REGLA DE SAN BENITO

Invitación a la Regla de San Benito, en la comunidad de Sta María de Carbajal de León

Bienvenidos a nuestra casa de Santa Mª de Carbajal.

Somos monjas benedictinas que seguimos la Regla de San Benito (s. V-VI) padre y guía de monjes y patrono de Europa.

Benito de Nursia, “Benito de nombre y por gracia bendito” (Diálogos de San Gregorio Magno) reflejó en su Regla su experiencia como seguidor de Jesucristo. Ha sido y sigue siendo Maestro, Médico y Padre para todos los que buscamos a Dios por las sendas del Evangelio.

Queremos ofreceros un comentario a la Regla de San Benito tal y como la vivimos y entendemos en nuestra comunidad. Irán apareciendo, por orden, los 73 capítulos, comentados por las hermanas de la comunidad desde su experiencia, que en muchos casos, se remonta a más de 50-60 años.

Más que unos textos os ofrecemos una vida o mejor dicho un caudal de vida que se nutre de 20 experiencias monásticas que llevan caminando juntas, en máxima comunión de amor y fe ya muchos años.
carbajalas, León. Domingo Ramos
Os animamos a presentar vuestras dudas, comentarios, perplejidades… y os ofrecemos, nuestra presencia todo el año en esta página y un espacio concreto, nuestro monasterio, donde poder profundizar en los diferentes aspectos de la vida monástica reflejada en la Regla Benedictina.

¡Ánimo!

María escucha con todo su ser la noticia de Dios Padre para ponerla en práctica, y ahí está todo el sentido y la plenitud de su existencia.

Inclinar el oído de mi corazón hace referencia a estar dispuesta a recibir el mensaje, la buena noticia, los preceptos, es lo mismo, con todo mi ser, física, psicológica y espiritualmente.

Si soy capaz de escuchar con gusto la voz de mi Padre celestial, que me habla a través de la regla, me estoy pareciendo a María.

Mónica Alonso Ammann (Juniora)


Regla benedictina, Continuación del Prólogo (22-50), Sor Guillermina González Seco (Priora de la Comunidad)
CONTINUACIÓN DEL PRÓLOGO (22-50)

22 Si queremos habitar en la morada de su reino, puesto que no se llega allí sino corriendo con obras buenas, 23 preguntemos al Señor con el Profeta diciéndole: "Señor, ¿quién habitará en tu morada, o quién descansará en tu monte santo?". 24 Hecha esta pregunta, hermanos, oigamos al Señor que nos responde y nos muestra el camino de esta morada 25 diciendo: "El que anda sin pecado y practica la justicia; 26 el que dice la verdad en su corazón y no tiene dolo en su lengua; 27 el que no hizo mal a su prójimo ni admitió que se lo afrentara". 28 El que apartó de la mirada de su corazón al maligno diablo tentador y a la misma tentación, y lo aniquiló, y tomó sus nacientes pensamientos y los estrelló contra Cristo. 29 Estos son los que temen al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien, juzgan que aun lo bueno que ellos tienen, no es obra suya sino del Señor, 30 y engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria". 31 Del mismo modo que el Apóstol Pablo, que tampoco se atribuía nada de su predicación, y decía: "Por la gracia de Dios soy lo que soy". 32 Y otra vez el mismo: "El que se gloría, gloríese en el Señor". 33 Por eso dice también el Señor en el Evangelio: "Al que oye estas mis palabras y las practica, lo compararé con un hombre prudente que edificó su casa sobre piedra; 34 vinieron los ríos, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba fundada sobre piedra".
el cirio pascual en el IV domingo
35 Después de decir esto, el Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos. 36 Por eso, para corregirnos de nuestros males, se nos dan de plazo los días de esta vida. 37 El Apóstol, en efecto, dice: "¿No sabes que la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?". 38 Pues el piadoso Señor dice: "No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva".

