable para un auténtico progreso”.

Esta es la hora de pasar de la cultura de la tolerancia a “la cultura del encuentro, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno”.



José-Román Flecha Andrés




CADA DÍA SU AFÁN Diario de León 10.1.2015


GLOBALIZAR LA FRATERNIDAD


En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año 2015 el Papa Francisco nos ha recordado el drama histórico de la esclavitud. Y ha recordado las numerosas formas en las que este azote pervive en nuestro mundo. Con todo, su mensaje no se limita a denunciar esta plaga.

De hecho, el Papa menciona con gratitud el trabajo silencioso que muchas congregaciones religiosas, especialmente femeninas, realizan desde hace muchos años en favor de las víctimas. Con frecuencia tienen que enfrentarse a incomprensiones y dificultades de todo tipo.

Este trabajo de los religiosos y religiosas requiere coraje, paciencia y perseverancia. Pero no es suficiente para poner fin a la explotación de la persona humana. Se requiere también un triple compromiso a nivel institucional de prevención, protección de las víctimas y persecución judicial contra los responsables.

Se necesitan leyes justas, centradas en la persona humana. Leyes que defiendan sus derechos fundamentales y los restablezcan cuando éstos son pisoteados y que puedan liberar a las personas de la amenaza de la esclavitud, rehabilitar verdaderamente a las víctimas y garantizar su integridad.

Se necesitan también mecanismos de seguridad eficaces para controlar la aplicación correcta de estas normas, de forma que no dejen espacio a la corrupción y la impunidad. Es preciso que se reconozca también el papel de la mujer en la sociedad, lo cual exige trabajar en el plano cultural y de la comunicación para obtener los resultados deseados.

Se necesita, por otra parte una cooperación en diferentes niveles, que incluya efectivamente a las instituciones nacionales e internacionales, así como a las organizaciones de la sociedad civil y empresarial.

El Papa afirma que las empresas tienen el deber de garantizar a sus empleados unas condiciones de trabajo dignas y unos salarios adecuados. Además, han de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución otras formas de servidumbre o trata de personas.

Pero no basta con eso. A la responsabilidad social de la empresa hay que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser consciente de que “comprar es siempre un acto moral, además de económico”. Si compramos productos o servicios realizados por esclavos estamos colaborando con quien los esclaviza.

Es la hora de globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia. El Papa quiere que no seamos cómplices de este mal, que no ignoremos el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas, privados de libertad y dignidad, que pongamos en marcha la globalización de la solidaridad y la fraternidad.

Y, con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, nos manifiesta su deseo de que la fraternidad dé esperanza a todos nuestros hermanos y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de este tiempo y de las metas que Dios pone ante nosotros.


José-Román Flecha Andrés






CADA DÍA SU AFAN Diario de León, 6.12.2014


LA INMACULADA DE PABLO VI


El 8 de diciembre de 1959, el Cardenal Montini pronunciaba en la catedral de Milán un admirable discurso sobre la Inmaculada Concepción de María. Según su estilo habitual, iniciaba su reflexión con unas preguntas sobre este misterio: “¿Qué es lo que veo? Pregunto a todos: ¿Qué es lo que veis? ¿Qué imagen refulge sobre nuestro horizonte humano?”.

Su respuesta era sumamente sugestiva. Aunque todos denigramos alguna vez a la humanidad, somos en realidad sus admiradores, porque formamos parte de ella. Nos gustaría ver una humanidad perfecta. Pues bien, en María descubrimos lo mejor de nuestro ser. Lo vemos sin desequilibrio ni discordancia, sin imperfección ni corrupción.

Además, aun contaminados por la suciedad de este mundo, nos gusta imaginar nuestro ser totalmente limpio. No es fácil conseguirlo. Pero en María descubrimos también ese ideal de la limpieza, de la pureza sin mancha.