39 Cuando le preguntamos al Señor, hermanos, sobre quién moraría en su casa, oímos lo que hay que hacer para habitar en ella, a condición de cumplir el deber del morador. 40 Por tanto, preparemos nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar bajo la santa obediencia de los preceptos, 41 y roguemos al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia, para cumplir lo que nuestra naturaleza no puede. 42 Y si queremos evitar las penas del infierno y llegar a la vida eterna, 43 mientras haya tiempo, y estemos en este cuerpo, y podamos cumplir todas estas cosas a la luz de esta vida, 44 corramos y practiquemos ahora lo que nos aprovechará eternamente.

45 Vamos, pues, a instituir una escuela del servicio divino, 46 y al hacerlo, esperamos no establecer nada que sea áspero o penoso. 47 Pero si, por una razón de equidad, para corregir los vicios o para conservar la caridad, se dispone algo más estricto, 48 no huyas enseguida aterrado del camino de la salvación, porque éste no se puede emprender sino por un comienzo estrecho. 49 Mas cuando progresamos en la vida monástica y en la fe, se dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios. 50 De este modo, no apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amén.

COMENTARIO AL PRÓLOGO 22- 50, por Sor Guillermina González Seco (Priora de la Comunidad)

El monasterio como “escuela del servicio divino” es uno de los temas que San Benito destaca en el Prólogo de su Regla (v.45). La finalidad de esta escuela es el estudio y conocimiento de las cosas de Dios. En esta escuela, en efecto, se aprende a buscar y servir al Señor. Este es el pensamiento clave, la idea central en la vida del monje y monja.



Se trata de una búsqueda amorosa y fiel del querer de Dios en nuestra vida. La respuesta a esta insistente búsqueda
de la voluntad de Dios la encontramos en la Palabra Sagrada que tan abundantemente se nos ofrece en la oración litúrgica, en la lectio divina y en el día a día de la familia monástica.



Regla benedictina, c. 1, Clases de monjes, Sor Amalia Llamas

Capítulo 1

LAS CLASES DE MONJES

1 Es sabido que hay cuatro clases de monjes. 2 La primera es la de los cenobitas, esto es, la de aquellos que viven en un monasterio y que militan bajo una regla y un abad. 3 La segunda clase es la de los anacoretas o ermitaños, quienes, no en el fervor novicio de la vida religisa, sino después de una larga probación en el monasterio. 4 aprendieron a pelear contra el diablo, enseñados por la ayuda de muchos. 5 Bien adiestrados en las filas de sus hermanos para la lucha solitaria del desierto, se sienten ya seguros sin el consuelo de otros, y son capaces de luchar con sólo su mano y su brazo, y con el auxilio de Dios, contra los vicios de la carne y de los pensamientos. 6 La tercera, es una pésima clase de monjes: la de los sarabaítas. Éstos no han sido probados como oro en el crisol por regla alguna en el magisterio de la experiencia, sino que, blandos como plomo, 7 guardan en sus obras fidelidad al mundo, y mienten a Dios con su tonsura. 8 Viven de dos en dos o de tres en tres, o también solos, sin pastor, reunidos, no en los apriscos del Señor sino en los suyos propios. Su ley es la satisfacción de sus gustos: 9 llaman santo a lo que se les ocurre o eligen, y consideran ilícito lo que no les gusta. 10 La cuarta clase de monjes es la de los giróvagos, que se pasan la vida viviendo en diferentes provincias, hospedándose tres o cuatro días en distintos monasterios. 11 Siempre vagabundos, nunca permanecen estables. Son esclavos de sus deseos y de los placeres de la gula, y peores en todo que los sarabaítas. 12 De la misérrima vida de todos éstos, es mejor callar que hablar. 13. Dejándolos, pues, de lado, vamos a organizar, con la ayuda del Señor, el fortísimo linaje de los cenobitas.


Comentario por Sor Amalia Llamas

Alguna vez me he preguntado, ¿por qué soy monja benedictina? En mis años jóvenes sentí, escuché en mi interior la llamada, la invitación del Señor que con fuerza me pedía seguirle, pero surgía en seguida la pregunta,¿dónde Señor? Visité varias congregaciones religiosas pero no me decidía por ninguna.

El Señor, providente y respetuoso, quiso que conociera a las benedictinas. Él ya sabía lo que hacía y puedo repetir con Jeremías: “Me sedujiste Señor y me dejé seducir” (Jr, 20,7)

Empecé a dar clases a unas niñas que estaban allí estudiando y pronto comprendí que ese era mi lugar definitivo. Yo tenía claramente vocación de monja benedictina. Me gustaba enormemente su modo de vivir en una comunidad estable, con una Madre Abadesa y una Regla a la que todas obedecemos. Somos una familia monástica, sin sobresaltos de traslados.

Nos une la oración, el Oficio Divino realizado con esmero, cariño e ilusión; el silencio y los recreos; la lectio divina y el trabajo.

Esta es la clase de monjas que San Benito desea en su monasterio y para las cuales legisla, las cenobitas. Rechazo los otros géneros de monjes: ermitaños: que viven solos; los giróvagos, siempre vagando y nunca quietos y los sarabaítas: que hacen siempre lo que quieren, sus propios deseos.

¡Gloria, alabanza y acción de gracias al Señor, por todo lo que hace con nosotras!


Regla benedictina, c. 2, Cómo debe ser el Abad, Sor Mª Carolina Valdés Vélez

Capítulo 2
CÓMO DEBE SER EL ABAD

1 Un abad digno de presidir un monasterio debe acordarse siempre de cómo se lo llama, y llenar con obras el nombre de superior. 2 Se cree, en efecto, que hace las veces de Cristo en el monasterio, puesto que se lo llama con ese nombre, 3 según lo que dice el Apóstol: "Recibieron el espíritu de adopción de hijos, por el cual clamamos: Abba, Padre".

4 Por lo tanto, el abad no debe enseñar, establecer o mandar nada que se aparte del precepto del Señor, 5 sino que su mandato y su doctrina deben difundir el fermento de la justicia divina en las almas de los discípulos. 6 Recuerde siempre el abad que se le pedirá cuenta en el tremendo juicio de Dios de estas dos cosas: de su doctrina, y de la obediencia de sus discípulos. 7 Y sepa el abad que el pastor será el culpable del detrimento que el Padre de familias encuentre en sus ovejas. 8 Pero si usa toda su diligencia de pastor con el rebaño inquieto y desobediente, y emplea todos sus cuidados para corregir su mal comportamiento, 9 este pastor será absuelto en el juicio del Señor, y podrá decir con el Profeta: "No escondí tu justicia en mi corazón; manifesté tu verdad y tu salvación, pero ellos, desdeñándome, me despreciaron". 10 Y entonces, por fin, la muerte misma sea el castigo de las ovejas desobedientes encomendadas a su cuidado.

11 Por tanto, cuando alguien recibe el nombre de abad, debe gobernar a sus discípulos con doble doctrina, 12 esto es, debe enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras. A los discípulos capaces proponga con palabras los mandatos del Señor, pero a los duros de corazón y a los más simples muestre con sus obras los preceptos divinos. 13 Y cuanto enseñe a sus discípulos que es malo, declare con su modo de obrar que no se debe hacer, no sea que predicando a los demás sea él hallado réprobo, 14 y que si peca, Dios le diga: "¿Por qué predicas tú mis preceptos y tomas en tu boca mi alianza? pues tú odias la disciplina y echaste mis palabras a tus espaldas" y 15 "Tú, que veías una paja en el ojo de tu hermano ¿no viste una viga en el tuyo?".