En tercer lugar, viene a nuestra mente la nostalgia de la belleza que a todos nos seduce. Ahora bien, al dirigirse a María, la liturgia la proclama “Toda hermosa”. Montini se preguntaba el porqué. ¿En qué tiene su raíz esa belleza? Y la razón es su cercanía al mismo Dios: María tiene el esplendor de la belleza “porque ha salido de sus manos en la integridad absoluta, perfecta, purísima y bellísima; porque es un pensamiento de Dios que se refleja en su integridad… Ahí tenemos, al fin, un retrato de Dios no enturbiado, no corrompido”.

Esta contemplación nos recuerda que, si de la luz blanca nacen todos los colores, de la figura de María destellan su dulzura, su bondad, su obediencia, su sabiduría.

El futuro Pablo VI añadía que esta figura llena de perfección, de limpieza y de hermosura suscita la impresión de “una extremada delicadeza, como cuando nos aproximamos a una vestidura limpia, cuando se posan nuestras manos sobre una flor y temen desflorarla, contaminarla, ajarla, o cuando miramos la nieve recién caída y nos maravillamos de esa blancura que siempre querríamos ver sin mancillar”.

De pronto, el cardenal Montini se detenía, como temiendo que se asociara la delicadeza a la debilidad. Pero no. Es verdad que las cosas perfectas han de ser defendidas, pero no porque sean débiles. María es fuerte en todos los momentos de su vida. “No hay virtud si no hay resistencia, si no hay una superación de obstáculos, si no hay algo de explosión, de energía”.

Montini evocaba entonces una educación que quiere dejar al niño abandonado a sus apetencias. Frente a esas ideas, propugnaba él la obligación de defender la perfección humana. Pero también añadía que es preciso educar a la persona para que la virtud pueda, en un cierto sentido, defenderse a sí misma y fortalecerse.

Este discurso, que anticipaba al que había de pronunciar en la clausura del Concilio, se cerraba con una oración que puede ser la nuestra: “¡Oh Señora, danos la fuerza, danos la virtud, danos tú lo que nos falta!”.


José-Román Flecha Andrés












CADA DÍA SU AFÁN Diario de León 29.11.2014

LA ANCIANIDAD Y LA MEMORIA


El domingo 28 de septiembre de 2014 la Plaza de San Pedro se llenó de miles de ancianos. Habían llegado de todo el mundo para celebrar una jornada organizada por el Pontificio Consejo para la Familia en honor de la tercera edad. Entre ellos estaba también el Papa emérito Benedicto XVI.

El Papa Francisco comenzó afirmando que “la vejez es un tiempo de gracia, en el que el Señor nos renueva su llamada: nos llama a custodiar y transmitir la fe, nos llama a orar, especialmente a interceder, nos llama a estar cerca de quien tiene necesidad…”

Su discurso se podría resumir en tres puntos que reflejan la situación actual de los ancianos y una lamentable actitud social ante ellos. En primer lugar recordaba a los ancianos que viven en el seno de la familia. Es esta una ocasión de gracia, puesto que “los ancianos, los abuelos tienen una capacidad para comprender las situaciones más difíciles”.

Aludiendo al salmo 128,6 añadía el Papa que “a los abuelos, que han recibido la bendición de ver a los hijos de sus hijos, se les ha confiado una gran tarea: transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo; compartir con sencillez una sabiduría y la misma fe: ¡el legado más precioso!”

Ahora bien, otros ancianos viven en residencias. A ellas se refería el Papa Francisco diciendo: “Bienvenidos los hogares para los ancianos… con tal de que sean verdaderos hogares y no prisiones. ¡Y que sean para los ancianos y no para los intereses de otro!” Como para aclarar su pensamiento, añadía a continuación: “No debe haber instituciones donde los ancianos vivan olvidados, como escondidos, descuidados…”

Pero más interesante aún era la orientación pastoral que sugería: “Las casas para ancianos deberían ser los pulmones de humanidad en un país, en un barrio, en una parroquia; deberían ser los santuarios de humanidad donde el viejo y el débil es cuidado y protegido como un hermano o hermana mayor”.