16 No haga distinción de personas en el monasterio. 17 No ame a uno más que a otro, sino al que hallare mejor por sus buenas obras o por la obediencia. 18 No anteponga el hombre libre al que viene a la religión de la condición servil, a no ser que exista otra causa razonable. 19 Si el abad cree justamente que ésta existe, hágalo así, cualquiera fuere su rango. De lo contrario, que cada uno ocupe su lugar, 20 porque tanto el siervo como el libre, todos somos uno en Cristo, y servimos bajo un único Señor en una misma milicia, porque no hay acepción de personas ante Dios. 21 Él nos prefiere solamente si nos ve mejores que otros en las buenas obras y en la humildad. 22 Sea, pues, igual su caridad para con todos, y tenga con todos una única actitud según los méritos de cada uno.

23 El abad debe, pues, guardar siempre en su enseñanza, aquella norma del Apóstol que dice: "Reprende, exhorta, amonesta", 24 es decir, que debe actuar según las circunstancias, ya sea con severidad o con dulzura, mostrando rigor de maestro o afecto de padre piadoso. 25 Debe, pues, reprender más duramente a los indisciplinados e inquietos, pero a los obedientes, mansos y pacientes, debe exhortarlos para que progresen; y le advertimos que amoneste y castigue a los negligentes y a los arrogantes.

26 No disimule los pecados de los transgresores, sino que, cuando empiecen a brotar, córtelos de raíz en cuanto pueda, acordándose de la desgracia de Helí, sacerdote de Silo. 27 A los mejores y más capaces corríjalos de palabra una o dos veces; pero a los malos, a los duros, 28 a los soberbios y a los desobedientes reprímalos en el comienzo del pecado con azotes y otro castigo corporal, sabiendo que está escrito: "Al necio no se lo corrige con palabras", 29 y también: "Pega a tu hijo con la vara, y librarás su alma de la muerte".

30 El abad debe acordarse siempre de lo que es, debe recordar el nombre que lleva, y saber que a quien más se le confía, más se le exige. 31 Y sepa qué difícil y ardua es la tarea que toma: regir almas y servir los temperamentos de muchos, pues con unos debe emplear halagos, reprensiones con otros, y con otros consejos. 32 Deberá conformarse y adaptarse a todos según su condición e inteligencia, de modo que no sólo no padezca detrimento la grey que le ha sido confiada, sino que él pueda alegrarse con el crecimiento del buen rebaño.

33 Ante todo no se preocupe de las cosas pasajeras, terrenas y caducas, de tal modo que descuide o no dé importancia a la salud de las almas encomendadas a él. 34 Piense siempre que recibió el gobierno de almas de las que ha de dar cuenta. 35 Y para que no se excuse en la escasez de recursos, acuérdese de que está escrito: "Busquen el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura", 36 y también: "Nada falta a los que le temen".
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37 Sepa que quien recibe almas para gobernar, debe prepararse para dar cuenta de ellas. 38 Tenga por seguro que, en el día del juicio, ha de dar cuenta al Señor de tantas almas como hermanos haya tenido confiados a su cuidado, además, por cierto, de su propia alma. 39 Y así, temiendo siempre la cuenta que va a rendir como pastor de las ovejas a él confiadas, al cuidar de las cuentas ajenas, se vuelve cuidadoso de la suya propia, 40 y al corregir a los otros con sus exhortaciones, él mismo se corrige de sus vicios. 
COMENTARIO por Sor María Carolina Valdés Vélez
¿QUIÉN DEBE SER EL ABAD/ABADESA DEL MONASTERIO DEL MONASTERIO? (RB, 2)

Nuestro P. San Benito terminó el primer capítulo de la Regla Benedictina aludiendo al “fortísimo linaje de los cenobitas” (viven bajo una regla y un abad).
¿Quién ostentará la autoridad en la casa de Dios?

Desde las primeras líneas nos situamos en un plano de fe: Se cree que hace las veces de Cristo en el monasterio y al elegido San Benito le recomienda que se acuerde del nombre recibido y que llene con obras el apelativo de superior.

Como Cristo será el maestro que enseña, establece y manda y, con una imagen sutilísima, le insinúa que su doctrina sea fermento de la divina justicia: les enseñará las cosas buenas y santas antes con hechos que con palabras.

Será un diligente buen pastor que proporciona el mayor provecho a sus ovejas. Persona ecuánime y equilibrada, todo para todos; hoy diríamos muy samaritano, cercano al no tan sobresaliente en buenas obras y humildad, siempre en la delicada línea del rigor del maestro y el piadoso afecto del padre.

Ciertamente que es consolador en la vida monástica contar con este medio para correr -o al menos- andar con inenarrable dulzura de caridad, por el camino de los mandamientos de Dios.



Regla benedictina, c. 3, Convocar los monjes a Consejo, Madre Mª del Carmen, Abadesa de la Comunidad



Capítulo tercero

CONVOCAR LOS MONJES A CONSEJO

1 Siempre que en el monasterio haya que tratar asuntos de importancia, convoque el abad a toda la comunidad, y exponga él mismo de qué se ha de tratar. 2 Oiga el consejo de los hermanos, reflexione consigo mismo, y haga lo que juzgue más útil. 3 Hemos dicho que todos sean llamados a consejo porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor.

4 Los hermanos den su consejo con toda sumisión y humildad, y no se atrevan a defender con insolencia su opinión. 5 La decisión dependa del parecer del abad, y todos obedecerán lo que él juzgue ser más oportuno. 6 Pero así como conviene que los discípulos obedezcan al maestro, así corresponde que éste disponga todo con probidad y justicia.

7 Todos sigan, pues, la Regla como maestra en todas las cosas, y nadie se aparte temerariamente de ella. 8 Nadie siga en el monasterio la voluntad de su propio corazón. 9 Ninguno se atreva a discutir con su abad atrevidamente, o fuera del monasterio. 10 Pero si alguno se atreve, quede sujeto a la disciplina regular. 11 Mas el mismo abad haga todo con temor de Dios y observando la Regla, sabiendo que ha de dar cuenta, sin duda alguna, de todos sus juicios a Dios, justísimo juez.


12 Pero si las cosas que han de tratarse para utilidad del monasterio son de menor importancia, tome consejo solamente de los ancianos, 13 según está escrito: "Hazlo todo con consejo, y después de hecho no te arrepentirás".
Virgen de la Esperanza.
Comentario por Madre Mª del Carmen, Abadesa de la comunidad

Encuentros comunitarios, decimos hoy.

Si el abad hace las veces de Cristo en el monasterio, como queda dicho, es el mismo Cristo quien convoca a la comunidad para buscar juntas la voluntad de Dios. “No he venido para hacer mi voluntad, sino la tuya”.

Estamos ante un capítulo de la Regla Benedictina, cargado de humanidad. San Benito tiene en cuenta a todos los miembros de la comunidad y sus cualidades.

Por eso serán llamadas a la reunión todas, “porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor”. Todas nos implicamos en los asuntos importantes del monasterio, tanto espirituales como materiales, de organización y proyectos; etc.

Comenzamos el encuentro invocando al Espíritu Santo. S. Benito nos invita a movernos siempre en un clima de FE, para poder intervenir desde una postura humilde buscando el bien común, “sin defender con arrogancia el propio juicio”. Es así cómo experimentamos que:
“Donde dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”.
Y también:
“Llevad unos las cargas de los otros para cumplir así la ley de Cristo”.

Cada reunión nos hace sentirnos personas adultas, responsables. Es importante para el crecimiento personal y enriquecimiento espiritual.

Es uno de los momentos que nos hacen sentirnos una Comunidad, una Familia donde constatamos nos unen lazos no de carne y sangre, pero sí el interés y deseo de buscar a Dios y sus asuntos.

Es también, el lugar y espacio donde la monja se expresa con libertad, como ella es. Llegamos así a un mayor conocimiento de nosotras mismas y de cada hermana. Conocimiento que contribuye a formar una comunidad del todo fraterna, donde va creciendo el mutuo amor expresado, en la realidad de cada día, de mil maneras.