En un tercer momento el Papa evocaba la categoría del descarte, que recuerda con tanta frecuencia: “¡Cuántas veces se descarta a los ancianos con actitudes de abandono que son una auténtica eutanasia a escondidas! Es el efecto de una cultura del descarte que hace mucho mal a nuestro mundo. Se descarta a los niños, se descarta a los jóvenes porque no tienen trabajo, y se descarta a los ancianos con el pretexto de mantener un sistema económico ‘equilibrado’, en cuyo centro no está la persona humana, sino el dinero. ¡Todos estamos llamados a contrarrestar esta venenosa cultura del descarte!”

El equilibrio al que el Papa se refiere con evidente ironía es, en realidad, el signo más claro de la pérdida de valores y del desequilibrio moral de nuestra sociedad. Con razón pudo concluir diciendo “Un pueblo que no custodia a los abuelos y no los trata bien es un pueblo que no tiene futuro… porque pierde la memoria y se arranca sus propias raíces”.

José-Román Flecha Andrés











CADA DÍA SU AFÁN Diario de León 22.11.2014

EL CORRUPTO Y LA CORRUPCIÓN










El día 23 de octubre el Papa Francisco recibió en audiencia a una delegación de la Asociación internacional de derecho penal. En su interesante discurso el Papa fue tocando diversos temas sobre el primado de la vida y la dignidad de la persona humana, y se detuvo también a considerar algunas formas de criminalidad que menoscaban gravemente la dignidad de la persona y el bien común.




En este contexto, dedicó un espacio relativamente amplio al delito de corrupción. No deja de llamar la atención que lo asociara al fenómeno natural del proceso de muerte: “cuando la vida muere hay corrupción”.




Tras esa inquietante imagen introductoria, el Papa señala muy acertadamente siete características que distinguen al corrupto:




• “El corrupto atraviesa la vida con los atajos del oportunismo, con el aire de quien dice: ‘No he sido yo’, llegando a interiorizar la máscara de hombre honesto”.




• “El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, trata de disminuir cualquier autoridad moral que pueda ponerlo en tela de juicio, no valora a los demás y ataca con el insulto a quien piensa de modo diverso”.




• “Si las relaciones de fuerza lo permiten, persigue a quien lo contradiga”.




• “La corrupción se expresa en una atmósfera de triunfalismo, porque el corrupto se cree un vencedor. En ese ambiente se pavonea para rebajar a los demás”.




• “El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad”.




• “El corrupto no percibe su corrupción. Se da en cierto sentido lo que sucede con el mal aliento: difícilmente quien lo tiene se da cuenta de ello; son los demás quienes se dan cuenta y se lo deben decir”.




• “Por tal motivo, difícilmente el corrupto podrá salir de su estado por remordimiento interior de la conciencia”.




La descripción parecerá demasiado pesimista solo a quien no haya padecido los efectos de esta lacra. Después de presentar a la persona, el Papa describe en cinco puntos la enfermedad que le aqueja y que afecta a toda la sociedad:




• “La corrupción es un mal más grande que el pecado. Más que perdonado, este mal debe ser curado”.




• “La corrupción se ha convertido en algo natural, hasta el punto de llegar a constituir un estado personal y social relacionado con la costumbre”.




• La corrupción es “una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en los contratos públicos, en toda negociación que implique agentes del Estado”.




• La corrupción “es la victoria de las apariencias sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción respetable”.




• “Sin embargo, el Señor no se cansa de llamar a la puerta de los corruptos. La corrupción nada puede contra la esperanza”.




Esta última frase nos invita a levantar la vista y a soñar un mundo nuevo, basado en la fraternidad y la justicia, en la transparencia y la responsabilidad. Los creyentes no podemos resignarnos a este mal más grande que el pecado.










José-Román Flecha Andrés






























No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Qué te ha parecido? ¿Cuál es tu opinión?